Vigencia (y anti-vigencia) de Alicia Eguren. Una “tipa” inquietante

Miguel Mazzeo, ensayista e historiador, una de las personas que más ha contribuido a la revitalización de la vida y obra de Jhon William Cooke y José Carlos Mariategui, entre otres militantes revolucionaries, se encuentra en pleno proceso de hechura del libro  Alicia en el país. Apuntes sobre Alicia Eguren. Compartimos una primera versión del Capítulo 1, porque coincidimos con el autor en que “recuperar y valorizar las huellas de Alicia es una forma de revitalizar una genealogía emancipatoria, rebelde, antiimperialista, anticapitalista y antipatriarcal” que ha sido activamente producida como no existente.

Pasen y lean.

Vigencia (y anti-vigencia) de Alicia Eguren. Una “tipa” inquietante.[1]

 

Por Miguel Mazzeo

 

Una mujer; un ser sujeto como ella a programaciones ancestrales y que, sin embargo, vivía en un plano insólito de la realidad, inserta en la conspiración como un hábitat natural, lejos de todos los preconcebidos destinos de la feminidad.  

Gioconda Belli

 

¿Quién fue Alicia Eguren?

Alicia Graciana Eguren Viva, “la flaca”, nunca pasó desapercibida. Frente a ella no había lugar para los términos medios: o se la amaba o se la odiaba. Ese fue su signo distintivo, junto al inconformismo y la vocación de caminar por realidades grandes, trascendentes. Parecía más alta de lo que era en realidad (su metro 65 era engañoso), poseía unos ojos de color castaño oscuro –color “miel” según algunos testimonios– grandes, vivaces, indiscretos y muy brillosos. Era atractiva y seductora por varios motivos: porque era bella e inteligente, apasionada e intransigente; por la cadencia de sus movimientos, por su manejo del lenguaje, por su expresión. Pero también sabía ser “dura”, severa, arrebatada, exigente, ascética; por momentos acorazada, emocionalmente austera. Casi una reencarnación femenina de Girolamo Savonarola: obstinada en los quehaceres tendientes a realizar su utopía; siempre lanzando rayos contra el poder, el abuso y la injusticia; inflexible ante la cobardía y la tibieza. Habitaba en Alicia un núcleo religioso, místico y hasta mesiánico, más o menos acentuado según las coyunturas históricas y/o personales. Vale decir que hablamos de mística y de mesianismo apelando a sentidos que no son peyorativos.[2]

Alicia hacia todo con determinación y, sobre todas las cosas, amaba y militaba con determinación. Ejercía libremente su encanto y su firmeza en todos los órdenes de la vida. Nunca se entregaba, tomaba posesión.

Alicia no pasó desapercibida en la década del 40 cuando, siendo una joven estudiante de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, sobresalía como una de las escasas mujeres militantes de un grupo nacionalista. Mucho menos pasó desapercibida cuando, promediando esa misma década, se hizo peronista muy tempranamente, en una instancia en la que el peronismo apenas asomaba como movimiento político, en un ambiente social y cultural donde esa opción político-existencial constituía era una verdadera herejía. Podría haber sido comunista, socialista y hasta anarquista. Nada de eso iba abiertamente en contra de las exigencias sociales de su entorno. Eran alternativas perfectamente aceptables y digeribles por los círculos ilustrados de la Argentina de aquellos años. Pero hacerse peronista, en ese tiempo y en su medio, era una acreditada anomalía. Era como hacerse leprosa y paria. O espantapájaros y prófuga. Una falta de delicadeza. Un acto de mal gusto.

Esos círculos ilustrados muy rápidamente construyeron mitos inferiorizadores sobre el peronismo y los y las peronistas: una “mitología gorila”. Veían la ampliación del espacio público como una expansión de los sitios a ensuciar por el pueblo los domingos y los días feriados. Consideraban que las políticas estatales tendientes a disminuir las desigualdades sociales eran pura demagogia. Sentían pánico ante cualquier gesto de afirmación de la identidad por parte de los y las de abajo. Para esos círculos el peronismo encarnaba unas fuerzas oscuras que creaban un contexto de vejaciones y aquelarre.

Años más tarde, cuando un golpe cívico-militar derrocó al gobierno democrático del general Juan Domingo Perón, en un momento aciago para los y las peronistas, Alicia profundizó su compromiso político. Esa será otra invariante en su vida: irá a fondo en las horas más difíciles. Cuando otros y otras tendían a atemperar sus posiciones, ella las extremaba. Cuado “las papas quemaban”, en medio del desbande, ella sacaba a relucir sus convicciones con orgullo recargado. Esta invariante no se limitó a una simple permanencia de algún aspecto particular, sino que se delineó como una función central organizadora de toda su existencia.

Alicia supo vivir inserta en relámpagos. Padeció la cárcel, la tortura y el exilio. Jugó un rol clave en la Resistencia Peronista. Ya, desde comienzos de la década del 60, alentada por la Revolución Cubana, pero sobre todo por su lectura del proceso histórico argentino, radicalizó la apuesta: se hizo revolucionaria socialista. Se instaló durante un tiempo en Cuba: combatió como miliciana, adquirió nuevos saberes teóricos y prácticos, se perfeccionó en las artes agudas de la conspiración, trabajó junto a Ernesto Che Guevara y militó fervientemente en favor de la revolución en Nuestra América y en el “Tercer Mundo”. Volvió a la Argentina para intervenir activamente en la construcción de la unidad de los sectores revolucionarios. Fue una especie de matriarca de la militancia revolucionaria de las décadas del 60 y del 70. Alicia, por lo tanto, no podía pasar desapercibida para la última dictadura militar argentina (1976-1983). Fiel a sí misma, fiel a un proyecto colectivo, fiel a una generación de militantes y combatientes, firmó sus ideas con su propia sangre.

Alicia suele ser presentada como la compañera de vida y militancia de una figura clave de la historia y el pensamiento político argentinos: John William Cooke, el diputado díscolo del primer peronismo, el primer delegado –y el único heredero político– designado por Perón desde el exilio después de su derrocamiento en 1955; una figura emblemática de la Resistencia Peronista, del peronismo revolucionario, del peronismo de izquierda y de la izquierda peronista. Pero creemos que ya es hora de acostumbrarse a decir, también, que Cooke fue el compañero de vida y militancia de Alicia.

