Rosa Luxemburgo: acumulación capitalista y despojo permanente

En los próximos días estará disponible la versión digital del libro Rosa Luxemburgo y la reinvención de la política. Una lectura desde América Latina, escrito por Hernán Ouviña. Esta segunda edición, actualizada y que incluye un prólogo de Silvia Federici, se edita de forma conjunta entre cuatro editoriales autogestivas latinoamericanas (El Colectivo-Argentina; Quimantú-Chile; La Fogata-Colombia y Bajo Tierra-México) y la Fundación Rosa Luxemburgo.

El viernes 22 de Mayo se realizará una presentación virtual del libro, del que compartimos un adelanto centrado en los aportes de la marxista polaca para pensar la acumulación como un proceso de despojo que, lejos de acotarse a la génesis del capitalismo, se actualiza y recrea en nuestro presente.

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La acumulación capitalista como proceso de despojo permanente*

Acaso sea en su libro La acumulación del capital, publicado en 1913, donde Rosa brinde mayores elementos teóricos e históricos para dar cuenta del capitalismo desde una perspectiva de totalidad, que no desatienda la centralidad que tiene –aunque pueda resultar paradójico– la “periferia” del capitalismo (y dentro de ella, por supuesto, nuestro continente). Producto de su estudio detallado de economía política y de las clases de la Escuela de formación política del partido, en esta obra postula la necesidad de analizar con ojo crítico el planteo de Marx en El Capital, ya que, de acuerdo a su lectura, lo que formula en él es un esquema teórico que hace abstracción del proceso histórico real a partir del cual se ha configurado –y desde ese entonces se expande y reproduce– el capitalismo como sistema mundial.

Para validar su hipótesis, Rosa nos recuerda que Marx en el tercer tomo de su monumental e inconclusa obra –donde expone el proceso total de la producción capitalista– expresa textualmente: “Figurémonos la sociedad entera compuesta únicamente de capitalistas y obreros industriales”, así como en el primer tomo aclara en igual sentido que “para conservar el objeto de investigación en su pureza, libre de circunstancias secundarias que lo perturben, tenemos que considerar y presuponer aquí el mundo total comercial como una nación; tenemos que suponer que la producción capitalista se ha establecido en todas partes” (Luxemburgo, 1967: 252-253).

Sin embargo, según Rosa este esquema no se corresponde con el devenir histórico concreto, ya que “en realidad no ha habido ni hay una sociedad capitalista que se baste a sí misma, en la que domine exclusivamente la producción capitalista” (Luxemburgo, 1967: 266). En una de las primeras lecturas desde América Latina del libro de Rosa, Armando Córdova ha retomado sus planteos para coincidir en que el resultado de El Capital fue un modelo teórico abstracto, homogéneo y cerrado del modo capitalista de producción: “Abstracto, porque en él se dejan de lado las circunstancias históricas concretas en busca de las relaciones esenciales al capitalismo. Homogéneo, porque supone una totalidad integrada únicamente por dos clases, capitalistas y obreros. Cerrado, porque al abarcar con esa totalidad todo el mundo teórico, se consideraba a las relaciones internacionales como elementos endógenos al modelo” (Córdova, 1974: 21).

De ahí que para Rosa sea importante dar cuenta de la génesis y constitución del capitalismo, demostrando su historicidad y poniendo el foco en los territorios y realidades no subsumidas aún a la lógica de acumulación capitalista. Este proceso –por definición violento– implica una dinámica constante de desarticulación de aquellas formas comunitarias y de propiedad colectiva de la tierra (que en palabras de Rosa hacen parte de la “economía natural”) que aún resisten en la periferia del mundo, así como de despojo y privatización de bienes comunes y su conversión en mercancías.

En La acumulación del capital explica que “el capital no puede desarrollarse sin los medios de producción y fuerzas de trabajo del planeta entero. Para desplegar, sin obstáculos, el movimiento de acumulación, necesita los tesoros naturales y las fuerzas de trabajo de toda la Tierra. Pero como éstas se encuentran, de hecho, en su gran mayoría, encadenadas a formas de producción precapitalistas (…) surge de aquí el impulso irresistible del capital a apoderarse de aquellos territorios y sociedades” (Luxemburgo, 1967: 280). Esta lógica expansiva por parte del capital, supone un avance incesante sobre el medio social no capitalista que lo rodea, vastos territorios y realidades que se encuentran sustraídos de esta dinámica expoliadora y forma específica de apropiación de trabajo ajeno.

