Feminismos en revolución, por Claudia Korol

El tiempo que vivimos brota de una tierra abonada con sueños de libertad, con pensamiento crítico, con pasiones insurrectas, con coraje, creatividad, pero también con certezas, dogmas, fanatismos, y esperanzas ingenuas. Es una tierra regada con la sangre de los hermanos y hermanas que cayeron en la lucha de liberación, en la búsqueda de cambiar la vida, y también de muchas mujeres y jóvenes que fueron arrancados del mundo como si fueran maleza, por un sistema patriarcal, racista, colonial, capitalista, imperialista. Esas tensiones y contradicciones son parte de nuestra memoria, nutren nuestra experiencia de pueblos, de movimientos, formando ríos caudalosos, mareas verdes y violetas, y espejándose en cielos que pintan el arco iris entre las nubes, y por las noches se llenan de estrellas que siguen invitando a guevariar al mundo, hoy en clave feminista y disidente.

Por todo lo cultivado y por sus frutos, también por aquellas semillas perdidas en el camino del arrepentimiento, del “realismo trágico” que una y otra vez nos invita a volver al corralito de “lo posible”, necesitamos mirar sin indulgencia las prácticas políticas propias y ajenas (de las que nos hacemos responsables en su conjunto, porque todo lo sembrado por el pueblo es parte de nuestro territorio, de nuestras comunidades, hayamos creído o no en cada una de las propuestas).

Los feminismos populares, en los múltiples caminos que inventamos, comemos y bebemos de esos frutos, nos indigestamos muy seguido, pero seguimos apostando a crecer desde el pie, volviendo una y otra vez a la raíz, y removiendo la tierra para sembrar nuevas semillas las veces que sea necesario. No somos y no queremos ser vanguardia ni retaguardia, no somos más que otras expresiones organizativas del pueblo, y tampoco somos menos. Queremos radicalizar todos los espacios que habitamos, porque nos sentimos parte de una propuesta revolucionaria, que tiene en el horizonte la liberación de los territorios y cuerpos, de las comunidades, de los saberes, de los modos de sentir y pensar, de relacionarnos, de defender la vida.

Nos proponemos “radicalizar” desde la raíz, porque nos sentimos incómodas en las propuestas que nos invitan a domesticarnos, a acomodarnos, repitiendo hasta el infinito gestos conocidos y aburridos, que plagan las propuestas electorales, vueltas según muchos/as compañeros/as a quienes queremos y respetamos, el único modo de “hacer política seria”. Sin despreciar las oportunidades que presentan los momentos de elecciones, es difícil pensar que son el único modo de hacer política.

Encuentros Nacionales de Mujeres, Campaña por el Derecho al Aborto Legal, Seguro y Gratuito, Ni Una Menos, Campañas contra las Redes de Trata y de Prostitución, Campaña contra las Violencias hacia las Mujeres, Socorristas, Tribunales contra la Justicia Patriarcal, Feministas de Abya Yala, Paros Internacionales de Mujeres, Educación Sexual Integral, despatologización de las identidades sexo-genéricas que cuestionan el régimen heterosexual, algunos avances en leyes como la Ley contra las Violencias, la Ley de Identidad de Género, Ley de Matrimonio Igualitario, Ley Diana Sacayan de Cupo Laboral Trans, son sólo algunas de las formas concretas con las que hemos ido cambiando la cultura y la institucionalidad política patriarcal. Pero estas leyes y estos espacios de Encuentro tienen su antes y su después en los barrios, donde infinidad de colectivos se organizan para abrazar a un/a compañera/e víctima de violencia patriarcal, o para acompañar a una mujer que necesita realizar un aborto, o para responder a las agresiones y crímenes de odio hacia lesbianas, trans, travestis, gays, o para hacer una olla popular, una radio comunitaria, una casa de la mujer y de las disidencias, ir a un juzgado, salir a las calles cuando nos están matando, organizar la sobrevivencia en los territorios del desamparo, dar vueltas a la Plaza de Mayo con las Madres, buscar a los/las nietos/as desaparecidos/as, luchar contra el desmonte, contra las represas, hacer soberanía alimentaria, defender la soberanía energética, denunciar los golpes de estado y las agresiones imperialistas, hacer en cada espacio organizado educación popular y comunicación popular, con la cotidianeidad y urgencia con las que respiramos. Muchos modos, no los únicos ni los mejores, pero modos necesarios de hacer política, entrando a las casas, a los movimientos, e interviniendo en las transformaciones de la vida cotidiana, tanto como en la denuncia de las políticas violentas del capitalismo neoliberal y patriarcal.