En el caso de Alicia y John el término “pareja” expresa con exactitud el vínculo que existía entre ellos. Aún siendo muy diferentes, eran parejos. Se complementaban. Y, posiblemente, se completaban. No nos referimos al viejo tema de la condición incompleta de los hombres y las mujeres, arrojados al mundo e impulsados a la búsqueda de la otra parte –la “media naranja”, el “alma gemela”– que los complete. Se suele decir que las personas aman lo que las completa (imaginariamente). Aman lo que falta de su ser. Aman a “ese otro” o a “esa otra” con el/la que sueñan reencontrarse alguna vez. Cuando decimos que Alicia y John se complementaban y se completaban, nos referimos a un vínculo donde lo político adquiere un peso determinante como dador de sentido. Hablamos de una especial reciprocidad, de un tipo singular de correspondencia.

Sobre la base de una férrea coincidencia ideológica y política, había entre ellos una especie de división del trabajo: los circuitos conspirativos eran de Alicia y los circuitos públicos de John. En ocasiones Alicia se hacía cargo del frente sindical y John del frente político. Se repartían las tareas internacionales y las internas. Eran un verdadero equipo político. Se cubrían las espaldas. También se peleaban. Porque, en ciertos aspectos, constituían una pareja despareja. Los estilos eran divergentes: el ascetismo de Alicia y el hedonismo de John. Alicia, austera. John, despilfarrador. Alicia garante de un cierto orden de las cosas. John apabullado por los objetos. Alicia, intempestiva. John, reflexivo. Alicia, demandante. John, permisivo. Alicia, severa. John, cómplice. Alicia, territorial. John, fluyente. La alegría provocativa y “camorrera” de Alicia. La alegría apacible e ingenua de John. Los dos eran maestros de la ironía, la cultivaban cada uno a su manera. Los dos eran muy cálidos, accesibles y generosos. Sabían escuchar. Nunca utilizaron sus trayectorias militantes como medio para obtener legitimidad, para “chapear”. Reconstruían esa legitimidad día a día, con su praxis. Siempre fueron jóvenes.

Ahora bien, creemos que esa paridad no ha sido lo suficientemente reconocida. Ni antes ni ahora. A comienzos de la década del 60, en Cuba, a Alicia la llamaban “Alicia Cooke” y en Argentina, ya desde fines de la década del 50, sus detractores le decían, despectivamente, con mucho de macartismo y muy poco de sabia ironía, “la cookeskaia”, en alusión a la compañera de V. I. Lenín, Nadiesha Krupskaia. Por cierto, cuando Alicia tuvo que buscar una figura de la Gran Revolución de Octubre análoga -sobre todo en las desdichas- a la de su compañero, la halló en León Trotsky más que en Lenin. De ser rigurosos y rigurosas, quienes no la estimaban ni la valoraban, deberían haberla llamado “la Cookedova” por Natalia Sedova, la compañera de Trotsky.

Queda claro, entonces, que para Alicia, John era el Trotsky del peronismo. En sus “Notas para una biografía de John”, de 1971, Alicia trazaba el perfil biográfico de su compañero fallecido tres años antes. Consideraba que John había sido perseguido “dentro del movimiento” con una crueldad similar a la que “los estalinistas utilizaron con Trotsky”. Ya desde fines de la década del 50 Alicia juzgaba, con sólidas razones, que Perón había sido y era desagradecido e injusto con John, que desaprovechaba a su mejor cuadro político-intelectual (y humano) al condenarlo al ejercicio de unas funciones homeostáticas. Mientras que John callaba, ella lo decía abiertamente, sin empacho, sin filtros, sin ahorrar crueldades, obviando deliberadamente las reglas que impone el pragmatismo político.

Estas actitudes de Alicia descolocaban a John, eran difíciles de aceptar para él desde lo emocional. Era como clavarle un puñal en el pecho. Una cosa era el análisis político, la reflexión teórica, la interpretación histórica, pero otra cosa muy distinta era cuando las verdades de Alicia rozaban algunas de sus fibras más íntimas. En ese aspecto John se mostró siempre muy parco. En un medio machista, donde no era recomendable la exposición de emociones (un rasgo supuestamente “femenino”), las mismas no contaban en el espacio público. Frente a las contradicciones y desplantes de Perón, John optaba por hacer silencio y aislarse. Alicia hacía exactamente lo contrario. Lo insultaba a Perón, a los cuatro vientos.

Decía Alicia: “John era el enemigo contra el cual apuntaba la lucha interna practicada en el terreno policial –contra Cooke y lo que él representaba–, al mismo tiempo que se lo infamaba sistemáticamente con acusaciones maccartistas y se lo descalificaba como ‘traidor’. La imagen de Trotsky aparece invariablemente ante mis ojos en aquel período”.[3] No hay que hacer un gran esfuerzo para imaginar quién representaba para ella –con o sin razón, exagerando o no– el papel de Stalin (o quienes, en escalas mucho más exiguas, representaron ese mismo papel).

Por su parte, ni la historiografía ni la memoria histórica, cada una con sus modos peculiares, le han hecho justicia a Alicia. No todavía.

Lo cierto es que se pasa por alto que Alicia, al igual que John, tuvo una comprensión profunda del peronismo, tempranamente. Que jugó un papel clave en la ruptura con la idea del frente policlasista y que su aporte fue determinante en la elaboración de los fundamentos teóricos y políticos de esa ruptura. Que comparte con John la condición de factotum de Acción Revolucionaria Peronista (ARP). Que supo ser compañera, colaboradora e interlocutora de todos los grandes líderes latinoamericanos de su tiempo: Perón, el Che, Fidel Castro, Salvador Allende, Omar Torrijos, entre otros. Que  todos ellos, de modos diversos, se sintieron atraídos por su magnetismo. Que en la década del 70 fue una referente fundamental de un espacio de articulación política en el que confluían diversos sectores revolucionarios.

Sobre Alicia trata este libro. Un collage inacabado sobre su vida, sus avatares, sus desdichas. Sobre sus sueños, que estuvieron muy lejos de ser quimeras absurdas y que tuvieron la enorme virtud de haber sido no sólo de ella, sino de toda una generación de revolucionarios y revolucionarias.

