Un brindis por Mariátegui

“Sé muy bien que mi visión de la época no es bastante objetiva ni bastante anastigmática. No soy un espectador indiferente del drama humano. Soy, por el contrario, un hombre con una filiación y una fe.”

José Carlos Mariátegui, La escena contemporánea

 

Por María Pía López

Ilustración: “Amancaes” de José Sabogal

 

Breve, intensa vida, la de José Carlos Mariátegui. 90 años de la muerte, ahorita, de quien vivió solo 36 años y dejó una obra inmensa. Obra que destella en fragmentos, que surge de una escritura urgente, la del ganapán periodístico y la de la organización política. Mariátegui escribe en las redacciones y, como Arlt en sus aguafuertes, se desvive en cada texto aunque parezca menor o destinado al olvido. Quiso que esa oscuridad le correspondiera a los artículos escritos antes de 1919, los llamados juveniles o los que su desdén posterior bautizó como La edad de piedra. Pero en todos está su alerta intelectual, esa vivacidad que hace que aun en sus escritos de ocasión brille algo. Un haiku. Porque José Carlos fue escritor que estrujaba las oraciones, apretaba el fraseo, hasta llegar a la expresión mínima y condensada que recordamos.

Una elijo para empezar: el pasado puede ser raíz pero no programa. Apretar el bandoneón, decía David Viñas, cuando se trataba de sintetizar. Ahora: abrir el bandoneón y que esa frase respire y diga lo que tiene que decir: la persistencia del mito incaico, los trazos de una revolución que el ensayista peruano imaginaba posible solo si se encarnaba en las mayorías indígenas, el vínculo entre la tradición habitada por las clases subalternas con la teoría y la ciencia occidentales. Si el mito viene del pasado y es raíz étnica y si la coloratura del socialismo es nacional porque no podrá ser -¡otro haiku memorable!- ni calco ni copia, tampoco se trata de recostarse en el exotismo antieuropeísta, que no vería en el Viejo continente una profusa caja de herramientas a elegir y traducir, sino una justificación colonial y negligente a la que dar la espalda.

Mariátegui se sitúa en la tensión: la cuestión no es elegir entre uno y otro polo de cada contraposición (tradicionalismo o vanguardia, América o Europa, nacionalismo o cosmopolitismo), sino comprender que la verdad de una posición está, precisamente, en su capacidad de retomar y deglutir lo que encarna la otra. Así, no serán los tradicionalistas quienes comprendan la tradición, sino “los que la niegan para renovarla y enriquecerla”. O la literatura nacional no surgirá del respeto a la lengua colonial, sino del indigenismo, pero un indigenismo construido desde la comprensión de la operación vanguardista surgida en Europa.

Nada es estanco en Mariátegui y estos densos conceptos, que son a la vez brújula política y afirmación teórica, se desperdigaban en pequeños artículos de periódicos. Por ejemplo, esto último fue publicado en el diario Mundial, un 25 de noviembre de 1927, bajo el precioso título -que ya dice todo- “Heterodoxia de la tradición”. El escritor condensa y desplaza: de ahí su profunda originalidad y su presencia centenaria. Habla, no deja de hablar, al siglo XXI. O no dejan de hablar sus preguntas: ¿cómo se constituyen los sectores populares más allá de la letra escrita de cómo deberían ser? ¿cuáles son los actores posibles de una revolución anclada en un territorio, cuáles sus creencias, cuáles sus mitos? Y no deja de resonar su osadía: pensar es habitar fuera de las ortodoxias. Pancho Aricó decía que el autor de los Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana nunca fue más marxista que cuando se desviaba de la letra de Marx para preguntarse por las condiciones efectivas de una revolución en el Perú.

José Carlos Mariátegui con amigos
José Carlos Mariátegui con amigos en una parte del Bosque de Matamula llamado “Matalechuza.

Mariátegui decía que su viaje a Europa había sido un parteaguas vital: allí había conocido una mujer -su esposa italiana, con quien tendría seis hijos- y algunas ideas: el marxismo. La teoría es descubrimiento sensible, tanto como la pasión amorosa, por eso la experiencia se narra como un viaje, un desplazamiento que hace posible la comprensión abierta de lo que vendrá y nos acontece. Es un vitalista que no puede desprender la sensibilidad de cualquier comprensión conceptual y política: “defiendo todas mis razones vitales al defender mis razones intelectuales”, le escribía, polémicamente, a Víctor Raúl Haya de la Torre. El cuerpo está en el centro de su pensamiento: la fragilidad del cuerpo inmóvil, enfermo, pero a la vez capaz de tramarse con otros, politizando esa misma condición.

