Protesta del Mariscal López ante el accionar inhumano de los aliados

Quizás una de las piezas más celebres de la pluma de Francisco Solano López sea la protesta que le envía a Mitre, al comprobar el trato que le brindan las fuerzas aliadas a los presos de guerra paraguayos. “Las potencias aliadas, pues, no traen una guerra como lo determinan los usos y las leyes de las naciones civilizadas, sino una guerra de exterminio y horrores, autorizando y valiéndose de los medios atroces que van denunciados y que la conciencia pública marcará en todos los tiempos como infames”.

Los soldados paraguayos, caídos prisioneros de guerra en la batalla de Yataí y en la rendición de Uruguayana, en Setiembre de 1865, fueron obligados por los generales de la Triple Alianza a empuñar las armas contra su Patria, con quebrantamiento escandaloso de las leyes de la guerra entre naciones civilizadas, y con menosprecio de la humanidad. Quienes se reusaron, o fueron fusilados o entregados al Imperio del Brasil como esclavos.

Cuando llegó la noticia de este proceder de refinada barbarie al cuartel general del Mariscal López, este se apresuró a dirigir al generalísimo de los ejércitos aliados la siguiente enérgica protesta, que detalla el horror y el exterminio que los “civilizados” llevaron al Paraguay:

 

Cuartel General en Humaitá, Noviembre 20 de 1865

A S. E. el Presidente de la República Argentina, brigadier general Don Bartolomé Mitre, general en jefe del ejército aliado de la misma República, de la del Uruguay y el Imperio del Brasil.

Como general en jefe de los ejércitos aliados en guerra con esta República, tengo el honor de dirigir a V. E. la presente.

En la imperiosa necesidad en que algunas veces se hallan los pueblos y sus gobiernos de dirimir entre sí por las armas las cuestiones que afectan sus intereses vitales, la guerra ha estallado entre esta República y los Estados cuyos ejércitos V. E. manda en jefe.

En tales casos, es de uso general y práctica entre naciones civilizadas, atenuar los males de la guerra por leyes propias, despojándola de los actos de crueldad y barbarie que deshonrando la humanidad estigmatizan con una mancha indeleble; los jefes que los ordenan, autorizan, protegen o toleran, y yo lo había esperado de V. E. y sus aliados.

Así penetrado y en la conciencia de estos deberes, uno de mis primeros cuidados fue ordenar la observada de toda la consideración con que los prisioneros de cualquiera clase que sean fuesen tratados y mantenidos con respeto a sus graduaciones, y en efecto han disfrutado de las comodidades posibles, y hasta la libertad compatible con su posición y conducta.

El gobierno de la República ha dispensado la más alta y amplia protección, no solamente a los ciudadanos argentinos, brasileros y orientales que se hallaban en su territorio, o que los sucesos de la guerra habían colocado bajo el poder de sus armas, sino que ha extendido esta protección a los mismos prisioneros de guerra.

La estricta disciplina de los ejércitos paraguayos en el territorio argentino, y en las poblaciones brasileras así lo comprueban, y aún las familias y los intereses de los individuos que se hallan en armas contra la República han sido respetados y protegidos en sus personas y propiedades.

V. E., entre tanto, iniciaba la guerra con excesos y atrocidades, como la prisión del agente de la República en Buenos Aires, ciudadano Félix Egusquiza; la orden de prisión y consiguiente persecución del ciudadano José Rufo Caminos, cónsul general de la República cerca del gobierno de V. E. y su hijo don José. Félix, que tuvieron que asilarse a la bandera amiga de S. M. Británica; la secuestración y confiscación de: los fondos públicos y particulares de aquellos ciudadanos, ya sea en poder de ellos mismos o en depósitos en los Bancos; la prisión del ciudadano Cipriano Avala, simple portador de pliegos; el violento arranque de las armas nacionales del consulado de la República, para ser arrastrado por las calles; el público fusilamiento de la efigie del presidente de la República y el consiguiente arrojo que de esa efigie y del escudo nacional se hizo al río Paraná en pública espectación en el puerto de la ciudad del Rosario; el asesinato atroz cometido por el general Cáceres en el pueblo de Salados con el sub-teniente ciudadano don Marcelino Avala, que habiendo caído herido en su poder no se prestó a llevar su espada contra sus compañeros y el bárbaro tratamiento con que ese mismo general acabó los días del también herido alférez ciudadano Faustino Ferreir en Bella Vista; la bárbara crueldad con que han sido pasados a cuchillo los heridos del combate del Yatay y el envío del desertor paraguayo Juan González con especial y positiva comisión de asesinarme, no han sido bastante para hacerme cambiar la firme resolución de no acompañar a V . E. en actos tan bárbaros y atroces, ni pensé jamás que pudiera todavía encontrarse nuevos medios de crímenes para enriquecer las atrocidades e infamias, que por tanto tiempo han sajelado y deshonrado ante el mundo las perpetuas guerras intestinas del Río de la Plata.

Quise todavía esperar que en la primera guerra internacional como esta, V. E. sabría hacer comprender a sus subordinados que un prisionero de guerra no deja de ser un ciudadano de su patria, cristiano, y que como rendido deja de ser enemigo; ya que no supo hacer respetar de otro modo los derechos de la guerra, y que los prisioneros serían por lo menos respetados en su triste condición, sus derechos de tal, como lo son ampliamente en la República los prisioneros del ejército aliado.

Pero es con la más profunda pena que tengo que renunciar a estas esperanzas, ante la denuncia de acciones todavía más ilegales como atroces e infames, que se cometen con los paraguayos que han tenido la fatal suerte de caer prisioneros en poder del ejército aliado.

Tanto a los prisioneros hechos en varios encuentros de ambas fuerzas, como notablemente los del Yatay, los rendidos de la Uruguayana, V. E. ha obligado a empuñar las armas contra su patria, aumentando por millares con sus personas el efectivo de su ejército, haciéndolos traidores, para privarles de sus derechos de ciudadanía y quitarles la más remota esperanza de volver al seno de su patria y su familia, sea por un canje de prisioneros, o por cualquier otra transacción; y aquellos que han querido resistirse a destruir su patria con sus brazos, han sido inmediata y cruelmente inmolados.

Los que no han participado de tan inicua suerte han servido para fines no menos inhumanos y repugnantes, pues que en su mayor parte han sido llevados y reducidos a la esclavitud del Brasil, y los que se prestaban menos por el color de su cutis par a ser vendidos, han sido enviados al Estado Oriental y las provincias argentinas de regalo, como entes curiosos, y sujetos a la servidumbre.

Este desprecio, no ya de las leyes de la guerra, sino de la humanidad; esta coacción tan bárbara como infame que coloca a los prisioneros paraguayos entre la muerte y la traición, entre la muerte y la esclavitud, es el primer ejemplo que conozco en la historia de las guerras, y es a V. E., al emperador del Brasil y al actual mandatario de la República Oriental, sus aliados, a quienes cabe el baldón de producir y ejecutar tanto horror.

El gobierno paraguayo, por ninguno de sus actos, ya sea antes o después de la guerra, ha provocado tanta atrocidad. Los ciudadanos argentinos, brasileros y orientales, han tenido toda libertad de retirarse con sus haberes y fortuna de la República y del territorio argentino, ocupado por sus ejércitos, o de permanecer en ellos conforme les conviniese.

Mi gobierno así respetaba las estipulaciones convenidas en los pactos internacionales para el caso de una guerra, sin tener en cuenta que esos pactos hubiesen espirado, considerando sólo sus principios como de interés permanente, de humanidad y de honor nacional. Jamás olvidó tampoco el decoro de su propia dignidad, la consideración que debe a todo gobierno y al jefe del Estado, aunque en la actual guerra, para tolerar insultos al emblema de la patria, de los aliados, o el fusilamiento de V. E. o el de sus aliados en efigie, y mucho menos podría acompañarle como medio de guerra en empleo de algún tránsfuga argentino, oriental o brasilero para asesinarlos en sus campamentos. La opinión pública y la historia juzgarán severamente esos actos.

Las potencias aliadas, pues, no traen una guerra como lo determinan los usos y las leyes de las naciones civilizadas, sino una guerra de exterminio y horrores, autorizando y valiéndose de los medios atroces que van denunciados y que la conciencia pública marcará en todos los tiempos como infames.

Traída la guerra por V. E. y sus aliados en el terreno en que aparece, en uso de mis derechos y de la obligación que tengo en el mando supremo de los ejércitos de la República, haré de mi parte que V. E. cese en esos actos que mi propia dignidad no me permite dejar continuar, y al efecto invito a V. E. en nombre de la humanidad y del decoro de los mismos aliados, a abandonar ese carácter de barbarie en la guerra, a poner a los prisioneros de guerra paraguayos en el goce de sus derechos de prisioneros, ya estén en armas, esclavizados en el Brasil a reducidos a servidumbre en la República Argentina y Oriental, a no proseguir en ningún acto de atrocidad, previniendo a V. E., que su falta de contestación, la continuación de los prisioneros en el servicio de las armas contra su patria, diseminados en el ejército aliado, o en cuerpos especiales, la aparición de la bandera paraguaya en las filas de su mando, o una nueva atrocidad con los prisioneros, me han de dispensarle toda la consideración y miramientos que hasta aquí he sabido tener, y aunque con repugnancia , los ciudadanos argentinos, brasileros y orientales, ya sean prisioneros de guerra o no en el territorio de la República, o en los que sus armas llegasen a ocupar, responderán con sus personas, vidas y propiedades la más vigorosa represalia.

Esperando la contestación de V. E. en el perentorio término de 30 días, en que será entregada en el Paso de la Patria.

Dios guarde a V. E. muchos años.

Fdo. FRANCISCO S . LÓPEZ.

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