En una carta del 14 de noviembre de 1957, John le contaba al General Perón sobre su singular compañera. Le decía que Alicia tenía una “tendencia natural hacia la ironía, y por eso es que, automáticamente, somete todos los valores a riguroso e implacable examen”.[4]

Como precursora y figura emblemática –al igual que John– de lo que para muchos constituye la paleta del oxímoron: el peronismo revolucionario, el peronismo de izquierda y la izquierda peronista; como cuasi pitonisa de una generación que se planteó el asalto al cielo y la cuestión del poder en forma concreta y urgente; y como mujer entre machos nacionalistas, machos peronistas y machos socialistas y revolucionarios, en su tiempo, un poco más patriarcal y misógino que este, se vio obligada a romper con un conjunto de convenciones y radicalizar el giro inquisitivo en diferentes planos.

A comienzos de las década del 70, cuando ya era una mujer madura y una figura política reconocida, Alicia solía ser presentada como docente, periodista, ensayista, militante del peronismo revolucionario y compañera de John William Cooke. Su condición de poeta, en la mayoría de los casos, era soslayada. Y aunque el grueso de su producción lírica corresponde a una etapa inicial, debemos reconocer que su vena poética reaparece una y otra vez, en algunas composiciones aisladas, pero sobre todo, y deliberadamente, en sus escritos políticos más tardíos. De algún modo, la predisposición política de Alicia contiene una carga poética. También, como veremos a lo largo de este trabajo, esa producción lírica, sin llegar a constituir un momento significativo de su obra y de su itinerario, sirve para comprender algunos rasgos de su personalidad. Este tipo de presentación, sin dudas, avanza algunos pasos hacia una descripción general de Alicia, pero está lejos de explicarla y definirla.

Alicia2

¿Quién fue Alicia Eguren?

Alicia fue lo se suele denominar un “cuadro político revolucionario” de primer nivel, una activista y una militante incansable. Después de la muerte de John el 19 de septiembre de 1968, y sobre todo a partir del Cordobazo (29 mayo de 1969), en un contexto de auge de masas y rebelión popular, Alicia se convirtió en referente indiscutida de diversos espacios políticos y sociales de orientación revolucionaria. A partir de esa condición, Alicia trabajó en pos de una articulación de sectores revolucionarios que provenían de diversas tradiciones políticas. Alicia fue, básicamente, una tejedora de redes militantes y revolucionarias, en la Argentina y en Nuestra América toda.

Alicia también ejerció una función pedagógica. Una pedagogía orientada a la auto-emancipación. Alicia y John contribuyeron a la formación política y militar de la gran mayoría de los y las referentes de las organizaciones revolucionarias surgidas a fines de la década del 60 y principios de la década del 70. Este rol suele ser interpretado por  quienes reivindican el terrorismo de Estado y se identifican hoy con los represores (y por los mismos los represores) como central en la “tragedia terrorista argentina”.[5]

Alicia desarrolló un vínculo estrecho con las direcciones de las Fuerzas Armadas de Liberación (FAL), de las Fuerzas Armadas Peronistas (FAP), de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR), de Montoneros y del Partido Revolucionario de los Trabajadores-Ejército Revolucionario del Pueblo (PRT-ERP), y también con el Movimiento Revolucionario Pernonista (MRP), el Peronismo de Base (PB), el Movimiento Revolucionario 17 de Octubre (MR17), el Frente Revolucionario 17 de Octubre (FR17), entre otras organizaciones. Mencionamos sólo algunas organizaciones de la Argentina. La lista se nos haría extensísima si agregáramos a las organizaciones revolucionarias de Nuestra América y del “Tercer Mundo” con las que Alicia tuvo algún grado de relación.

Pero estos vínculos no inhibieron a Alicia a la hora de los cuestionamientos políticos. Por ejemplo, Alicia no estaba de acuerdo con la simplificación de los procesos revolucionarios. Siempre fue crítica del “foquismo”. Consideraba que había que impulsar la lucha de masas, jamás sustituirla, y que la vanguardia revolucionaria sólo podía ser la clase trabajadora organizada y combativa, nunca un aparato político particular, una elite, una secta. Además era una convencida de que el modelo verdadero de la Revolución Cubana, el proceso histórico real del pueblo cubano, en buena medida, contradecía los principios básicos del foquismo, más allá de que hubo un momento en donde la propia dirigencia revolucionaria cubana aceptó ese modelo como si en verdad hubiese sido suyo y no una teorización tan pobre como ajena. En esta línea, y sin dejar de reivindicar la lucha armada, consideraba al militarismo como una desviación del cauce revolucionario. Supo diferenciar el uso instrumental de las armas de la constitución de una fuerza social armada. Asimismo, Alicia desarrolló tempranamente una visión muy lúcida y realista respecto del rol de Perón.

Alicia debatía estos y otros temas con sus compañeros y sus compañeras más jóvenes, con las direcciones de las diferentes organizaciones revolucionaras y del sindicalismo combativo; pero sin dejar de reforzar permanentemente su papel como vector de la unidad –en la lucha– de los diversos sectores revolucionarios y combatientes: entre peronistas de izquierda, marxistas, cristianos; entre organizaciones armadas, organizaciones políticas y el sindicalismo clasista y combativo. Con cada intervención, Alicia ratificaba una vocación frentista y antisectaria que alcanzará su expresión más rotunda en el protagonismo que asumió en el Frente Antiimperialista por el Socialismo (FAS). Por esta condición, por su posición ética, por el ejercicio de “una suerte de subcomandancia”,[6] Alicia constituyó un blanco prioritario, un verdadero “trofeo”, para la última dictadura genocida.

Desde muy joven Alicia se entregó a la desobediencia de cuerpo entero. Nunca le perdonaron tanta trasgresión. Viene siendo tergiversada y acotada desde el neo-populismo, negada desde la izquierda dogmática y colonial, y a la vez incomprendida por quienes no pueden abarcar su osadía política y existencial.

¿Quién fue Alicia Eguren?

Alicia fue como sor Juana Inés de la Cruz, interesada en el estudio, las letras y los libros. Fue como Micaela Bastidas, puntal en la organización de la retaguardia de la rebelión indígena de 1780 capitaneada por Tupac Amaru de quien además fue compañera de vida. Fue como Olimpia de Gouges, la autora de la Declaración de los Derechos de la Mujer en 1789; como ella, ocasionalmente, apelaba a la pluma para lanzar verdades como puñales. Fue como Juana Azurduy, siempre en la primera línea de combate. Fue como Policarpa Salavarrieta, especialista en transportar mensajes de liberación. Como Flora Tristán, comprendió la vinculación entre la cuestión nacional y la cuestión social y sobre esa comprensión fundó su latinoamericanismo y su internacionalismo. Como Luisa Michel, Alicia pertenecía enteramente a la revolución social.

