Revolucionar la revolución, por Abril García Mur

“Cuando nosotros llegamos esta noche aquí, le dije a un compañero que este fenómeno de las mujeres en la Revolución era una revolución dentro de otra revolución. Y si a nosotros nos preguntaran qué es lo más revolucionario que está haciendo la Revolución, responderíamos que lo más revolucionario que está haciendo la Revolución es precisamente esto; es decir, la revolución que está teniendo lugar en las mujeres de nuestro país. Si nos preguntaran cuáles son las cosas que más nos han enseñado en la Revolución, responderíamos que una de las lecciones más interesantes que los revolucionarios estamos recibiendo en la Revolución es la lección que nos están dando las mujeres”

Fidel Castro  

V Plenaria Nacional de la Federación de Mujeres Cubanas (FMC), 1966

 

La masiva participación de las mujeres en la Revolución Cubana supone un aporte clave tanto en su gestación durante la década del 50, cómo en su apertura en el 59 y su desarrollo durante casi 60 años revolucionarios.  Condensadas en la Federación de Mujeres Cubanas, las compañeras no son sólo una institución del Estado, sino que son transversales en todos los frentes en donde la Revolución se proponga transformar. La historia del movimiento de mujeres en Cuba retrata su importante rol político y protagónico, que la historización burguesa nos pretende borrar.

Joseba Macías[1] (sociólogo, politólogo y periodista vasco) esboza una breve historización de este movimiento que no sólo significa la incorporación de la mitad de la población, sino que resulta ser quien revoluciona hasta la propia Revolución. A fines del Siglo XIX, en consonancia con todas las sociedades poscoloniales de la región, las mujeres cubanas se encuentran segregadas en su rol reproductivo: sin inserción laboral, política, social o cultural; o ingresadas al sistema económico con trabajos serviles. En las primeras décadas del Siglo XX comienzan a visibilizarse los primeros esbozos y conquistas de un movimiento de mujeres incipiente en Cuba. Movimiento signado por avances acotados a la (también fundamental) disputa institucional/parlamentaria: ley de divorcio, sufragio femenino. Como así también a la puja por la inserción laboral de las mujeres, y por la reivindicación y aparición en la vida pública de la figura femenina.

Asociado a la construcción de la mujer tradicional este feminismo liderado por mujeres blancas podría definirse como un feminismo liberal, donde convergen varios sectores políticos, desde el liberalismo, el progresismo, el conservadurismo y hasta el socialismo. A partir de mediados de la década del 30, en consonancia con la aparición de partidos progresistas y nacionalistas, el feminismo progresista (auto identificado luego a la hora de la transformación como de izquierda) empieza a cobrar importancia y peso dentro de la correlación de fuerzas del movimiento de mujeres creando sus propias organizaciones.

En la década del 50 en Cuba la radicalización de la lucha en contra de la dictadura de Batista se convierte en el preludio para el desenlace y la apertura del proceso revolucionario. Y el movimiento de mujeres no se queda atrás. Ya atravesadas por un feminismo de izquierda, las distintas organizaciones de las compañeras se convierten en actrices decisivas junto con los ya conocidos actores: la Federación de Estudiantes Universitarios y el Movimiento 26 de Julio.

Isabel Moya[2], directora de la cátedra de géneros en el Instituto José Martí en Cuba, aporta cómo se puede interpretar esta evolución del feminismo cubano. Encuentra la explicación en el fenómeno general en nuestra región del proceso del movimiento de mujeres. Un primer momento hasta la década de 1940, refiriéndose a este feminismo de avances más institucionales y sobre la vida pública; y un segundo momento, precedido por un impasse, a partir de la década del 60 donde el feminismo se afianza y se alinea con las distintas avanzadas revolucionarias latinoamericanas.

Entendiendo cómo se gesta la Revolución desde el desarrollo del movimiento de mujeres, queda retratar cómo las compañeras construyen este nuevo proyecto transformador y cómo el proyecto construye al movimiento. La creación de la Federación de Mujeres Cubanas, a diecinueve meses de la apertura revolucionaria, significa una nueva unidad del proceso popular pero esta vez con las mujeres como protagonistas. La aparición de la mujer y su condición de doble explotación, por lo tanto de doble revolución en los discursos de Fidel, acompañan ésta avanzada femenina y feminista en el proyecto. El trabajo de la FMC se empieza a enfocar rápidamente y en el inicio en los ámbitos educativos, en los medios y en la construcción de una nueva conciencia para los hombres y mujeres nuevas que supone este Estado socialista. A mediados de los 60 se profundiza el rol de las mujeres y se inicia en la Revolución una batería de iniciativas y políticas para su inclusión en el sistema productivo y así avanzar en la conquista de la autonomía económica. Esto no solo supone la ampliación de las filas de trabajadores y trabajadoras de la Revolución, sino sobre todo la dinamización del Estado revolucionario ante la novedosa urgencia de asumir un rol en lo que el capitalismo determina como vida privada, y el patriarcado se lo designa a las mujeres.

La creación de bases materiales para el avance sobre la autonomía económica de las mujeres torna urgente la intervención estatal en los trabajos domésticos y de crianza de los niños y niñas. El desarrollo de circuitos infantiles, de guarderías,  la ampliación del sistema educativo, la profesionalización de los servicios de salud, suponen una consciente y paulatina inserción laboral de las compañeras. Pero especialmente es expresión material de la conciencia sobre esta doble, o más bien triple explotación capitalista-patriarcal de las mujeres: por raza, por género, por clase. Es esta dinamización la que Fidel reconoce como una de las partes esenciales de los aportes de las mujeres a la Revolución: no es solo la construcción de una nueva conciencia, sino la motorización constante de un Estado que se ponga a la altura de las circunstancias de esta emancipación en transición.

En conjunto con la inserción laboral femenina, en Cuba aumenta la cantidad de profesionales mujeres universitarias, la participación social de las compañeras en las misiones sociales, la cantidad de mujeres en cargos públicos y con tareas de dirección política en programas estatales; y aumenta la participación de las compañeras en la toma de decisiones desde locales, provinciales hasta nacionales. Resulta necesario resaltar la creación del Centro Nacional de Educación Sexual- CENESEX- (coordinado por Mariela Castro, hija –no casualmente- de Vilma Espín y de Raúl) que desde el 89 se dedica a incorporar la diversidad sexual como bandera  y como política del Estado cubano. La implementación de la educación sexual en todas las escuelas, la incorporación del libre derecho a la elección sexual, la avanzada en leyes sobre la identidad de género, y la reciente conquista en 2008 de la incorporación de la intervención quirúrgica para el cambio de sexo en el sistema público gratuito cubano, son algunas de las conquistas.

Y así, las mujeres cubanas reescriben la historia revolucionaria de la isla. No sólo se imponen también como protagonistas, sino que desindividualizan el curso de la historia burguesa, que cuando exigimos que no ignoren nuestro rol nos reconocen solo 3, 4 o 5 compañeras como partícipes de los procesos. Con Haydeé Santamaría, Vilma Espín, Celia Sánchez, y tantas otras compañeras referentes como ejemplo, en una Cuba llena de mujeres que escriben, aportan, incomodan y dinamizan la Revolución.

El ejemplo de las mujeres revolucionarias de Cuba hace que resulte inevitable afirmar que la relación entre las mujeres y la Revolución es dialéctica y se retroalimenta en cada paso del proceso. La Revolución no inventó a las mujeres cubanas ni al feminismo, fueron las mujeres con su propia historia, sus propias disputas, sus propias organizaciones que hicieron la revolución y luego la profundizaron. Pero, a su vez, fue la instancia revolucionaria la que logró afianzar que la construcción del feminismo debiera ser popular o no ser. Nuestra condición de transgresión, de dinamización, de ruptura e incluso de incomodidad nos implica una responsabilidad histórica que nos pone como tarea revolucionar la propia Revolución.

Es este ejemplo, es este reconocimiento de nuestra potencialidad que materialmente demuestran las compañeras cubanas y que asume Fidel en cada discurso o práctica, la que debe desafiarnos a hacer una propia reflexión sobre el curso de nuestras organizaciones, sindicatos, y movimientos sociales. Es hora de que las compañeras asumamos cada vez más la conducción de los espacios, de las bases, del pensamiento crítico. Nuestra explotación es doble al igual que nuestra Revolución, y especialmente que nuestra tarea: seguir en pie construyendo aquel movimiento transformador que logrará la emancipación, pero sobretodo, tener la capacidad y la fuerza para dinamizar, incomodar y revolucionar constantemente ese movimiento el cual construiremos mujeres y hombres para un mundo verdaderamente libre.

Somos sujetas de poder, somos sujetas de lucha, somos sujetas revolucionarias; y eso no nos lo enseñó la Revolución, sino que fuimos nosotras la que se lo enseñamos. Con Fidel en el corazón, ¡Que Vivan las mujeres revolucionarias de Cuba y de todo el mundo!

La Revolución será Feminista, o no será.

 

 

[1] MACIAS, Joseba. Revolución Cubana: Mujer, Género, y Sociedad Civil. Viento Sur
http://www. vientosur.info/documentos/Cuba%20% 20Joseba.pdf  (sitio consultado en Noviembre de 2017)
[2] MOYA, Isabel (2010 a). Entrevista con Joseba Macías. Bilbao, 1 de octubre de 2010
Texto que forma parte de Revolución. Escuela de un sueño eterno, uno de los Cuadernos Relámpagos editados por relampagos.net y Negra Mala Testa

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