Por cierto, Marx ya había analizado, en particular en el capítulo XXIV del tomo I de El Capital, el proceso a partir del cual se configuran las condiciones generales para la emergencia y consolidación del capitalismo, teniendo como referencia histórica exclusiva a Inglaterra. El segundo apartado de este célebre capítulo lleva el sugerente título de “Expropiación de la población rural, a la que se despoja de la tierra”. Y a diferencia de las primeras páginas con las que inicia Marx su propuesta analítica –en donde lo que se describe es el nivel de la apariencia en las sociedades modernas, donde el capitalismo “se nos presenta como un inmenso arsenal de mercancías”–, en él intenta dar cuenta del grado cero del capitalismo o, mejor aún, de lo que considera “el pecado original” de la Economía Política: la prehistoria del capital y del modo capitalista de producción.

Tomando como modelo de análisis clásico a la Inglaterra del siglo XV, cuya inmensa mayoría de la población se componía de campesinos libres y dueños de las tierras que trabajaban, Marx realiza una genealogía de la sociedad burguesa, donde la dinámica de despojo constituye su eje estructurante. “Los grandes señores feudales –dirá– levantándose tenazmente contra la monarquía y el parlamento, crearon un proletariado incomparablemente mayor, al arrojar violentamente a los campesinos de las tierras que cultivaban y sobre las que tenían los mismos títulos jurídicos feudales que ellos, y al usurparles sus bienes comunales. El florecimiento de las manufacturas laneras de Flandes y la consiguiente alza de los precios de la lana, fue lo que sirvió de acicate directo para esto en Inglaterra” (Marx, 2004: 224).

Hasta ese entonces, estos campesinos que trabajaban para sí mismos disfrutaban del usufructo de la tierra comunal, sobre la que pastaba su ganado y la que les proporcionaba a la vez combustible. Sin embargo, el impulso directo para esta política de despojo lo dio especialmente la expansión de la manufactura lanera flamenca y el consiguiente aumento en los precios de la lana. Más allá de estos causales, lo importante es entender que el sistema capitalista exigía, como relata Marx con minucioso detalle, una condición servil de las masas populares, así como la conversión de sus medios de producción (que podríamos denominar “bienes comunes”) en capital, esto es, en mercancías.

Esta depredación de tierras comunales resultó ser, por lo tanto, la precondición para sentar las bases del proceso de acumulación de capital. Sin ella, era imposible abrir paso a la agricultura capitalista, incorporar el capital a la tierra y crear los contingentes de proletarios libres y privados de medios de vida que necesitaba la pujante industria de las ciudades, pues como afirmará el propio Marx “la expropiación de la población campesina sólo crea directamente grandes propietarios de tierra”. Es que, para construir este modo de producción, la burguesía tenía como tarea previa la desvinculación entre el productor y sus bienes comunes de autosustentabilidad, de tal forma que se lograra obtener una suerte de “estado de separación” que tendiera a ser naturalizado por las masas “desposeídas”. Este proceso de transformación de las tierras comunitarias en praderas privatizadas para ser destinadas al ganado distó de ser algo armonioso. Muy por el contrario, la violencia y el pillaje fueron una constante, siendo el Estado –y la legislación que él sanciona y ejecuta de forma cruenta– una variable sumamente relevante en esta arremetida contra la propiedad comunal.

Lo cierto es que, más allá de este capítulo puntual (y de otras alusiones menores en otros apartados de El Capital), tal como nos recuerda Massimo De Angelis (2012), es posible identificar dos marcos interpretativos centrales que abordan el problema de la acumulación primitiva u originaria en Marx. El primero lo representa el voluminoso estudio de Lenin El desarrollo del capitalismo en Rusia, elaborado a finales del siglo XIX, y que concibe a la acumulación primitiva como la premisa histórica del modo de producción capitalista, haciendo por tanto hincapié en el proceso de separación entre las personas y los medios de producción durante el período de transición entre modos de producción. “Lenin concebía este proceso como inevitable y, en última instancia, positivo –aunque, en general, se encargó de subrayar las contradicciones implicadas. Sin embargo, estas contradicciones no incluyen una mención de la resistencia campesina contra la expropiación, ni reflexiones acerca de cómo ésta podría haber contribuido a la creación de resultados que contradijeran los requerimientos del desarrollo del capitalismo ruso” (De Angelis, 2012: 3). La acumulación del capital de Rosa encarna, precisamente, una segunda y diferente interpretación, en la medida en que “el prerrequisito extraeconómico para la producción capitalista –lo que denominaríamos como acumulación primitiva– es un elemento inherente y continuo de las sociedades modernas, y su campo de acción se extiende al mundo entero” (De Angelis, 2012: 4).

En efecto, lo sugerente del planteo de Rosa es que no interpreta a la acumulación originaria exclusivamente como un “momento” acotado en términos históricos (por caso, el acontecido y culminado en Inglaterra siglos atrás), sino en tanto proceso permanente que se reimpulsa y actualiza al calor de las crisis y reestructuraciones periódicas del capitalismo como sistema global, en particular en realidades y territorios como los que componen América Latina. Por ello, además de articular la dimensión temporal (histórica o diacrónica) con la espacial (geo-política y de expansión territorial), traza un estrecho paralelismo entre aquel cercamiento de tierras analizado por Marx en Inglaterra, y la política imperialista desplegada a escala planetaria por las principales potencias a comienzos del siglo XX.

Aún no ha sido suficientemente reconocido el aporte sustancial de Rosa para con las regiones periféricas del mundo, a las que dio visibilidad en la gestación y despliegue del capitalismo como sistema-mundo. En palabras de Ángel Palerm, uno de los antropólogos latinoamericanos más originales, “las teorías contemporáneas sobre el imperialismo y el colonialismo, el intercambio asimétrico y las causas del subdesarrollo económico deben mucho más a Rosa Luxemburgo de lo que sus presuntos autores confiesan” (Palerm, 1980: 78). A través de sus lúcidas reflexiones, se hace posible reconsiderar la historia del capitalismo –sumamente abstracta desde el punto de vista desarrollado por Marx en El Capital–
a la luz del devenir concreto de sus vínculos de interdependencia económica y política con los territorios y segmentos coloniales o “subdesarrollados”, en función de una dialéctica centro-periferia (también enunciada bajo la dicotomía metrópoli-colonia), donde lejos de operar mecanismos meramente comerciales o financieros, el poder de los Estados, las guerras de conquista, los procesos violentos de apropiación y las relaciones de fuerza asimétricas, son una constante de importancia primordial.

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Para el historiador Adolfo Gilly, esta violencia ha sido el rostro espantoso de la Gran Transformación que fue tan bien descripta por Karl Polanyi, y constituyó el anverso subterráneo de la Belle Époque: “Esa segunda mitad del siglo XIX, la era de la gran expansión colonial europea en Asia, África y Medio Oriente, de la conquista del Oeste en Estados Unidos y de la expansión del capital en los países de América Latina, la era cruel de los ejércitos coloniales (externos e internos); de las matanzas de los pueblos indígenas; de la extensión veloz de las redes ferroviarias que llevan los soldados, las mercancías y el mercado capitalista, y del cercamiento y la expropiación por la violencia de los territorios comunitarios en las antiguas y vastas tierras de la economía natural, trajo consigo decenas y decenas de millones de muertos por las armas y por hambre e incalculables desastres ecológicos y naturales” (Gilly, 2006: 32).

En igual sentido, a partir de la recuperación de estas ideas formuladas por Rosa Luxemburgo, en las últimas décadas una pléyade de intelectuales y activistas, provenientes en su mayor parte del marxismo crítico, han planteado la necesidad de repensar la noción clásica de “acumulación originaria” o por despojo desarrollada por Marx y resignificada por ella, no como un momento históricamente situado en los albores del capitalismo europeo (esto es, como hito fundacional de la separación de las y los trabajadores respecto de sus medios de subsistencia), y por lo tanto algo ya superado, sino en tanto proceso constante que debe reproducirse una y otra vez, para evitar que peligren las condiciones mismas de producción capitalista.

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De acuerdo a De Angelis, la propuesta de la autora de La acumulación del capital permite analizar la política de “nuevos cercamientos” y privatización de bienes comunes acontecida en las últimas décadas tanto en vastas regiones de Europa, África, Asia y casi la totalidad de América Latina. Y si bien se encarga de aclarar que las formas modernas de la acumulación primitiva se desarrollan en contextos bastante diferentes de aquellos en los cuales se dieron los cercamientos ingleses o el comercio de esclavos, dirá que “para enfatizar el carácter en común, nos permitiremos interpretar los nuevos sin olvidarnos de la dura lección de los viejos” (De Angelis, 2012). De esta forma, la progresiva privatización de activos públicos desplegada a partir de los años 1990 en nuestro continente, de la mano del recetario neoliberal impulsado al calor del Consenso de Washington, lejos de ser algo ajeno a la política de “cercamientos” descripta por Marx, constituye la forma históricamente específica que ésta asume en el marco del proceso de reestructuración capitalista iniciado durante la década de 1970.