Horacio González asocia a Alicia al gran mito revolucionario condensado en la Comuna de Paris. Evoca un encuentro con Alicia: “Al finalizar una de las clases multitudinarias que entonces daba en la Universidad, se acerca una mujer una mayor (hoy tendría como veinte años menos que yo) y me dice “bravo profesor”. Quizás era una ironía, pues en la época uno no ahorraba estereotipos, pero esa presencia que se vestía con elegancia y hasta exhibía un sombrero reclinado de alas anchas, inusual ya para ese estudiantado, era una curiosa visitante. Era Alicia Eguren. Ese gran mito revolucionario de 1871 que Alicia cultivaba, de algún modo tenía su réplica pasmosa en un lejano país en el tiempo y en el espacio, pero no tan distante en los retratos más tremendos de la historia”.[7]

No es difícil hallar en el itinerario de Alicia un sinnúmero de semejanzas con las trayectorias de otras mujeres: Rosa Luxemburgo, Lou Andreas-Salomé, Larissa Reissner, Alexandra Kollantai, Maria Cano, Alfonsina Storni, Angélica Mendoza, sólo para nombrar algunas.

A más de 40 años de su desaparición, a casi cien años de su nacimiento, la figura de Alicia no es lo suficientemente reconocida y justipreciada. Su voz política revolucionaria ha sido socavada. Esto responde a diversos factores. En primer lugar, la derrota política, pero sobre todo ideológica y cultural, del proyecto político revolucionario de las décadas del 60 y del 70 es un dato fundamental para explicar la falta de empatía, cuando no el olvido liso y llano, en torno de una figura de las características de Alicia. La última dictadura militar argentina (1976-1983) reconfiguró drásticamente a la sociedad argentina y dejó un vacío que aún no hemos sabido colmar; les arrebató la autoestima a las clases subalternas y oprimidas y les impuso la posición defensiva como límite máximo, instituyó una ruptura radical que inhibió continuidades; trató de que no queden herederos y herederas, sólo hijos e hijas del desastre, solos y solas en medio de un mundo desencantado. Eso es lo que somos.

Luego, Alicia es una figura inasimilable para la cultura política nacional-popular en su versión convencional, filo-burguesa, estatalizada, en líneas generales: “peronista”. El peronismo actual no puede reconocer en Alicia una referencia histórica y política. Por lo menos no sin incurrir en groseras tergiversaciones, en abiertas distorsiones o evidentes equívocos. El desacuerdo ideológico y político entre una figura histórica como Alicia y el peronismo actual es abismal, aún considerando a los sectores dizque “progresistas” del Peronismo. Vale decir que los aspectos medulares de ese desacuerdo entre Alicia y el peronismo ya estaban abiertamente planteados a comienzos de la década del 70, y antes también.

Como simple muestra sirve tener en cuenta las posiciones de Alicia en aquellos años. En primer término sus exigencias a Perón, luego sus cuestionamientos al rol abiertamente contrarrevolucionario asumido por el viejo general; pero también sus diferencias con el denominado “movimientismo”. Alicia cultivó un peronismo de la resistencia, un peronismo de base, un peronismo obrero, especies prácticamente inhallables en la actualidad

Al igual que John, Alicia fue y es para el peronismo una figura límite. Le impuso al peronismo unas síntesis que eran sumamente complejas en las décadas del 60 y del 70, síntesis que exigían enormes forzamientos pero cuya posibilidad era alentada, por lo menos en parte, por el proceso histórico, por la lucha de clases en la Argentina. ¿Qué decir de esas síntesis en la actualidad? Ni siquiera  pueden ser pensadas.

Es muy difícil construir, con fundamentos sólidos, una Alicia folklórica, de marchita peronista y bombo, aunque a veces se intente ubicarla en esos entornos simbólicos. Se trata de una forma de apropiarse de la plusvalía simbólica popular por parte de proyectos políticos neo-desarrollistas, poco menos que reformistas; de una narrativa burguesa que apela a la memoria popular y a las narrativas plebeyas y anti-elitistas con el fin de subsumirlas en el marco de sus coordenadas para anularle sus costados más disruptivos. Una maniobra de deshistorización encubierta de las clases subalternas y oprimidas.

Alicia, como John, como la generación revolucionaria de las décadas del 60 y del 70, está situada en las antípodas de un aparto político como el Partido Justicialista (PJ);  sus propósitos, razones y direcciones constituyen la antítesis de burócratas y politiqueros y politiqueras. El estilo vincular y la ética universalista que los nutría contrasta con la palabra fácil y la acción sin densidad de los y las especialistas en gestionar “lo dado”. ¿Alguien puede imaginarse a Alicia y John como unos supersticiosos políticos, hablando de “la gente”, la “calidad institucional”, idealizando las lógicas consensualistas? Por cierto, las actuales condiciones, las narrativas hegemónicas, hacen muy difícil imaginar figuras equivalentes a Alicia y John.

Pero además, hoy, los sectores del peronismo que se asumen como progresistas, no están en condiciones de asumirse como herederos del peronismo revolucionario, del peronismo de izquierda y de la izquierda peronista, con su antiimperialismo consecuente, con su opción por el socialismo, con su visión clasista. Principalmente porque parten de considerar la derrota del proyecto revolucionario de la décadas del 60 y del 70 como un dato irreversible e inmodificable. Entonces, piensan la praxis popular dando por sentado ese dato que la limita desde el vamos. Reducen así la política a la mera gestión progresista del capitalismo existente. De este modo, no hacen otra cosa que reivindicar todo lo que Alicia repudiaba y calificaba apelando a la blasfemia: el “pacto social” y la conciliación de clases, la burocracia sindical, las alianzas políticas por derecha, la eficacia elitista de unas vanguardias técnico-administrativas.

A quienes pretenden asociar la figura de Alicia con proyectos de capitalismo “serio”, “piadoso”, “redistributivo”, con las políticas que promueven la colaboración con los sistemas “menos opresores”, con las “rebeldías toleradas” de las que hablaba John, ella misma les responde: “Queridos compañeros: ¿por qué no estudian el ABC del materialismo histórico o por qué por lo menos no abren los simples ojos con lealtad al pueblo y con antiimperialismo concreto?”.[8] Entonces, uno de nuestros mayores desafíos ha consistido en pensar a Alicia desde Alicia. ¿Cuáles serían los modos más fidedignos de reorganizar hoy sus creencias, de reproducir su ética?