Se trata de políticas que tienen un momento en la lucha estatal, pero no empiezan ni terminan ahí. Los feminismos populares no olvidamos el carácter profundamente patriarcal, racista, burgués, colonial, con el que se levantaron y modelaron los Estados Nación. Por eso nos queremos plurinacionales, y despreciamos las fronteras coloniales. Por eso podemos apostar en una elección a que lleguen a ese Estado mujeres, lesbianas, travestis, trans, varones con voluntad de romper las complicidades con las que se reproduce el sistema, abriendo caminos a mejores condiciones de organización para las luchas. Sin embargo, convertir ese plano de la intervención social en la centralidad de la política, ha resultado hasta el momento un camino de grandes frustraciones para los sectores populares. Una lectura detenida de la reversión del mapa político del continente, ya no a partir de golpes de estado solamente, sino por los resultados de políticas electorales fraudulentas, o por el desánimo que atraviesa a sectores populares frente a los gobiernos que se llamaron “de izquierda”, nos puede hacer pensar en los límites de esas políticas. Entonces, podemos ir todxs contra Macri, pero mirando con la mayor desconfianza a esos políticos cuyo pragmatismo e indiferencia criminal conocimos en la Masacre de Puente Pueyrredón, o en la obstaculización durante una década de la aprobación de una ley tan necesaria como la del derecho al aborto, o en el cálculo electorero sobre si movilizar o no frente a los crímenes de Santiago Maldonado, Rafita Nahuel, o tiempo atrás, de Carlos Fuentealba. No tenemos por qué ocultar ni relegar nuestras demandas ante el lobby fundamentalista religioso y político que sostiene y financia campañas electorales.

Hay una crisis también de las propuestas de izquierda que necesitamos poner en un debate más amplio que la próxima cita electoral, donde una parte quedará subsumida en el bloque peronista y otra en el frente de izquierda. No se trata de un debate puramente programático, o de quienes tienen afiches más grandes (y más costosos) en las calles. Se trata de qué estrategias nos damos para volver a construir desde cada territorio, respuestas a las políticas extractivistas, que nos permitan cuidar los bienes comunes, la naturaleza de que somos parte. Qué políticas realizamos de defensa de la vida, frente al crecimiento de los femicidios, los travesticidios, los crímenes de pibxs por el gatillo fácil, y de comunidades asediadas por el avance de los magnates y de las transnacionales ocupando tierras.

La autonomía frente al Estado, es una clave que requiere volver a pensarse, a partir de las experiencias de quedar subsumidas como brazos del mismo, que los arrancan en cada cambio de gobierno. Necesitamos nuestros cuerpos completos, con brazos, pies, manos, corazón y cerebro, puestos en la tarea de subvertir la realidad cotidiana, y de crear proyectos colectivos desde abajo y a la izquierda, no como consigna, sino porque los proyectos de arriba y de la derecha son los que nos vienen amputando nuestro cuerpo día a día y en cada elección donde no elegimos.

Los feminismos populares aportamos en esa dirección la experiencia de ser y estar en movimiento, de la ocupación del espacio público, la estrategia que vincula vida cotidiana y análisis estructural de las dominaciones, devolviendo muchos sentidos a la palabra “revolución”, mal que les pese a quienes renunciaron a la misma.

Se trata de reinventar la pedagogía popular de la solidaridad, como reverso de la pedagogía hegemónica de la crueldad, removiendo las cadenas que nos atrapan en el inmovilismo de la política virtual, oxigenando al feminismo plebeyo que le cree a quienes se atreven a romper el silencio, que se indigna frente a cada golpe, que reúne el torrente del Nunca Más y del Ni Una Menos en una potente marea antipatriarcal, que arrastre todos los residuos del miedo, de la resignación y de las frustraciones.

Nuestras revoluciones feministas, cantan, danzan, duelen, crean, y creen en la acción colectiva, rebelde, comunitaria, que se viste de dignidad, y tiene las manos de las mujeres que nos cuidaron, de sus madres, sus abuelas y bisabuelas. Las brujas de antes y las de ahora alimentando el fuego, cuidando el agua, la tierra, el viento, la memoria y la esperanza.

3 de agosto, 2019

 

Texto que forma parte del Dossier Nuevas Prácticas Políticas 

Foto: Eloísa Molina

 

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