Notas para una biografía de Cooke, por Alicia Eguren

Fueron sin dudas una de las parejas más atrayentes de nuestra historia reciente, forjada al calor de los ímpetus revolucionarios que compartían. A lo largo de sus vidas, transitaron y construyeron el difícil camino del peronismo revolucionario, a la vez que colaboraron fuertemente con la Revolución Cubana. Este abordaje a la vida de Cooke que realiza Eguren nos permite comprender acabadamente su pensamiento, pero también es una oportunidad de leer a una de las militantes populares más conocidas pero menos estudiadas. Su camino tras la muerte de John fue alejándola cada vez más de la conducción del peronismo, lo que la llevaría a participar activamente del FAS e intentar una integración con la izquierda revolucionaria hacia el socialismo. Poeta y periodista, figura entre les 30000 compañeres que la dictadura cívico-eclesiástico-militar sigue sin decir dónde están.

En esta relectura de la vida de Cooke, construye su legado al mismo tiempo que lo interpreta a la luz de los primeros años `70, donde la herencia de John estaba más viva que nunca. A la par que rescata el origen popular y contrahegemónico del peronismo, recuerda las traiciones de la burocracia, y espera un futuro revolucionario ante el cual está fuertemente comprometida. Quizás uno de los pasajes más interesantes sea la recuperación de la figura del perseguido, en donde traza una comparación con aquel gran hostigado de la historia: Trotsky. Como el revolucionario ruso, no tuvo la muerte deseada: “Hubiera querido morir como merecía; luchando con las armas en la mano” dirá Eguren. Y las palabras que le dedicará a su compañero, son válidas para ella, y para tantes que en nuestra historia dieron su vida por un futuro de emancipación: “Dejó una huella profunda en el camino revolucionario argentino”.

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Notas para una biografía de John, por Alicia Eguren

Nació en La Plata en 1919, murió en Buenos Aires, de cáncer, el 19 de septiembre de 1968. Su vida fue demasiado breve para lo que le faltaba por hacer, pero su vida política abarcó más de 30 años de tremendos cambios de los que participó con el arrojo pleno que le era característico.

En plena década infame comienza su pelea contra el régimen. Y desde pibe también, el comité radical de los suburbios, el colegio secundario y la facultad donde el muchacho arremetía agresivamente contra los conservadores; la glotonería del lector que va descubriendo la teoría y un mundo: el destino del proletariado que el irigoyenismo desconoce y la gran farsa de nuestra historia liberal. Y naturalmente se hace radical, nacionalista popular, forjista, lleno de secreta y contradictoria admiración por quienes militaban en nombre de la gran revolución de Octubre.

El 43 le parece un cuartelazo más, un recambio del sistema, hasta el surgimiento de Perón, en quien de golpe, de una manera casi mágica se da una síntesis autóctona de las cosas en que creía y cuyo logro parecía pertenecer a un horizonte lejano.

El Coronel era anti-cipayo, anti-imperialista y estaba decidido a llevar adelante una política obrera de realizaciones efectivas y rápidas. Cuando empezó a hablar, su retórica nueva, sintéticamente clásica y al mismo tiempo popular inauguró un mundo nuevo para las mayorías y llenó de inextinguible odio a los poderosos. Las mayorías eran la plebe del comité de los suburbios, más una ya muy fuerte clase obrera, más los millones de marginados de todo el país.

Para esta patria que emergía, el Coronel pasó a ser el Hombre. Irigoyen era reemplazado por Perón. El caudillo de la pequeña burguesía y de la clase media, por el líder del proletariado, de los “descamisados” como en su peyorativa impotencia los llamó la antipatria. Los partidos de izquierda perdían sus bases y se aliaban a los opresores en nombre del “antifascismo”. La inteligencia argentina no comprendió nada. La reacción rabiosa fue creciendo hasta derrocarlo. Después vino la gesta del 17 de octubre, la Unión Democrática y la victoria que jamás aceptó “la contra”.

En estos años, John, militante de todos los días, se forja y madura como un joven jacobino solitario en un parlamento tímido y heterogéneo que representa la retaguardia de las masas que acaudillan Eva y Perón.

