Cooke en Cuba: actualización política y doctrinaria del peronismo

La vida de John William Cooke parece trazada por un destino revolucionario que lo arrasa al son del tiempo que le tocó vivir. Joven brillante e impetuoso, en el primer peronismo sería el diputado que tomaría con apenas 25 años un lugar clave en dos medidas fundamentales: la reforma constitucional y la expropiación de La Prensa. Alejado desde el poder por su espíritu crítico del segundo mandato, continúo su labor libertaria desde el periodismo militante, y luego Perón recurriría a él ante el golpe gorila. Defendió el gobierno popular arma en mano en Plaza de Mayo, escapó luego de la prisión de la Revolución Fusiladora, para convertirse en el organizador de la Resistencia Peronista. Como delegado personal del General, sería la única persona por éste indicada para sucederlo en caso de muerte.

Pero por si todo esto fuera poco, Cooke abrazó desde sus inicios al movimiento revolucionario más exitoso e importante del continente: la Revolución Cubana. Llegó a batallar como parte de las milicias que defendieron a Cuba de la invasión yanqui en Playa Girón, tuvo una relación personal y directa con el Che Guevara, e intentó por todos los medios a su alcance cruzar el camino de dos líderes revolucionarios de excepción: Fidel Castro y Juan Perón. Junto a su compañera Alicia Eguren, fueron fundamentales para la comprensión de aquel proceso por parte del peronismo, pero al mismo tiempo para que la Revolución Cubana comprendiera las expresiones revolucionarias del peronismo y les brindara su apoyo.

Pero la historia de Cooke también es la historia de un desencuentro, de un intento perpetuo, de lo que parece a veces un imposible. Aquel viaje que tantas veces le insistiera realizar a Perón rumbo a La Habana, nunca pudo concretarse. El dialogo fecundo entre los marxismos y los peronismos permitió una avanzada popular y revolucionaria como nunca antes en nuestro país. Pero la reacción de la derecha peronista contra las formaciones especiales del Movimiento abrió el camino hacia el genocidio que terminó de sepultar aquella experiencia revolucionaria. Retomada como ideario con el retorno democrático, quedó sin embargo excluida de los espacios de poder, y pervivió en las voluntades resistentes que habitan el peronismo. Allí el nombre de John William Cooke sigue siendo una puerta para reinterpretar el pasado, pero fundamentalmente para intentar un futuro distinto, que recupere activamente aquella oportunidad revolucionaria en un mundo gobernado por un sistema económico que día a día nos empuja hacia el abismo.

 

Cuba: actualización revolucionaria

Tras la caída del peronismo, Cooke comienza a organizar la resistencia, y su pensamiento político se radicaliza. La reacción del sistema le hace comprender que ya no hay lugar para medias tintas, y que sólo la acción revolucionaria permitirá recuperar el poder, y lograr los objetivos del Movimiento. Es un largo proceso donde la correspondencia que mantiene con Perón nos sirve de guía para analizar su desarrollo.

La Revolución Cubana llega en el momento justo para las necesidades revolucionarias de la Argentina. O al menos así lo comprende Cooke, que tras el intento fallido de la huelga general tras el conflicto en el frigorífico Lisandro de la Torre y el fracaso de la acción guerrillera de los Uturuncos, ha quedado herido dentro del peronismo, momento aprovechado por los sectores reaccionarios para desacreditar la vía revolucionaria e insistir con el integrismo. “El peronismo no tiene como objetivo defender los “valores de occidente” ni los intereses de la Iglesia. Los que piensen de esa manera tienen que ir a los partidos demócrata-cristianos”, le dirá a Perón en carta desde La Habana de agosto de 1960. “Creo que hay que acentuar la línea revolucionaria del movimiento. Aunque es la única línea real y posible, claramente expresada en muchas de sus directivas, hay quienes siembran la confusión y tratan de influir sobre nuestra masa”, le insiste.

