La insurgencia de las bases, por Juan Manuel Ciucci

¿Cuánto cuesta cambiar de raíz ésta experiencia que llamamos militante? Este modo de andar el mundo, con tantas fallas como historias heroicas a cuestas. Donde parece todo im/posible, hasta que un viento de historia nos arrasa, y si andamos con suerte capaz llegamos a prendernos. Puede que el viaje nos lleve a hermosos parajes, efímeros por bellos, con años que serán relato de lo que pudo haber sido. O que se estabilice en realidad efectiva, y quizás logremos un poco más para tantos menos.

Pero entre mientras, hay plazos y modos que son pasado, pero que por ahora pintan como las reglas de juego, con voces que murmuran que así se cocina la cosa. Entonces aquello por venir tarda un poco más, y los retardatarios de la historia ganan tiempo con protocolos y formalismos, alentados por el pasado. ¿Cuándo es tiempo para una base insurgente, que haga trizas el decorado, que muestre a ése tipo de poder tan desnudo como sea posible?

Hay una carga en cada une que ande creyendo en un futuro de emancipación. Junto a un pulso de antaño que reacciona rápido al nuevo ritmo que marcan las calles. Hay un silencio también presente en pasillos que se van estrechando, que de pensar en lo posible se han estancado en lo invariable. Trampa de la trama político estatal institucional, que falla en su promesa de concordia porque duerme cada día con las muertes tan presentes como no dichas. Hay un cadáver en las calles que aún tiene frío.

Quienes pudieran encontrar un beneficio quizás se alegren ante tanta tontera. Pero a veces es más peligrosa esa masa que no encontrará alegrías, pero estará contenta ante la falla ajena, por la mutua anulación de un futuro en diversidad. Ese silencio no es más que complicidad, cuando se estabiliza la patriarcalidad política y los favores desde arriba. Lo nuevo enfrenta también a quienes deberían ser sus aliados naturales, pero que caminan hacia la absoluta negación, incluida la de ser quienes pudieran haber sido. El “es así” es tan falaz sin embargo, que debemos mostrar nuestra mejor sonrisa para dar paso al por venir. No hay quien detenga esta historia, sabemos, aunque no lleguemos a poder verla.

O mejor aún, la vemos todo el tiempo, si es que elegimos empezar. Cuando sucede, no hay nadie que sepa cuánto puede durar, y quizás tan sólo sea ésa brisa que está a punto de acabar. En ese instante podemos encontrar aún más vida que toda la que ha existido, de toda la que en materia han querido acumular. Suena a apología esta diatriba, y quizás no sea más que un tiempo propicio para agitar esos humores. Ante la chance concreta del fin de esta pestilencia de la derecha cambiaria, los sueños vuelven a tener olores de fiesta popular. Pero el tramo que nos queda lo hacen también propicio para el lamento y la urgencia, metáforas de bolsos y conventos, y listas varoniles que estabilicen la escena.

Hace falta un pataleo generalizado, un rumor de bases que amplifique las ondas verdes que prometen una nueva humanidad. Que fracturen la hegemónica apatía de una estabilizada política del lugar común y la esperanza medida. Aunque parezca que no hay oídos para esas voces, siempre es tiempo para que alguien retome la historia y planteé su testimonio en tiempos difíciles. Con la verdad como única realidad. Al fin el mundo no es más que un puerto que intenta nunca sepamos naufragar. Hoy vale más fallar creyendo, que acompañar sumisos un destino cuadricular.

 

Texto que forma parte del Dossier Nuevas Prácticas Políticas 

Foto: Matías Sastre

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