Durante el período del peronismo en el poder, John representó la conciencia política revolucionaria creciente, desde su fundamentación contra las actas de Chapultepec y los acuerdos de Breton Woods, pasando por la cátedra de Economía Política, hasta el riquísimo aporte de “De Frente” donde marca agudamente la alternativa de hierro del proceso popular: o se profundiza o será derrotado. Posición tan auténticamente compartida por las bases, que hoy, a los 16 años de clausura del semanario, se lo encuentra en miles de casas junto al retrato de Perón y Evita, como clave clarificadora de una derrota que el pueblo no comprendió, marginado como fue de la defensa y de la pelea.

En junio del 55, después del crimen de la contrarrevolución abortada, Perón le confía la reorganización del partido peronista en la Capital Federal, y John responde con la medida más realista y urgente como primer paso: la formación de las milicias obreras, que Perón aprueba, pero que el Ejército aun el leal, rechaza en pleno. El régimen peronista, carcomido de burocratismo en sus capas dirigentes, pero intacto y enfervorecido en las masas, se desmoronaba. El partido que Cooke debía reorganizar solamente podía nacer, a esa altura del enfrentamiento armado, en que la reacción fuera definitivamente derrotada y la revolución se profundizara en sentido inverso al seguido a partir del 52, cuando se pretendió desarrollar una política de conciliación de clases a favor de una burguesía cada vez menos nacional.

A partir de la caída de Perón, desde la clandestinidad, desde las cárceles patagónicas o chilenas después de la fuga del penal de Río Gallegos, dirige contra todas las líneas neoperonistas, proburguesas, pactistas, la resistencia que surge con potencia incontenible desde la base obrera.

Su correspondencia con Perón en ese período, su innumerable correspondencia a todos los combatientes, así como el “Informe y plan de acción” en el que traza una línea estratégica para el movimiento, son documentos hasta ahora inéditos, como la mayoría de su obra de revolucionario, que iremos publicando, porque allí está, viva y verdadera, la historia de un período crucial del movimiento de masas. Cuando todavía se podía lograr la victoria sobre el ala derecha interna, cuando la estructuración orgánica profundizando al mismo tiempo la ideología era factible e inmediata. Porque le pueblo peronista sale a pelear después de la caída de Perón, visualizando a dos enemigos con igual fuerza: los gorilas y los burócratas.

Cuando se habla de este período, los folklóricos del asunto, desde su respetable condición de conversos, sólo escuchan el ruido nuevo de las bombas, lo que, como mínimo significa una gran superficialidad en el análisis, pero que en realidad esconde una confusa soberbia de clase: “los negros indignados ponían bombas. Y esto, AHORA nos parece bien”.

Después de la traición de la pequeña burguesía tributaria del imperialismo, encarnada en Frondizi, en la huelga de los petroleros del 58 y en la gloriosa huelga revolucionaria del 59, su enfrentamiento con la burocracia que resurge a todos los niveles tan pronto como el sistema le da una pasarela para reacomodarse, es total. Cooke se transforma en la dirección política de ambos movimientos contra la entrega de la economía del país al imperialismo yanqui.

A partir de entonces vive en la clandestinidad, inmisericordemente perseguido por las fuerzas represivas, calumniado y marginado por los pseudo “duros” (John fue sustituido en la dirección del movimiento por el Sr. Alberto Campos, héroe de la UOM) quienes entre bambalinas en un comienzo, a la luz del día, pactan con Frigerio una sólida alianza de la burocracia con los agentes imperiales. La primera cláusula del pacto es la cabeza de John, exigida por Frigerio y Frondizi, y por los intereses que ambos representan. A partir de entonces se acelera la burocratización del proceso peronista. No es que Cooke, por sí mismo pudiera constituir la dirección revolucionaria y torcer el proceso. Pero era el único dirigente con prestigio nacional capaz de canalizar la alta conciencia de clase alcanzada en un período en el cual la frescura y el ímpetu combativo de las masas todavía podía barrer rápidamente con quienes hoy la engrillan invocando su representación.

Perseguido dentro del movimiento con la sistemática crueldad que los stalinistas utilizaron con Trotsky, John intenta un camino nuevo: la guerrilla, en Tucumán, con la experiencia de los Uturuncos, fallida pero enormemente popular. Revolucionarios no peronistas aportaron entonces su experiencia y consecuencia en esa proto-guerrilla. El primero de todos, Abraham Guillén, de quien se una manera o de otra, la actual generación de revolucionarios de ambas márgenes del Plata es deudora. Y nosotros, deudores conscientemente agradecidos.