La casa de Mariátegui en la calle Washington izquierda, en Lima, es hoy un museo dedicado a su memoria. En su sala, en el rincón rojo, se reunían cotidianamente intelectuales y militantes para crear un partido, una editorial, dos revistas: Amauta y Labor. La inmovilidad del escritor convertía a la casa en un pulmón para todas las actividades. El gobierno veía esas reuniones como instancias de una conspiración comunista: allanó, censuró la revista, detuvo al autor de La escena contemporánea. Amauta nació, según dice su primera página, en 1926, como una revista histórica, capaz de dar una nueva palabra. Así fue y esa publicación resplandece en la osadía de tejer la rebelión cultural y las estéticas vanguardistas, la sensibilidad indigenista y la teoría occidental, el marxismo y el freudismo. Y también una presencia contundente de escritoras y artistas. Hoy estamos discutiendo sobre cupos y presencias, pero la sensibilidad literaria de Mariátegui no necesitaba esas alertas y cuando piensa la literatura nacional -en el vasto capítulo de los Siete ensayos… pero también desde la revista- están allí, mencionadas y analizadas, las escritoras: desde Clorinda Matto de Turner hasta Magda Portal.

En Amauta aparece varias y entusiastas veces una escritora uruguaya, Blanca Luz Brum, que fue su amiga y, en el último tiempo -me refiero al nuestro- objeto de documentales, novelas, referencias en la ficción cinematográfica. Por aventurera, apasionada, constructora de mitologías propias y amores turbulentos, que la llevaban de David Alfaro Siqueiros a Juan Domingo Perón -para nombrar a algunos de los más notables. Blanca pasó sus buenas tardes por la tertulia de la casa de Washington Izquierdo hasta que fue expulsada de Lima por comunista. Editaba una revista llamada Guerrilla, que siguió publicando desde Buenos Aires. En alguna de sus cartas, Blanca escribe: “Usted sabe que no tengo pose, yo no tengo la culpa que las cosas más verdaderas y dolorosas de mi alma tropiecen con la realidad y con la imbecilidad de modo cómico. Pero siempre soy la misma. Cuente conmigo de todos modos. Yo le puedo vender uno por uno los números de Amauta, puedo conseguirle suscriptores y puedo salir con un fusil en la mano y dejarme matar por Ud. querido y extraordinario hermano.” Corría 1928, ella escribía desde Buenos Aires -un año después ya la encontramos en México-, él recibía esa carta junto con otras de Samuel Glusberg que intentaba convencerlo de que su destino era esta ciudad portuaria. Intensos años, los veinte.

La correspondencia de Mariátegui, editada por sus hijos en la editorial que él había fundado, muestra un tejido fundamental de la década que tuvo bastante de laboratorio. Se cartea con muchas personas, con intelectuales como Waldo Frank, Emilio Pettorutti, Juana de Ibarbouru, Alberto Hidalgo, César Vallejo, Dora Mayer de Zulen, Tristan Marof, pero también con dirigentes sindicales y activistas campesinos. El mapa de esa correspondencia muestra un tejido arácnido, una red que se despliega desde el centro de Lima. Cuando el gobierno de Leguía señalaba que había una conspiración en curso mentía, porque ningún golpe ni estallido insurgente se estaba preparando desde ese pequeño salón -no estamos en el mundo de la ficción de Roberto Arlt, que por entonces se ensoñaba con Los siete locos y Los lanzallamas- sino algo más vasto y más a largo plazo: se estaban preparando para la revolución del porvenir, tejiendo los lazos, pensando los conceptos y las estéticas, recuperando las tradiciones. Mariátegui es el nombre más osado en América Latina de todos esos esfuerzos. Murió sin poder llegar a Buenos Aires, tan presente en sus cartas, tan deseada en su imaginario, a las puertas de un viaje que creía final, en 1930. Sin embargo, para muchxs es parte de nuestra genealogía más cercana, una suerte de amigo que vivió décadas antes y en otra ciudad, porque sus palabras son parte de nuestra propia red intelectual, política y sensible.

[Fiesta y Danza] - Dibujo de José Sabogal
Fiesta y Danza – Dibujo de José Sabogal en Revista Amauta

María Pía López: Socióloga, ensayista, investigadora y docente. Secretaria de Cultura y Medios de la Universidad Nacional de General Sarmiento. Es autora de, entre otros, José Carlos Mariátegui. Lo propio de un nombre. Exdirectora del Museo del Libro y de la Lengua de la Biblioteca Nacional

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