Urondo-Guevara: América fusilada

Palabras surgidas de la lectura de un texto/crónica fundamental para entender el ayer y proyectar el mañana: Descarga, de Francisco Urondo. El asesinato de Guevara, la vida cotidiana en la espera de esa noticia, el camino por seguir tras aquella desaparición. Una clave para acercarnos a una manera de habitar este mundo, con la carga de fatalidad que trae aparejada encarnar una causa, enfrentar la injusticia, asumir al enemigo.

 

Por Juan Manuel Ciucci

Foto: Francisco Urondo en Cuba

 

Hay muertes que marcan a fuego una vida, una época, una generación. Que parecen expandir la realidad que habitaban al dejar de estar presentes en ella, al menos como existencia terrenal, factible, real. Que parecen cerrar un ciclo y agitar el siguiente, plantadas como bisagra de una Historia que ya no podrá contarse sin tenerlas presentes. Y en tanto tales, se transforman en una experiencia paradojalmente vital, imborrable, eterna. El asesinato de Ernesto Che Guevara sigue, aún hoy, enfrentándonos a viejos y nuevos paradigmas en torno a la acción política y militante, la praxis revolucionaria, el compromiso ético y moral. Será por eso que cada nuevo aniversario de aquella tragedia americana torna en algo más que un homenaje, sino más bien una reinterpretación, revalorización, o exhumación apologética del guerrillero heroico.

Podemos encontramos diversos trabajos de aquéllos años que nos permiten acercarnos a lo que significó esa muerte, por caso, el final de la primera versión de “La hora de los hornos” de Octavio Getino y Pino Solanas. Pero quizás sea el texto de Francisco Paco Urondo, aparecido en el número 46 de la revista de Casa de las Américas de enero-febrero de 1968, el que nos permita como casi ningún otro registro internarnos en el espíritu de aquella época, y en el impacto que significó para toda una generación la desaparición física de Guevara. “Descarga” se llama, y lleva el ritmo y la necesidad de aquella palabra, ligada tanto a lo impetuoso por sacar algo de nosotres, como al tronar de balas de algún arma propia o ajena. En este caso, imposible no pensarla en manos del enemigo, aquél que fusiló al médico argentino que inspiraría una vida nueva, más que tan sólo un hombre.

El texto de Paco surge de sus vivencias, de aquellas vicisitudes que lo atravesaban en tanto se daba el drama en tierras bolivianas, tan lejos y tan cerca de la Buenos Aires que habita. Lo marca el pulso de una vida que tiene tanto de rutina como de excepción, de búsqueda frenética por una verdad distinta a la intuída. Nos interna en esa tensa espera compartida, en las noticias que van y vienen en tiempos que no cuentan con mega tecnologías de la comunicación, y donde los rumores y nuestres conocides se tornan fundamentales para acceder a un conocimiento más cabal del mundo. Allí esta su derrotero por alcanzar una radio con potencia transoceánica que le permita escuchar a Fidel, o la primera impresión ante unas fotos con tanta muerte como vida acumulada. Todo en una descarga de palabras, pensamientos, imágenes, dudas, broncas, miedos. Casi como un río ininterrumpido, de esa lluvia que por una semana azota la ciudad y que Paco no puede pensar mera casualidad, sino más bien signo del infortunio.

Tienen sus palabras la carga de una premonición, que alcanzaría de lleno a su persona, frágil figura de un tiempo fatídico. Paco parece un héroe trágico, con una claridad sobre el futuro y su suerte en él que impresiona, en tanto un modo de asumir lo que el destino parece dispuesto a imponer. Lejos está de una fascinación por la muerte o de la asunción de un martirologio, como algunas lecturas desde el presente intentan pensar aquél pasado. Es más bien una manera de habitar este mundo, la carga de fatalidad que trae aparejada encarnar una causa, enfrentar la injusticia, asumir al enemigo. “Y yo pienso que si él ha muerto así, nosotros hombres de su generación, también terminaremos de mala manera, derrotados o con un balazo trapero y los ojos abiertos para llegar a mirar, como los gatos, en plena noche, en plena violencia, los primeros pasos del único mundo que admitimos” dice Urondo, febril, en su texto.

El que habla es el Paco que está a punto de jugarse la vida y ganarse la muerte (como dirá en la revista Crisis allá por el ’74 recordando al poeta y héroe cubano, José Martí: “Osar morir da vida”), de meterse de lleno en la militancia revolucionaria, de nacer una vez más. Primero será MALENA junto a los hermanos Viñas, más luego las FAR tras conocer de la mano de su hija Claudia a Carlos Olmedo, a quién le realizará una fundamental entrevista en el ’70. “No hay otros caminos, si quiere habrá muchas formas de andarlos, pero por las buenas no vamos a salir de perdedores”, dice en esta “Descarga”, ante la teoría del foco y los debates de la revolución. Guevara ha abierto un camino que nadie puede en su sano juicio ignorar. Es también esa vida nueva la que nace con su muerte a manos de la CIA, el imperialismo o todos los males de éste mundo. Una especie de santo aparecido que “a lo mejor era necesario también para sacudir ese mundo postrado, aunque parezca un precio demasiado alto para terminar con el oficialismo de izquierda y los grupitos disidentes y paralizados y los focos aislados y empezar de una buena vez, antes que algunos pretendan desensillar y todo termine en lamentaciones, y nadie haya perfeccionado los errores”. La huella está fresca, y parece imposible no andarla. ¿Qué hacer mientras alguien como Guevara muere fusilado en un pueblo perdido de Bolivia?

“Ya no se le pueden pedir órdenes a mi comandante; ya no anda para seguir contestando; ya ha dado su respuesta. Habrá que recordarla, o adivinarla o inventar los pasos de nuestro destino”, dice, frontal. Las ansias de una generación pueden encontrarse en esas frases, en esas sentencias de una vida que ya no puede volver a ser la misma. Será otra, nueva, imposible, inevitable. No por el final trágico que encierra (caerá Paco también asesinado, dando su vida para intentar salvar otras, las de Emma Renée Ahualli, su pareja Alicia Raboy y su hija Ángela), sino por la cabal conciencia de un presente de lucha, en la búsqueda de un futuro nuestro. Será por todo esto que la herencia de aquellas vidas sigue iluminando, hoy, un nuevo mañana.

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