Lo cierto es que Alicia participó de un discurso radicalmente crítico del sistema, esto es: asumió posiciones que inevitablemente la distanciaban del peronismo “oficial” hace 50 años, como la distancian –mucho más– del peronismo actual. Como muestra sólo basta echar una ojedada a su “Carta abierta al General Perón”; o tener en cuenta que su compromiso activo con el FAS expresaba en buena medida un alejamiento del movimiento peronista; o, simplemente, considerar los aportes de Alicia a la construcción del “cookismo” en particular y al humanismo revolucionario en general.

Por ejemplo, la idea de la actualidad de la revolución socialista para Argentina y Nuestra América, el planteo de la inviabilidad de la reedición del frente poli clasista de 1945, la distinción entre un peronismo integrado y un peronismo revolucionario y el reconocimiento de la lucha de clases al interior del peronismo. También la idea de un “déficit ideológico” del peronismo, esto es, para Alicia y para el conjunto del cookismo, el peronismo en el gobierno sólo había logrado construir una doctrina de coyuntura que, a pesar de sus elementos disruptivos, era compatible con políticas conservadoras y contrarrevolucionarias. La Resistencia Peronista, después del golpe de 1955, modificó esta situación y generó condiciones para un proceso de auto-conciencia que debía desarrollarse para que las masas actuaran en consecuencia con las potencialidades revolucionarias del peronismo. Este déficit ideológico se traducía, entre otras cosas, en un “déficit de dirección”, esto es, el problema de unas conducciones que no se condecían ni con el potencial de las bases ni con sus “intereses históricos”. De este desajuste se derivaban tanto sus críticas a las mediaciones del peronismo: a la burocracia política y sindical, como el planteo de la necesidad de que surja en el seno del movimiento peronista una conducción revolucionaria que esté a la altura de la potencialidad de los trabajadores y las trabajadoras y el conjunto del pueblo, una conducción capaz de elaborar una estrategia revolucionaria.

Después de la muerte de John, Alicia retoma y profundiza los cuestionamientos a la burocracia política y sindical del peronismo. Centrará sus ataques en la dirección de la Confederación General del Trabajo (CGT) y en la figura de su secretario general a comienzos de la década del 70, José Ignacio Rucci; también en Lorenzo Miguel Secretario General de la poderosa UOM (Unión Obrera Metalúrgica) y en diversas figuras de la “rama política” del peronismo. Alicia se tornará cada vez más dura y cruda con Perón, a medida que el general abandonaba su tradicional ambigüedad, su típica indefinición, para asumir posturas abiertamente favorables al “peronismo integrado” y rotundamente desfavorables (y hasta persecutorias) respecto del peronismo revolucionario, del peronismo de izquierda, de la izquierda peronista, y de los sectores revolucionarios en general.

Apenas enunciados, estos son algunos de los aspectos más característicos del pensamiento de John, el interrogante que se nos impone es: ¿Cuánto contribuyó Alicia a la elaboración de ese pensamiento? Imposible de mensurar su aporte, pero en este trabajo intentaremos demostrar que la participación de Alicia es un dato insoslayable. Como no podía ser de otra manera, el cookismo se construyó dialécticamente, en una interacción permanente entre John, Alicia y el movimiento popular. Un movimiento inserto en luchas de carácter (o proyección) antiimperialista y/o socialista, en la Argentina, en el resto de Nuestra América y en el mundo entero. En sentido estricto, el cookismo es también egurenismo.

Alicia Bebe Sgo Chile 1957

¿Quién fue Alicia Eguren?

Nicolás del Zotto y Emiliano Ruiz Díaz sostienen que en Alicia conviven: “la moral como insustituible sistema rector de la práctica revolucionaria, la violencia como forma de expiación de la ignominia que supera un sistema en decadencia, la pasión y la entregas en la lucha, el martirio de los combatientes como aporte último y total, la sangre de los caídos colmo puente para la incorporación de nuevos combatientes, el juicio a canallas y traidores, el horizonte victorioso y redentor; todos ellos, elementos que asisten y configuran a Alicia un profundo humanismo que irriga amor fraternal hacia desposeídos y sufrientes, e intransigencia en el castigo hacia mercaderes y explotadores…”.[9]

El peronismo de hoy –en todas de sus expresiones– no está en condiciones de identificarse con el sentido más recóndito de las luchas sociales y políticas de las décadas del 60 y del 70. Hacen falta otros emplazamientos y nuevos sentidos políticos que permitan revalorizar y resignificar aquellas luchas. El peronismo de hoy –en todas de sus expresiones–  no está en condiciones de reconocer las huellas de Alicia, mucho menos está en condiciones de caminar sobre ellas.

Cabe señalar también que, en las últimas décadas, el peronismo ha sido tan eficaz en la tarea de hilvanar distintos momentos de la historia de las clases subalternas y de la cultura popular argentinas como en la de producir huecos abismales, en fin: olvidos.

Por otra parte, las posibilidades de que Alicia sea reivindicada desde la cultura política de la izquierda tradicional se han topado con un cúmulo de dificultades. Los ejercicios de asimilación emplazados en dicha cultura política han sido igualmente complejos, prácticamente inviables. Por su historia militante, por su compresión del peronismo como movimiento histórico y como realidad de masas, por su guevarismo (que va mucho más allá de la adhesión a la lucha armada), Alicia también fue y es indigerible para la vieja izquierda.

Alicia sólo puede ser inscripta en la historia argentina como lo que en verdad fue: una mujer revolucionaria, que apostó por la unidad de teoría y práctica, organización y lucha de masas con el fin de cambiar radicalmente el sistema imperante. Alicia quería el cambiar el mundo y la vida.

Entonces… ¿Se puede hablar de de la actualidad de Alicia, de su vigencia? Sí, sin dudas, pero asumiendo la necesidad de pensar y construir una alternativa al capitalismo, la necesidad de un proyecto emancipador de y para las clases subalternas y oprimidas; reconociendo al socialismo como punto partida, al socialismo como una lengua con patria (mejor, con matria). Recuperar y valorizar las huellas de Alicia es una forma de revitalizar una genealogía emancipatoria, rebelde, antiimperialista, anticapitalista y antipatriarcal.

En estos tiempos desencantados toda utopía corre el riesgo de ser confundida con dogmatismo. Cuando la voluntad política que contempla algún “deber ser” se presenta como un producto del pasado del que no quedan vestigios, o cuando se la subsume directamente en la voracidad empresarial o gestionaria, el rescate de una figura como la de Alicia implica un rechazo a toda forma determinismo, un repudio al conformismo que entiende las confrontaciones sociales como “efecto de las estructuras”. Raymond Williams decía que “ningún orden social dominante y por lo tanto ninguna cultura dominante verdaderamente incluye o agota toda la práctica humana, toda la energía humana y toda la intención humana”.[10]

En un tiempo signado por el fatalismo y el posibilismo, creemos que no está nada mal la reivindicación de la voluntad política como componente central de la praxis humana. Siempre será mejor optar por la voluntad (en general), por sus causas y acicates para vivir, que morir de tristeza y soledad. Aunque haya que asumir el riesgo del voluntarismo. Por cierto, el límite entre la voluntad de transformación y el voluntarismo es harto impreciso, la diferencia entre una y otro es mínima: ¿quién puede arrogarse la competencia para identificarla? La voluntad es esencial para humanizar lo humano. Por otra parte, la voluntad de Alicia cobra más sentido si tenemos en cuenta que el patriarcado considera al universo femenino como el universo de lo sin voluntad, de lo inerte.

En síntesis, consideramos que la historia de Alicia sólo podrá ser rescatada en su justa dimensión –rescatada y comprendida– desde una política que asuma el horizonte del antiimperialismo, el socialismo y el feminismo radical.

¿Quién fue Alicia Eguren?

¿Acaso fue Alicia una feminista? Seguramente ella hubiese rechazado con vehemencia el calificativo de feminista, pero en las décadas de su actuación (las que van de la década del 40 a la del 70) encontramos pocas mujeres que hayan ejercido un feminismo práctico del modo en que lo hizo Alicia. Su praxis constituye en sí misma una crítica a todo aquello que reproducía el sistema de dominación patriarcal al tiempo que instala una forma de ser mujer-militante. Luisa Michel, como otras mujeres protagonistas de la Comuna de París, tampoco hicieron profesión de una fe feminista, no proclamaron su feminismo a los cuatro vientos, y nadie puede dudar que ejercieron el feminismo de una forma concreta, tal vez de las más transgresoras posibles en su tiempo.

Alicia no fue una feminista en un sentido doctrinario. Tampoco lo fue por haber planteado la emancipación de las mujeres como el medio privilegiado para la humanidad toda. En los testimonios recavados, en sus textos, no aparecen indicios de algo parecido a un enfoque interseccional, aunque seguramente perfiles como el de Angela Davis le caían muy bien. No propuso ningún análisis dialéctico del vínculo entre clase y sexo. Alicia pensaba en términos de la emancipación de la Nación y de la clase trabajadora. Nación y clase eran los ejes de su pensamiento. No el género. Tampoco llegó a plantear la creación de organizaciones autónomas de las mujeres, salvo células. Siempre células. Células de todo tipo, también de mujeres. De todos modos, como veremos, cuando Alicia identificaba a los actores revolucionarios emergentes después del Cordobazo del 29 de mayo de 1969 –el sujeto revolucionario–,  junto a “obreros, estudiantes, por primera vez en muchos años campesinos, empleados, profesionales, intelectuales, artistas, una vigorosa iglesia de la liberación, algunos oficiales”, agregaba a “las mujeres volcadas a la lucha con admirable madurez y decisión”.[11]

Como muchas y muchas militantes de la izquierda revolucionaria de las décadas del 60 y del 70, ella creía en la existencia de “trabajadores en general” y ataba la liberación de las mujeres a la abolición del sistema capitalista y sus desigualdades materiales, sociales, políticas y culturales. No era moneda corriente entre las mujeres militantes de las organizaciones revolucionarias de la Argentina el reconocimiento de una dinámica propia de la lucha contra el patriarcado, de las luchas antipatriarcales como momentos específicos y diferenciados de la lucha anticapitalista. Debemos tener en cuenta que recién en la década del 70 adquiere cierta relevancia el diálogo entre marxismo y feminismo. Asimismo, por esos años cobran alguna visibilidad las posiciones que comienzan a dar cuenta de los vínculos estrechos, perceptibles o no, entre el sistema capitalista y el patriarcado. Unas posiciones que además planteaban que la explotación de las mujeres por parte de capital se articulaba con la explotación en el ámbito doméstico.

Para tener una representación del contexto histórico en toda su amplitud, tengamos presente que hubo que esperar hasta el año 2018 para que la Confederación General del Trabajo (CGT) incluyera la expresión “feminista” en uno de sus comunicados oficiales.

Tampoco se debatía demasiado, salvo en pequeños círculos, el hecho de que las revoluciones socialistas del siglo XX, si bien habían permitido que las mujeres obtuviesen una serie de derechos y ganaran importantes posiciones en la sociedad, de ningún modo lograron minar los fundamentos del patriarcado. La socialización (en rigor de verdad correspondería decir la “estatización”) de los medios de producción, la modificación radical del Estado capitalista, no acabaron con el machismo y con la hegemonía masculina. Por otra parte, como señalaba Luis Vitale, “El periodo de transición al socialismo presenta serios problemas para la superación del subdesarrollo, sobre todo en nuestros países latinoamericanos. Pero esos problemas son mucho más graves y difíciles de superar en el plano de la cultura y de las relaciones entre parejas. Los cambios estructurales que se registran en las primeras décadas de una revolución socialista no se reflejan automáticamente en la conciencia individual y social. Los prejuicios raciales y el machismo, heredados del sistema capitalista, no pueden ser abolidos por decreto”.[12]

alicia para miguel

 

¿Se puede afirmar entonces que aquellas militantes revolucionarias soñaban sueños ajenos y masculinos? En parte sí, en parte no.

Sí, porque en muchos aspectos las concepciones revolucionarias dominantes en las décadas del 60 y del 70 se centraban en la explotación económica y pasaban por alto las formas de la enajenación femenina que excedían el universo del trabajo y que reforzaban el régimen patriarcal: formas basadas en la represión de la sexualidad, en la “idealización militante” de la maternidad (que resignificaban, en términos “revolucionarios”, las funciones de transmisión ideológica de la familia); entre otras.

No, porque finalmente la opción revolucionaria, ya de por sí, les permitía fugar del confinamiento doméstico y sus violencias y superar el tedio de la realidad impuesta a través del compromiso creativo de modificarla. La politización profunda y masiva de la sociedad, en especial de sus clases subalternas y oprimidas, y la preeminencia de los ámbitos colectivos, por sí mismos, generaban las condiciones necesarias (pero no suficientes) para que las mujeres soñaran sus propios sueños. En las décadas del 60 y del 70 la consigna feminista: “lo personal es político” no tenía posibilidades de adquirir el mismo sentido que en estos tiempos de privatización social, individualismo y deterioro de lo público.

Sin lugar a dudas, si pensamos al feminismo en un sentido amplio y referido al desarrollo de una conciencia sobre su identidad como mujer y una preocupación por la condición femenina en general en un mundo masculinizado, podemos decir que Alicia fue feminista. El desempeño de Alicia tuvo lugar en el marco de las que eran (y en buena medida siguen siendo) instituciones esencialmente patriarcales: universidad, sindicatos, organizaciones políticas. Instituciones en las que las mujeres han estado, y en algunos casos siguen estando, infrarrepresentadas. A partir de su decisión de mantener su “libertad autónoma”, su independencia y su libertad de acción, de ser ella misma; al rechazar un conjunto de convenciones de la sociedad patriarcal –incluyendo el matrimonio burgués y otras formas de matrimonio idealizado– Alicia cuestionó la propiedad privada de los cuerpos y excedió la supuesta contradicción de la mujer revolucionaria: “la actividad del sujeto pasivo”. De algún modo Alicia reconoció que el sujeto pasivo era en realidad un sujeto pasivizado.

A lo largo de su itinerario fue superando las inhibiciones femeninas y poniendo en evidencia lo que las alimentaba. Esto la llevó a contrastar con las mujeres de su generación, en particular con otras mujeres militantes del peronismo, en especial con las de de la “Rama Femenina”, fuertemente ideologizadas por el sistema patriarcal, machista, paternalista y burgués. Distinta será la situación desde mediados de la década del 60, cuando otras mujeres, más jóvenes, irrumpan en la política con ímpetu revolucionario y comiencen a modificar el perfil de algunos organismos del peronismo. El 28 de junio de 1966,  Mabel Di Leo, joven militante de Resistencia Peronista, fundadora de la Juventud Peronista en Vicente López, se convertirá en delegada de la Rama Femenina en reemplazo de Delia Parodi (aliada de la burocracia sindical). Poco después participará de la fundación de la CGT de los Argentinos (CGTA) y será una figura importante de la Tendencia Revolucionaria del Peronismo. En efecto, Alicia se identificará con muchas mujeres de la generación más joven.

Claro está, romper con las concepciones burguesas del peronismo, asumir posiciones revolucionarias, no siempre conllevaba un cuestionamiento a la ideologización promovida por sistema patriarcal, machista y paternalista. Pero podía ser un buen punto de partida. Por otra parte, las mujeres más representativas de los sectores conservadores del peronismo, como Delia Parodi, o la mismísima Isabel Perón, no estuvieron por eso menos expuestas a la maledicencia machista. Un cántico de mediados de la década del 60 decía: “Que Isabel se vaya al Bajo / a seguir con su trabajo”. O sea, para descalificarla se la tildaba de puta.

El peronismo, en materia de genero, tampoco escapaba a su ambigüedad característica: podía promover en sus discursos oficiales y en algunas de sus políticas la subordinación de las mujeres, al tiempo que, en lo micro, alentaba su protagonismo y generaba condiciones para que ellas iniciaran una “historia personal”. Eva Perón podía fustigar duramente a las feministas, pero su sola figura expresaba un fuerte rechazo a la sumisión feminina y a los roles que las clases dominantes argentinas le asignaban (¡y les asignan!) a las mujeres, sobre todo a las mujeres de las clases subalternas y oprimidas: sirvientas, criadas, “chinas”, “negras”, carne simple y simple carne. Eva Perón, por ella y más allá de ella, encarnó la voluntad de las mujeres de hablar y actuar, de insertar su propio yo en el mundo. Una voluntad que les estaba vedada a las mujeres.

Pero además Alicia ejerció algunos de los gestos feministas más distintivos: fue indócil e insumisa, no se opacó en la mismidad, apostó a la trascendencia; durante buena  parte de su vida ejerció su sensualidad en contra de las represiones del patriarcado fraterno tradicional y sin auto-represiones, asumió plenamente su libertad, siempre le puso el cuerpo entero a la causa que abrazó y trabajó incansablemente para masificarla, es decir, para desprivatizarla y desconfinarla. Encarcelada, detenida-desaparecida, vejada, torturada, Alicia nunca claudicó frente a sus verdugos, ensañados con ella no sólo por todo lo que significaba políticamente, sino también por el hecho de ser mujer. Y mujer no dependiente de caprichos exteriores: “autárquica” al rudo modo de los epicúreos. Alicia fue, pues, feminista en la práctica.

En un país donde las clases dominantes siempre buscaron imponer una configuración del “ser nacional” que excluyó a indios, gauchos y extranjeros; a putos, lesbianas y travestis; a faloperos, pendejos, locos, mujeres, y pobres (siempre pobres); a montoneros, anarquistas, peronistas, y zurdos; en ese país, Alicia fue feminista y estuvo siempre del lado de los descartados y las descartadas.

Alicia fue una militante “full time”. Fue una mujer politizada hasta la médula. Toda su vida debe analizarse a partir de una perspectiva política. Su relación con todo lo que la rodeaba era una relación militante. La densidad de su biografía es principalmente una densidad política. El tiempo que le tocó vivir, formidable, intenso, delirante, trágico, no fue propicio para las opciones a medias. Por lo tanto, su “vida doméstica” fue muy estrecha y ocupa un lugar absolutamente secundario en su itinerario. No corresponde ubicarla destacadamente en ese espacio y ahondar en la búsqueda de aspectos significativos de su trayectoria y su experiencia vital. Sin desmerecer con esta afirmación la importancia que puede tener “lo doméstico” y sin caer en el lugar común patriarcal que lo asocia a lo “irracional”. Además, como decía Virginia Wolf, la vida doméstica es esa parte de la vida que no puede medirse. Por otra parte, Alicia siempre fue reacia a hablar de sus “asuntos personales”.

Al decir de Natalia Romé: “Su vida resiste por igual al homenaje ritualizado de la heroicidad fálica y al anacronismo artificioso de las genealogías de las ‘grandes mujeres invisivilizadas’. Si pudiera decirse que hubo un modo Eguren, sería el de una modalización femenina de la desobediencia popular. Un raro feminismo práctico que abre a una consideración ética y profundamente política sobre lo verdadero y sobre el decir veraz. Gesto mínimo de resistencia vital. Alejado de la pureza autonomista, ofrece su legado al recomienzo de un pensamiento a la vez orgánico y constitutivamente heterodoxo; inmanente a la lucha popular y a sus formas siempre impuras de verdad”.[13]

¿Quién fue Alicia Eguren?

Al escribir sobre la vida y la muerte del militante montonero Sabino Navarro, Alicia decía que para ser grande había que “mantener una gran querella”, personal y colectiva.[14] Por cierto, en aquellos años lo personal y lo colectivo eran planos entrelazados, inescindibles. Sabino, héroe de la clase trabajadora argentina, había sido grande porque mantuvo esas querellas. Alicia también mantuvo esas querellas, con inquebrantable convicción las sostuvo en las peores en condiciones, hasta el último aliento.

Alicia fue una anti-santa. Obró de un modo que desalienta todo intento de colocarla en un pedestal, o en cualquier otro sitio que la condene a permanecer fija e inmutable para adorarla. Todo lo contrario, obró de un modo que nos impone el desafío de aproximarnos hacia la cima de su compromiso ético, obró de un modo que alienta a retomar su proyecto, a actualizarlo, a construir su viabilidad en las actuales condiciones. Alicia obró de modo tal de ser continuada. ¿Nosotros y nosotras, encontraremos alguna vez el modo?

Para Alicia corresponde la analogía con ese símbolo universal de la resistencia a la tiranía que es Antígona. Alicia fue como Antígona. La mujer imbatible en la lucha por mantener sus ideales y conservar un reducto ante las arbitrariedades del poder. La mujer transgresora de las “leyes divinas”.

¿Actuar o amar? Tal vez en este par presentado como contradicción y disyuntiva radique la principal división sexual del trabajo impuesta por el patriarcado: los hombres actúan, las mujeres aman. Alicia amó y actuó. En este sentido Alicia también merece ser rescatada como una mujer que no tuvo vergüenza de desear, que no tuvo vergüenza de su fuerza de amar.

Por haber sido una revolucionaria integral, la figura de Alicia es fecunda en todos los órdenes. Es lo que se suele llamar un “tipo inquietante”. Sería más correcto decir: “una tipa inquietante”.

 

*****

[1] El presente texto es una primera versión del Capítulo 1 del libro Alicia en el país. Apuntes sobre Alicia Eguren, de Miguel Mazzeo. (Inédito).

[2] Sin pretensiones de ahondar, señalamos que la mística puede considerarse como una forma de conocimiento. Por su parte, el mesianismo no sólo tiene una dimensión escatológica, sino también terrena. El mesianismo no siempre exige la figura mediadora del Mesías y tampoco posee obligatoriamente una desembocadura apocalíptica. En síntesis, puede hablarse de mesianismo sin cielo, sin Mesías y sin fin del mundo. Existen otros sentidos posibles de las representaciones mesiánicas donde priman los contenidos utópicos. Una de las direcciones posibles de lo mesiánico es la conversión de la espera del mañana en actividad en favor del hoy. El deseo, la esperanza y la espera popular confiere rasgos mesiánicos pero también el trabajo de reconstrucción de la comunidad y de las relaciones fraternales. En este sentido el motivo mesiánico unifica don y tarea, salvación y práctica. La praxis es clave para que se desarrolle una conciencia mesiánica que es, siempre, autoconciencia.

[3] Eguren, Alicia: “Notas para una biografía de John”. En: Revista Nuevo Hombre, Buenos Aires, Nº 9, del 15 al 21 de septiembre de 1971, p. 10.

[4] Cooke, John William, Obras completas. Tomo II. Correspondencia Perón-Cooke, Buenos Aires, Colihue, 2008, p. 323.

[5] Véase por ejemplo, los trabajos de quien se desempeñara como Jefe de Situación General del Batallón 601, Carlos Antonio Españadero. En especial: Españadero, Carlos Antonio, La tragedia terrorista argentina (1965-1983). Antecedentes, Tomo 2, la Resistencia Peronista. En: http://historiapolitica.com/datos/bibilioteca/Spinelli1.pdf. Veáse también: Ragendorfer, Ricardo, Los doblados. Las infiltraciones del Batalló0n 601 en la guerrilla argentina, Buenos Aires, Sudamericana, 2016.

[6] Véase: Romé, Natalia: “Alicia Eguren. Memoria inapropiada, futuro imperfecto”. En: http://www.labaldrich.com.ar>los-olvidados-de-la-historia>políticos-sigloxx, p. 4. [Itálicas en el original] [Chequeado el 15 de enero de 2020].

[7] González, Horacio: “Nuevo Hombre: Literatura y prosa del humanismo de izquierda”. En: Nuevo Hombre, Tomo I, Edición Facsimilar, En: Nuevo Hombre, Tomo I, Edición Facsimilar, Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Biblioteca Nacional, 2015, p. 9.

[8] Eguren, Alicia: “Ya tiene candidato el pueblo. Farsa macabra. Acto I. Un carnaval tenebroso”. En: Revista Nuevo Hombre, Buenos Aires, Nº 9, del 15 al 21 de septiembre de 1971, p. 13.

[9] Del Zotto, Nicolás y Ruiz Díaz, Emiliano:”Viva la patria revolucionaria”: Alicia Eguren en Nuevo Hombre”. En: Nuevo Hombre, Tomo I, Edición Facsimilar, Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Biblioteca Nacional, 2015, p. 43.

[10] Williams, Raymond, Marxismo y literatura, Barcelona, Península, 1988, p. 141.

[11] Eguren, Alicia: “Los herederos de San Martín”. En: Revista Nuevo Hombre, Buenos Aires, Nº 6, del 25 al 31 de agosto de 1971, p. 11.

[12] Vitale, Luís, La mitad invisible de la historia. El protagonismo social de la mujer latinoamericana, Buenos Aires, Sudamericana/Planta, 1987, p. 196.

[13] Romé, Natalia: “Op. cit”, pp. 3 y 4. [Negritas en el original]

[14] Eguren, Alicia: “El ciervo acorralado”. En: Revista Nuevo Hombre, Buenos Aires, Nº 10, del 22 al 28 de septiembre de 1971, p. 6.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Blog de WordPress.com.

Subir ↑

A %d blogueros les gusta esto: