El Amauta y El Físico

 

Por Diego Lapunzina

Ilustración por: Luca Andrés Bastida

 

Sentimos la necesidad imperiosa (cuando no peligrosa) de velar un suceso. Como nos pregonaba Gramsci, “vivir es tomar partido”. Por eso recogemos el guante de esa insoslayable responsabilidad histórica, difundiendo los siguientes hechos de los cuales no podemos afirmar absolutamente (o relativamente) ninguno. El sistema nervioso del universo es el azar, y estamos seguros que fue quien nos otorgó esta responsabilidad. Desde algún lugar del espacio-tiempo nos llegó un papiro malogrado, desvencijado, incompleto, destripado; como si viniera de un momento muy lejano, de una distancia tardía. En él, supérstite de vaya a saber qué berretin cuántico, una charla transcrita. Sucedida, tal vez café mediante, quizás en un bar, o en algún lugar inalcanzable de un cosmos que bien podría no ser éste. Mensaje desde una temporalidad que probablemente no entendamos, donde los hechos y su ubicación en una línea de tiempo son abigarrados. Pueden mezclarse en esa singularidad espacio-temporal, sucesos y personajes de diferentes momentos históricos, claro en nuestra forma “actual” de percibir el tiempo, aunque ese presente de lo “actual” es también deconstruible. Sospechamos profundamente de esa transcripción, como dice aquel axioma lingüístico ¡Traduttore, Traditore!, pero es tan honda nuestra fe poética, que preferimos creerlo redondamente. He aquí los diálogos de los cuales sólo pudimos recuperar de entre los andrajosos escritos, los siguientes inconexos pero fruitivos pasajes:

Albert: ¿Es verdad que usted nació en Sudamérica?

José Carlos: Sí, es cierto, aunque también podría decirle que nací en el Tahuantinsuyo, particularmente sobre el Collasuyo, pero a los fines prácticos de la temporalidad imperante, sí, nací en el sur geográfico de Perú, en la ciudad de Moquegua, allá por el año 1894. ¿Usted Albert, nació en la República de Weimar?

Albert: Mi apertura a la vida fue en el año 1879, el lugar circunstancial fue Ulm, allí donde los ríos Ller y Blau se fusionan para dar origen al gran Danubio. El país, me resultaría largo explicárselo con detalle. En ese momento Reino de Wurtemberg; hoy República de Weimar, no lo sé en el porvenir, porque, como decía mi amigo Niels Bohr, es difícil predecir, sobre todo si se trata del futuro.

José Carlos: (Risa leve) Créame que entiendo de que me habla, estuve en Berlín caminando por Unter den Linden. Me hospedó amablemente un gran amigo, el artista plástico Emilio Pettoruti. Quien me ha hecho un retrato, creo que aún no lo ha terminado. He leído, además, mucho al respecto, y escrito otro tanto. Llegué a Europa forzado por un exilio encubierto. El Presidente de Perú, Leguía, por fundar y expresar ideas en el periódico La Razón, me consiguió una beca forzosa para estudiar allí. Paradójicamente para su suerte, durante mi recorrido aprendí idiomas y profundicé mi acercamiento al Marxismo. Volví en el ‘23, con esposa e hijo. También perdí una pierna producto de una enfermedad que arrastraba de mi niñez. Luego de ese viaje dejé atrás mi edad de piedra para comenzar una etapa de docencia popular, de análisis de la crisis internacional, la cuestión indígena y los problemas profundos del Perú, entre otros temas con las cuales temo aburrirlo, porque sinceramente, no me gusta ser autobiográfico. Cuénteme algo de usted, estimado Albert.

Albert: Algunos contaron que empecé a hablar a los tres años de vida, dudo bastante de esa anécdota, sobre todo porque no recuerdo que haya sucedido, aunque asumo que ese razonamiento colisiona flagrantemente con mi forma de ver el mundo, mi campo de estudio frecuenta hechos de los que tal vez jamás seamos testigos. Mi infancia y adolescencia no requiere mucho reparo. Allá por 1905 formulé, mientras era empleado de la oficina de correos de Berna, una teoría muy rupturista: la Teoría de la Relatividad. Había visto por ahí la fórmula E=mc², conclusión popularizada de la misma.