Así como Masetti se vio interpelado por aquella revolución, lo mismo le pasaría a Cooke, que vería reflejado el viejo ideario peronista en esta actualización revolucionaria. “Cuando yo escucho los discursos de Fidel, y veo su valentía frente al imperialismo, su amor hacia los pobres, su desprecio por los convencionalismos, y la reacción de las  multitudes, inmediatamente acuden a mi memoria los actos de Plaza de Mayo. Y no solamente como recuerdo nostálgico, sino como invocación para reconquistar lo que perdimos en septiembre de 1955. Si alguien puede comprender en toda su intensidad la experiencia cubana, es el peronismo, que fue precursor de la liberación y puede ser ahora el que la complete”, le insiste en misma carta a Perón.

Encuentra pues Cooke la oportunidad de hermanar las luchas de liberación, y desde allí reconstruir el entramado crítico de lo que ha sido el peronismo, y de lo que puede ser. No será el único que realice este intento: la reinterpretación del peronismo producirá algunos de los textos políticos más importantes de nuestra historia de la mano de Jauretche, Hernández Arregui, Ortega Peña, Puiggrós. Y llevará a una generación militante a construir lazos con aquel “hecho maldito de la política burguesa”, con la figura de Carlos Olmedo como el mejor ejemplo de la conjunción entre el pensamiento y la acción política/armada. John William se convertirá pues en piedra angular para pensar el accionar revolucionario en nuestro país, a pesar del “fracaso” que pareció transitar en los últimos años de su vida: su prematura muerte no sólo le impidió ver el Cordobazo como expresión popular de aquella lucha, sino que significó una perdida fundamental para el desarrollo del proceso revolucionario que aquella revuelta abriría.

En un diálogo que se convertirá poco a poco en monólogo, Cooke intenta producir una definición por parte de Perón, no sólo en términos de su apoyo a Cuba (que el General expresa en cartas, pero no termina de asumir con fuerza en público) sino más bien un posicionamiento ideológico que permita un futuro de revolución. El contexto ambiguo que comienza a tomar el Movimiento, las definiciones reaccionarias, los acercamientos con sectores conservadores, las líneas difusas, lo preocupan hasta el hartazgo. “Si postulamos la revolución social y la liquidación de los lazos coloniales, somos de izquierda, y ocultándonos esa realidad no progresaremos nada. El límite de nuestra ideología lo damos nosotros mismos, lo mismo que las diferenciaciones con respecto al comunismo y otros movimientos de izquierdas. Pero como izquierda, sintiéndonos izquierda, somos una fuerza del futuro; como un extraño bicho que es de izquierda y busca congraciarse con la derecha, duraremos lo que Ud dure y luego vendrá la diáspora, fraccionados en partículas sin nada que ofrecer”, profetiza en una larga carta a Perón de julio del ´61.

 

El prisionero de la Puerta de Hierro

Llegados a este punto, ya con una relación epistolar “unilateral” como la define Cooke en junio del ´62, los intentos de ampliar la base de operaciones del peronismo y su posibilidad de relación con los movimientos de liberación en todo el mundo se torna urgente. El dirigente revolucionario intentará entonces una última salida: lograr que Perón abandone su exilio madrileño y se traslade a la meca revolucionaria: Cuba.

En octubre del ´62 le escribe: “Cuando escucho el comentario de gente que lo ha visitado “¡qué bien está el general en España!”, me dan ganas de gritar (y grito). ¿Bien de qué? ¿De salud? ¿Bien porque hace un tiempo que no anda como judío errante y tiene un principio de arraigo, una casa donde vivir y un jardín para cultivar sus plantas? Si fuese un general retirado, estaría perfectamente; como un líder de masas, no está bien, está pésimamente, porque está trabado para accionar”. En la España franquista Perón se encuentra “lejos de los focos mundiales de poder, lejos de los centros donde se resuelven los destinos de los pueblos”.