En sus notas para “Neuvo Hombre”, Juan Carlos Brid, aunque omite el nombre de John, explica, desde el ángulo de un combatiente de la base, muy gráficamente el período. John era el enemigo contra el cual apuntaba la lucha interna practicada en terreno policial –contra Cooke y lo que él representaba-, al mismo tiempo que se lo infamaba sistemáticamente con acusaciones macartistas y se lo descalificaba como “traidor”. La imagen de Trotsky aparece inevitablemente ante mis ojos en aquel período.

Otro proceso surge en América Latina con el triunfo de Fidel, el Ché y Raúl en Cuba. Un proceso que todos sentíamos, no sería falseado. Cooke se exilia en cuba. Participa desde la base como soldado o como instructor revolucionario, como intelectual o como combatiente del naciente proceso nacionalista y antiimperialista en un principio que, en el enfrentamiento, rápidamente desemboca en el socialismo.

Para el continente entero, para él como militante revolucionario, Cuba es la continuación dura y victoriosa de las frustradas revoluciones del decenio anterior.

Con los medios a su alcance, que son escasos en un comienzo, pues la burocracia pro-soviética lo cerca de manera inmisericorde, trata de enlazar los dos procesos, de insuflar, a través de la correcta interpretación de Perón y del peronismo, de la actividad de compañeros militantes, de la creciente lucha de masas en la Argentina; la convicción de que el peronismo se transformará en socialismo o será una masa de maniobra principal para la política del imperio en un país clave de América: la Argentina. Mucho hizo desde Cuba por el conocimiento y valoración del peronismo, en esa meca revolucionaria que era la isla. Fuera de las fronteras patrias, el peronismo era un movimiento deformado y desconocido, vilipendiado y distorsionado, un enigma y una incógnita, en cuya equivocada interpretación pesaban por igual los liberales y la izquierda tradicional.

A su regreso a la patria trabaja infatigablemente en el desarrollo de la conciencia revolucionaria de las masas, a partir de los militantes más activos, a partir de los sectores obreros más combativos que comienzan a liberarse de las utopías golpistas. La tarea también había sido emprendida por otros compañeros viejos o nuevos en el peronismo, y el aporte de todos fue valioso. Paralelamente, trabajó hasta el momento de su muerte en la dura tarea organizativa por el peronismo revolucionario, tarea cuyos frutos no alcanzó a ver y cuyos resultados no se vislumbran aun claramente. Su pensamiento y su ejemplo tuvieron una gran influencia en sectores cada vez más amplios del estudiantado, de la izquierda tradicional e independiente, en el mundo cristiano que se radicalizaba y se politizaba.

Su obra fundamental fue escrita al comienzo de la llamada “revolución nacional”. Analizó claramente el significado del período que se iniciaba. Desde la dirección de ambos comités, el de la OLAS y el de la TRICONTINENTAL, luchó, convirtiéndolos en una herramienta revolucionaria de primer orden, por el forjamiento de la conciencia y la militancia efectiva en los nuevos senderos que se reabrían para la lucha armada en el continente y en la patria.

Fue elegido por unanimidad de las organizaciones integrantes, presidente de la delegación argentina ante las conferencias de la Tricontinental y la Olas en La Habana (1966-1967). Lo que recordamos como síntoma claro del cambio contradictorio pero real en el seno de la pequeña burguesía radicalizada, por un lado, y de la creciente asunción por el proletariado de su verdadera ideología.

Hubiera querido morir como merecía; luchando con las armas en la mano. Afrontó su enfermedad, que sabía fatal con coraje y naturalidad. Dejó una huella profunda en el camino revolucionario argentino.

Donó todo su cuerpo útil para algún sufriente que quizás con sus ojos alcanzará a ver y con su piel renovada llegará a trabajar, en la sociedad revolucionaria que él no alcanzó.

El pensamiento, las claves de John para la interpretación del proceso argentino están hoy más vivas que nunca, y su análisis marxista de nuestra realidad, su estilo polémico y original, la autenticidad de su vida y el estoicismo de su muerte marcaron y seguirán marcando a contingentes de combatientes, que son sus hijos, y en los cuales se continúa, entre los cuales se hubiera encontrado feliz, en esta etapa dura y problemática, trampeada y revolucionaria y en la que aquella decisión, aquel coraje, aquella lucidez y aquella fe sin trampas en el pueblo y el hombre nos nutre permanentemente para las futuras batallas.

Revista Nuevo Hombre, Año I Número 9, del 15 al 21 de septiembre de 1971     

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