José Carlos: Si, Albert, la conozco, ha hecho usted verdaderamente temblar, hasta hacer caer en ruinas, dogmas del imperio de la ciencia.

Albert: Descubrimientos posteriores me valieron el galardón de un tardío premio Nobel. Tengo pensado abarcar el resto de mi vida científica a desarrollar una teoría que unifique toda la física, espero lograrlo. Ya que usted se refirió a la política, me considero un pacifista convencido, siento profundo desprecio por la violencia y la injusticia. Esta sensibilidad fundamenta y confirma mi adhesión al socialismo. Aunque en ocasiones suelo preguntarme ¿Debe quién no es un experto en cuestiones económicas y sociales opinar sobre el socialismo? Por una serie de razones creo que sí. Pero, ¿usted qué piensa, don José?

José Carlos: Pienso que usted, Albert, aunque esté consagrado a otras disciplinas intelectuales, y no milite en los rangos del marxismo, colabora en cambio abiertamente con los revolucionarios en la lucha contra el imperialismo. La línea doctrinal es función de partido. Los intelectuales, en cuanto intelectuales, no pueden asociarse para establecerla. Su misión, a este respecto, debe contentarse con la aportación de elementos de crítica, de investigación y debate.Blanco y Negro

Albert: Muy cierto, estimado José Carlos, también pienso que sí, permitiéndome primero considerar la cuestión desde el punto de vista del conocimiento científico. Puede parecer que no hay diferencias metodológicas esenciales entre la astronomía y la economía: los científicos en ambos campos procuran descubrir leyes de aceptabilidad general para un grupo circunscrito de fenómenos para hacer la interconexión de éstos, tan claramente comprensible como sea posible. Pero en realidad estas diferencias metodológicas existen.

José Carlos: Ha sido muy claro, creo también que la función de la inteligencia es creadora. No debe, por ende, conformarse con la subsistencia de una forma social que su crítica ha atacado y corroído de manera tan enérgica.

Albert: Claramente, en ese sentido, estoy convencido de que hay sólo un camino para eliminar estos graves males, el establecimiento de una economía socialista, acompañado por un sistema educativo orientado hacia metas sociales.

José Carlos: Sostengo que no es posible democratizar la enseñanza de un país sin democratizar su economía y sin democratizar, por ende, su superestructura política. La burguesía es fuerte y opresora no sólo porque detenta el capital sino porque detenta la cultura, por lo que es el mejor gendarme del viejo régimen.

(Las páginas que siguen parecen continuar el debate, ciertas cuestiones sugieren divergencias, pero ambos insinúan estar de acuerdo en cuestiones básicas. Continúa la parte legible con un diálogo en el cual se los observa visiblemente en desacuerdo, aunque por desgracia no hay registro en la transcripción de cómo terminó esa charla)

 Albert: Tengo grandes reparos acerca de la ficción, considero que cambia el entendimiento de la gente sobre la ciencia, dándoles una falsa ilusión de cosas que no podrían pasar.

José Carlos: No coincido con usted en ese razonamiento, vea, la ficción no ha perjudicado absolutamente el conocimiento de la realidad. Por el contrario, lo ha facilitado. Nos ha liberado de dogmas y de prejuicios que lo estrechaban. En lo inverosímil hay a veces más verdad, más humanidad que en lo verosímil.

Albert: Entiendo a lo que apunta. Yo creo en la intuición e inspiración. Pero, aunque a veces sienta que tengo razón, eso hay que demostrarlo.

José Carlos: La ficción no es libre. Más que descubrirnos lo maravilloso, parece destinada a revelarnos lo real. La fantasía, cuando no nos acerca a la realidad, nos sirve bien poco. Los filósofos se valen de conceptos falsos para arribar a la verdad. Los literatos usan la ficción con el mismo objeto. La fantasía no tiene valor sino cuando crea algo real. Esta es su limitación. Este es su drama.