En un diálogo de pares, que quizás fue molestando al General, Cooke intenta organizar los pasos a seguir, teniendo en cuenta un pensamiento estratégico para la toma del poder. Es también desde allí que encuentra la oportunidad de un acercamiento a Cuba. “Si nosotros hacemos la revolución en Argentina, Cuba ya no está sola frente al imperialismo; y seguramente la suerte del continente se deducirá rápidamente. Está dentro del interés de los cubanos y de todos los latinoamericanos que el peronismo conquiste el poder”, le explica en misma carta. “Traigo a Europa la misión de transmitirle, en nombre de la Revolución Cubana, una invitación fraternal y amplia. El Comandante Fidel Castro lo invita a que visite Cuba, por el tiempo y en las condiciones que Ud desee. Además, lo invita a que se vaya a vivir a Cuba, donde Ud será acogido como corresponde a su jerarquía de líder del pueblo argentino”, agrega.

La generosidad de la propuesta de la Revolución no hace más que empequeñecer el rechazo que Perón haría de la misma. “Para el caso de que acepte la segunda de estas invitaciones y fije su residencia allá, el gobierno revolucionario se encargará de brindarle todo lo que sea necesario para su comodidad: vivienda de acuerdo a sus gustos y necesidades, transporte, medios de locomoción y cuanto pueda contribuir a su bienestar y a sus actividades, como así también facilidades para llevar todo lo que desee”.  Cooke tiene en mente el significado profundo que traería esta decisión, y cómo puede ayudar a todo el continente. “Su radicación en Cuba crearía una conmoción continental y tonificaría extraordinariamente al Movimiento”.  Pero las dudas y dobles juegos del General exiliado harían perder aquella oportunidad fundamental, que podría haber generado un cambio radical en la historia regional. En su obra “Perón en caracas” será Leónidas Lamborghini quien magistralmente trabaje esa oscilación.

Sin embargo, sería falso creer que la prédica de Cooke haya caído en oídos sordos, sino que más bien fue un aporte fundamental para la actualización política y doctrinaria que Perón llevaría adelante a partir de 1968. Es justo en el año de la muerte de John William que el proceso revolucionario en la Argentina se profundizó, y que el General deja de lado su ambigüedad. Comenzará su apoyo hacia las “formaciones especiales”, reivindicará el papel revolucionario del peronismo, alentará a quienes se organicen contra la dictadura de Onganía y establecerá lazos con los focos insurreccionales.  En 1970 dirá en una entrevista: “Si en 1955 los rusos hubieran estado en condiciones de apoyarnos a nosotros, quizás yo hubiera sido el primer Fidel Castro del continente”. Luego, en su tercer gobierno, romperá el bloqueo y establecerá relaciones diplomáticas y comerciales con la isla. Sin embargo, su accionar político en nuestro país estará muy lejos de las propuestas de Cooke, y más bien se tornarán refractarias hacia las mismas, lo que explica en parte su desencuentro con las organizaciones revolucionarias argentinas.

El recorrido de Cooke por la Revolución cubana y su posterior regreso a la Argentina, son fundamentales para entender el proceso de radicalización que se vivió en nuestro país. Su obra nos permite comprender la unidad entre los marxismos y el peronismo revolucionario, y el accionar de tantes jóvenes que llevarían este ideario adelante en numerosas organizaciones populares. Su temprana muerte es una de las tragedias más importantes del período, ya que sin lugar a dudas era el indicado para llevar a la práctica esa unidad. Hoy sigue siendo una referencia insoslayable para pensar un futuro de emancipación. Y nos sigue provocando cuando sentimos sólidas nuestras conquistas en esta democracia burguesa que transitamos, y que parece el único ámbito posible sobre el cual accionar. Una representatividad distinta, un Movimiento de Liberación Nacional actualizado, una agenda de prácticas y políticas revolucionarias; son también algunos de los caminos que aún hoy Cooke nos invita a recorrer.

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