En sintonía con la caracterización lanzada por De Angelis, Werner Bonefeld (2012) considera que para la configuración misma del capitalismo en tanto sociedad de clases es precondición la reproducción permanente, cotidiana y siempre renovada en función de la correlación de fuerzas por definición incierta, de aquella separación entre productores/as y medios de subsistencia graficada por Marx y retomada por Rosa. De ahí que, más que referirnos a la tierra en tanto mercancía ya plenamente constituida, debamos hablar de un proceso de disputa constante entre mercantilización y desmercantilización de los territorios, donde la mediación que garantiza en buena medida dicha escisión o desacople, intentando perpetuarlo en el tiempo, está encarnada por las instituciones estatales y por su violencia fundante. Desde esta perspectiva, los numerosos intentos de privatización de espacios comunales, activos públicos, bosques, lagos y montes a lo largo y ancho de nuestro continente, deben leerse como parte de una amplia estrategia de acumulación capitalista, basada en mecanismos predatorios que buscan convertir estas instancias vitales, saberes comunitarios y bienes naturales en productos con alto nivel de rentabilidad.

Asimismo, las feministas Mariarosa Dalla Costa, Silvia Federici y María Mies han advertido que no se debe ceñir este proceso al saqueo de tierras y a la explotación física de trabajadores/as y pueblos enteros. Una dimensión central de él ha sido la simultánea expropiación de saberes, acervos colectivos y medios de reproducción a las mujeres (curanderas, sacerdotisas, alfareras, herboristas, parteras, machis, por lo general indígenas y campesinas) que fue ejercida con brutalidad en Europa, pero también en nuestro continente, tanto durante la fase  del colonialismo clásico como en las décadas posteriores a 1810. De acuerdo a Dalla Costa, “en el período de la acumulación originaria, mientras nacía el trabajador asalariado libre, a consecuencia de las grandes operaciones de expropiación, otra operación, el mayor sexocidio que la historia recuerde, la ‘caza de brujas’, contribuía en un sentido fundamental, junto a otra serie de medidas dirigidas expresamente contra las mujeres, a forjar la trabajadora no asalariada y no libre para el proceso de producción y reproducción de la fuerza de trabajo. La mujer, privada de los oficios y de los medios de producción y subsistencia típicos de la economía anterior y en gran medida excluida del trabajo artesanal y del acceso a los nuevos puestos de trabajo que la manufactura ofrecía, tenía ante sí fundamentalmente dos posibilidades para la subsistencia: o el matrimonio o la prostitución” (Dalla Costa, 2009: 313).

Por su parte, Federici dirá que “los homólogos de la típica bruja europea no fueron (…) sino los indígenas americanos colonizados y los africanos esclavizados que, en las plantaciones del ‘Mundo’, compartieron un destino similar al de las mujeres en Europa, proveyendo al capital del aparentemente inagotable suministro de trabajo necesario para la acumulación” (Federici, 2010: 305). Y si bien la opresión de las mujeres no comenzó con el capitalismo, lo cierto es que –al decir de Dalla Costa– este sistema dio comienzo a una explotación más intensa de la mujer como mujer, al tiempo que logró desarticular (por cierto, nunca de manera absoluta) a la comunidad como centro reproductivo y formativo de las clases y grupos subalternos, a la par que fracturó la relación orgánica –e incluso la coincidencia física– existente hasta ese entonces entre producción y consumo (Dalla Costa, 2009).

En una clave complementaria, María Mies ha recuperado las reflexiones luxemburguistas para analizar la interrelación existente entre la división internacional del trabajo y la división sexual que impone el patriarcado capitalista, así como visibilizar las áreas y dimensiones claves del planeta, más allá del limitado horizonte de las sociedades industrializadas y de las amas de casa de esos países. Junto a otras teóricas feministas como Claudia Werlholf y Veronika Bennholdt-Thomsen, Mies retomó el estudio de Rosa sobre el imperialismo y su reinterpretación de la acumulación originaria, para formular una analogía entre la violencia ejercida sobre el cuerpo de las mujeres y los territorios coloniales, e identificar otras relaciones de producción no asalariadas (en particular el trabajo doméstico y el trabajo de subsistencia en las colonias) que fungen de requisito y pilar fundamental para la relación de trabajo asalariado del “privilegiado” trabajador (hombre). En este marco, lejos de ser el estadio superior del capitalismo, el colonialismo constituye -al decir de Rosa- su condición necesaria y constante.

Esta visión totalizante permitió según Mies trascender teóricamente las diferentes divisiones artificiales creadas por el capital, que oscurecían el trabajo de las mujeres en los territorios donde aún no se habían impuesto de manera generalizada las relaciones capitalistas. