Francisco Solano López: independencia o muerte

En estos días se cumplen 150 años del asesinato del Mariscal, quien peleó hasta sus últimas fuerzas contra el enemigo invasor. Con su vida terminaría también la guerra de exterminio que la Triple Alianza llevó al territorio paraguayo, enfrentamiento fratricida que cubriría de horrores el suelo americano.

 

Por Juan Manuel Ciucci

Ilustración: Leo Olivera

 

“Por ello, cuando el 1 de marzo de 1870 en Cerro Corá, a orillas del Aquidabán es herido de muerte podrá exclamar: “¡Muero con la Patria!”, porque él era el último exponente de ese pueblo nacionalista y bravío derrotado en las armas, destruído y avasallado, pero seguro de estar escribiendo una dramática lección que la posteridad no olvidaría”

Rodolfo Ortega Peña – Eduardo L. Duhalde

“Francisco Solano López y el Paraguay nacionalista”

 

La historia americana es fecunda en demostraciones de heroísmo, entrega y patriotismo, que van construyendo un linaje del cual nos sentimos parte. Esas raíces que fueron avasalladas y borradas, resurgen con el tiempo en la memoria de los pueblos, que aún buscan construir un futuro de emancipación. De entre aquellas epopeyas que han querido ocultarnos, la del Paraguay de los Solano López quizás sea una de las más desgarradoras, al mismo tiempo que nos brinda un ejemplo de entrega que nos sigue conmoviendo.

En estos días se cumplen 150 años del asesinato del Mariscal Francisco Solano López, quien peleó hasta sus últimas fuerzas contra el enemigo invasor. Con su vida terminaría también la guerra de exterminio que la Triple Alianza llevó al territorio paraguayo, enfrentamiento fratricida que cubriría de horrores el suelo americano. Por mucho tiempo quiso mantenerse oculto este aberrante suceso, que la oligarquía argentina en connivencia con el esclavista Imperio del Brasil y el gobierno golpista del Uruguay llevaron adelante. No es algo casual: nadie quiso recordar el genocidio cometido, ni pagar las deudas con un Estado arrasado que aún hoy sufre las consecuencias de aquella guerra.

En nuestro país existió una oposición popular al conflicto, y algunas personalidades trascendentes como Juan Bautista Alberdi militaron en su contra. En el Siglo XX fue el revisionismo histórico el que recuperó aquella tragedia, luchando contra las mentiras oficiales que la historia mitrista se encargó de sembrar. Su propia construcción de “prócer e historiador”, con diario oligárquico incluido que todavía padecemos, le permitió a Mitre desligarse de los crímenes que cometió, tanto en ésta guerra como en la que sembró contra las fuerzas federales que pretendían resistirlo. Salvándose él salvó también a Sarmiento, quién finalizó durante su presidencia el exterminio del ejemplar Paraguay.

 

El olvido del Mariscal

Quizás no se haya hecho aún suficiente justicia con la figura de Francisco Solano López, joven conductor de su Patria que enfrentó el trágico destino que se le impuso. A los 36 años asume la Presidencia, ante la muerte de su padre Carlos, que por 22 años había permitido una pujante estabilidad en la nación paraguaya. Antes, inmediatamente después de la independencia del Reino de España, el Doctor José Gaspar Rodríguez de Francia había sentado las bases de una nación que supo llevar adelante una experiencia revolucionaria de capitalismo de Estado, evitando las guerras civiles que diezmaron la región. Con conducciones férreas, estos tres gobernantes habían establecido un poderoso Paraguay que supo sostener un legado de independencia y soberanía que lo llevaría a ser una de las principales potencias del continente. Ésta historia sin embargo hoy sigue siendo discutida, ya que los intereses en pugna y la pobre documentación que sobrevivió al exterminio ha vuelto materia de debate tanto el desarrollo alcanzado como las características propias de aquellos regímenes. Quedan sin embargo numerosos testimonios, tanto de habitantes como de viajeros, que dan cuenta de lo que se vivía en aquél territorio, sumadas a las investigaciones que a lo largo del tiempo van borrando del olvido la epopeya paraguaya.

En tanto, Francisco ha quedado relegado del panteón revolucionario que los sectores populares han construido a lo largo del tiempo en nuestro continente. Es atacado con vehemencia por las oligarquías locales, quienes lo intentan descalificar a él y sus predecesores con el conveniente mote de “dictadores” en su acepción moderna, sin comprender que en su tiempo así se los conocía, en línea con la tradición romana del término. Gracias a esto, suele ser olvidado al mencionar a les forjadores de nuestra compleja independencia. La defensa que realizó de su Patria fue también la defensa del interés común americano, ante los intentos de consolidar naciones pequeñas y débiles que fueran incapaces de organizarse y resistir los ataques y operaciones de las potencias extranjeras. El servilismo con que las clases dominantes de Argentina, Brasil y Uruguay se dispusieron a destruir la experiencia paraguaya, es quizás una de las más aberrantes manifestaciones de cipayismo de que se guarde memoria.

Muestra del interés que por la unidad americana y la pacífica convivencia de los pueblos tenía el Paraguay, es sin dudas su intervención ante la crisis argentina luego de la batalla de Cepeda. Propuesta la mediación por Carlos Antonio López, tanto la Confederación Argentina como el Gobierno de Buenos Aires aceptaron las acciones del Mariscal para impedir el sangriento enfrentamiento que parecía inevitable. Francisco viajó a la Argentina y mantuvo un sinnúmero de reuniones tanto con Mitre como con Urquiza, que impidieron la batalla y permitieron la concreción del Pacto de San José de Las Flores en 1859, apenas 6 años antes de que comience la “cruzada civilizatoria” contra el Paraguay. De esa época son las cartas y textos públicos elogiosos para con el Mariscal escritas tanto por el criminal Mitre como por su cómplice en el exterminio Urquiza (quién vendió caballos y ganado a la Triple Alianza a cambio de su silencio). Incluso fue condecorado por ambos bandos, quienes le agradecieron su fundamental intervención para evitar un mayor derramamiento de sangre. “La Nación Paraguaya mirará siempre como uno de sus acontecimientos más felices el haber contribuido a la Unión de la gran familia argentina, por tantos años dividida”, dirá el Mariscal en carta al Ministro de Relaciones Exteriores de la Confederación.

Sin embargo, quienes gozaron de su mediación serán sus futuros verdugos, al alinearse con los intereses del Imperio esclavista del Brasil, y arrasar a la nación hermana. A este respecto también difieren los diversos analistas del conflicto, y la línea revisionista elige puntualizar en los intereses británicos por detrás de los beligerantes. Lo cierto es que al terminar el conflicto, el Paraguay proteccionista se encontrará destruido, pero sus asaltantes tendrán cuantiosas deudas contraídas con la banca internacional. Su expansión territorial será sí indudable. Como si fuera un botín de guerra, la Argentina se asignará unos 95.000 km2, territorios que en un futuro conformarán la provincia de Formosa, más de la mitad de Misiones y una pedazo de Corrientes. El Imperio del Brasil, por su parte, se adjudicará unos 63.000 km2, territorios comprendidos entre los ríos Apa y Blanco.

 

Un ejemplo desde la muerte

En 1969 con su editorial Sudestada, Rodolfo Ortega Peña y Eduardo L. Duhalde emprenden la tarea de publicar textos y cartas del Mariscal, como una manera de pelear contra tanto olvido. Así sale a la luz el libro Pensamiento Político. Francisco Solano López, obra fundamental para conocer de primera mano al prócer paraguayo. En su estudio previo titulado “Francisco Solano López y el Paraguay nacionalista”, los abogados e historiadores desmenuzan su pensamiento, al tiempo que rescatan su accionar libertador.

“Difícil imaginar una personalidad más acorde que la suya para conducir revolucionariamente un proceso en el que las condiciones se encontraban básicamente dadas para convertir al Paraguay en la mayor potencia sudamericana”, se aventuran a indicar Ortega Peña y Duhalde. Fue así como el pueblo paraguayo vivió la destrucción de su nación, y pasó de una prosperidad inaudita para el continente en esos años, al empobrecimiento crónico que le impondrían tras la guerra.

“Francisco Solano López había unido indisolublemente su suerte personal a la de su país”, agregan los autores. “Comprendió que las fuerzas aliadas coloniales terminarían con el último vestigio de resistencia y eligió su destino: la muerte en lucha”, agregan. Una parte del sacrificio que asumió, y que llevó con él a todo un Pueblo, se cuenta dentro de la tragedia ignomiosa a la que nos cuesta tanto volver. ¿Cómo interpretar desde nuestro presente ése sacrificio extremo, que dio muestras de valor y heroísmo como pocas veces en la Historia? ¿Qué ha quedado de aquel Paraguay, y qué nos dicen esas muertes que batallaron hasta el final, sin medir ningún riesgo?

Se trata de la “dramática lección que la posteridad no olvidaría” de la que hablan Ortega Peña y Duhalde en la cita que abre este texto. Aquello que quisieron borrar de nuestra historia, no puede ser olvidado, merced al heroísmo extremo de quienes debieron enfrentar un exterminio planificado. Son víctimas que nos hablan de un Pueblo guerrero que resistió más allá de sus posibilidades, frente al oprobio que aún cubre a sus vencedores. Quizás nuestra tarea siga siendo esa, la de honrar a aquellas muertes y condenar a sus ejecutores, que aun gozan de renombre gracias a los oficios de su descendencia. Y recuperar también la gloria del Pueblo paraguayo, que cimentó una de las naciones más prosperas y avanzadas del Siglo XIX, ejemplo de la libertad americana que aun buscamos consolidar.

 

 

 

 

 

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