Albert: Es atendible su razonamiento, en ese sentido creo que la imaginación es más importante que el conocimiento. Pues el conocimiento es limitado, y la imaginación rodea el universo.

José Carlos: Lo vemos en la literatura, donde el realismo nos alejaba de la realidad. La experiencia realista no nos ha servido sino para demostrarnos que sólo podemos encontrar la realidad por los caminos de la fantasía.

(las letras parecen desvanecerse y el intercambio se vuelve ininteligible, continúa luego en lo siguiente)

José Carlos: Marx decía: “La manera como se presentan las cosas no es la manera como son; y si las cosas fueran como se presentan la ciencia entera sobraría” ¿cuál cree usted que es la cuarta dimensión?

Albert: El tiempo es la cuarta dimensión. Es posible también explicar cinco, seis y más dimensiones, por ahora desconocidas. Muchos problemas de las matemáticas se simplifican asumiendo la existencia de más dimensiones.

José Carlos: Buen punto, profesor, Wilde afirmaba que la bruma de Londres había sido inventada por la pintura. No es cierto, decía, que el arte copia a la Naturaleza. Es la Naturaleza la que copia al arte.

(A partir de este momento todo se vuelve difuso. El papiro termina en una hoja rota, partiendo a la mitad cada uno de los textos, impidiendo dotar de sentido a cada exposición. Nuestra tarea no concluye aquí, seguiremos esperando más páginas cuando el azaroso universo decida soltárnosla en el futuro, si es que tal cosa existe)

No hay conclusiones en, ni sobre estos intercambios, solo dos pasiones expresadas. Tal vez el universo los haya vinculado, enredándolos en un tejido invisible, sin quererlo, que es la única manera en la que el cosmos sabe hacer las cosas. Cada uno expresó la belleza en su forma de quehacer científico, cada uno dejó a su manera una obra para andar y desandar continuamente. Dos visiones de la realidad que se intersectan paradójicamente perteneciendo a planos diferentes. Nos parapetaron frente a los horizontes, porque como decía Cortázar “con los horizontes hay que hacer algo más que mirarlos desde lejos; hay que caminar y conquistarlos”.

El Uno, se resignifica en estos momentos en los que el tiempo a la manera burguesa parece deformarse, retorciéndose sobre sí mismo por la masividad del peso de su propia coyuntura. El capitalismo, ese agujero negro voraz del que nada escapa, ni siquiera un mísero rayo de luz, que mientras más absorbe, más crece, y más fuerte, ominoso y aparentemente indestructible se vuelve. Pero para ambos el futuro no es tan oscuro, hasta los más potentes hoyos negros se esfumarán lentamente.

El otro, el Amauta, él que en esta ocasión nos convoca en su recuerdo. Sabemos, empero, que no nos dejó, sino que nos fue despojado con mucho por ofrecer. Pero nos fue arrebatado tan solo en una arista de sus múltiples dimensiones, nos dejó un legado, tan inspirador como complejo, tan pedagógico como crítico. Su obra, tal vez inconclusa, la construimos y deconstruimos a diario, quienes la interpretaron, interpretan y difunden, junto con quienes la descubren y se apasionan con ella, aun lxs que lo hacen tardíamente. Nos entusiasma pensar en esta brevísima y humilde experiencia de surrealismo existencialista, que, como podría insinuarnxs cierto tipo de cosmogonía, los posibles multiversos nos hagan sentipensar al Amauta, transitando por otro continuo espacio-tiempo analogo, con nosotrxs, como brújula, pero irá por ahí, silbando bajito, gambeteando baldosas flojas, mirándonos paralela y separadamente, pero de cerca, junto con otrxs tantos que hoy nos inspiran, muy a su par. Y lo hará solo para recordarnos a cada paso que no tenemos que hacer ni calco ni copia de su obra, sino, creación heroica de nuestra historia.

***

Diego Lapunzina: nacido en CABA, criado en el conurbano, de educación formal, Técnico electromecánico, de la que no reniega, pero… Educación constantemente inconclusa: Cortázar, Marx, Einstein, Mariátegui, Gramsci, Piazzolla, Luxemburgo, Patricio Rey, y un larguísimo etcétera.

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