La revolución y sus distancias, por Horacio González

 

La revolución está detrás nuestro. Se presenta difusa –no porque sus diversos nombres lo sean-, sino por adquiere las proporciones de un mito ante el cual somos erráticos, conciencias insignificantes. Pero si desde un pasado de cristal nos miran las efemérides y las estatuas de los revolucionarios, tampoco consideramos el futuro como la clausura de lo ya acontecido. Lo consideramos  como una imprevisibilidad que incluye todas las versiones modificables de un pretérito que juega a las escondidas con su actualidad. No obstante, la palabra revolución –contemporánea por lo menos de los últimos 4 siglos, de Cromwell a Cooke-, no tiene la fama de su etimología (dar vueltas algo o sobre algo) sino el prestigio de un corte radical en la historia. Siempre hay una búsqueda del tiempo cero, el día iniciático, la epifanía. Por eso muchas revoluciones prescriben desde el comienzo el corte de los tiempos, lo que en los discursos habituales se llama parte aguas, pero en realidad lo que separe se parte es el tiempo. Tiempo por agua, que aunque no se crea, es un complemento del tiempo.

Es por eso que la Comuna de París remite su calendario al de la Revolución Francesa y ésta al calendario de la naturaleza: el tiempo se mide en relación a las evidencias naturales, las cosechas, el calor, las brumas, etc. No se podría decir que la revolución es un cambio de calendario, sino una visión diferente del tiempo, una escisión de la temporalidad lineal. ¿Se adopta una circular? En gran medida sí, pero añorando la posibilidad de darle “etapas” y “superaciones”. Así ocurrió con la revolución de Octubre  -mes cambiado para el de Noviembre por los propios revolucionarios, “occidentalizando” su concepción calendaria, la noción de cronología para clasificar eventos colectivos. Pero si la revolución es un momento específico del tiempo –donde se detiene utópicamente-, nunca deja de ser objeto de preparativos frustrados y oportunidades repentinas, florecientes. El revolucionario profesional parece surgir de un momento previo: la humanidad precisa verse a sí misma de otro modo, un modo del que solo sospecha cual será. Pero la constancia del revolucionario profesional lo hace ver el tiempo de un manera extraña, como correlación de fuerzas, sumatoria objetiva de energías.

El tiempo es una fuerza que no puede medirse, por eso la correlación es una apuesta metafórica. Frente a distintos momentos de esas correlaciones, la imaginación actúa suponiendo que hoy está débil la voluntad del revolucionario y mañana por el contrario será poderoso. Por eso, los documentos y discursos del revolucionario profesional pueden verse como contradictorios, pero se revalidan en tanto va calibrando las diferentes distancias que establece con su materia. Si ve la revolución cerca, quema etapas. Si la ve lejos porque muchas mediaciones se interponen, sus discursos hablarán de momentos coyunturales, suma de aspectos diversos, frentismos abigarrados de cosas y personas con las que nunca concordará del todo. Frente al revolucionario profesional, se yergue el revolucionario que no sabe de su fuerza ni prevé su actuación. No es un espontaneara ni un intuicionista. Tiene algunas certezas sobre los deshilvanado lo deshilvanado o los deshilvanados de la historia, lo alcanza la suposición de un vacío, no regido por hipótesis según un tiempo lineal o de etapas que obedecen con su inicio, la finalización de la que la pre que la precedió. Es el hijo de su insospechado abismo.

La historia de las revoluciones es la historia de la contraposición del revolucionario profesional y el revolucionario reconstituido y repuesto por el abismo de un tiempo impredecible. Siempre se contó la historia de este último a la luz de la historia del primero. Quizás haya un tiempo en que se inviertan las ecuaciones, y el revolucionario ocasionalista, el hombre de lo impensado, pueda narrar lo que vio de lo que pudo ser su refugio originario, aquel revolucionario profesional, que por ser siempre revolucionario, adecuó constantemente sus vida a las distintas paredes que para derribar, debía siempre medirlas según las diferentes distancias que ellas le ofrecían. Era el juego entre el albañil con su espátula fija  y el torero que calculaba siempre, en su ensimismamiento, un juego de distancias siempre diferentes entre él y su objetivo tan movedizo, pura vibración animal.

 

(Texto publicado en Revolución. Escuela de un sueño eterno. Cuadernos Relámpagos. Negra Mala Testa) 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Blog de WordPress.com.

Subir ↑

A %d blogueros les gusta esto: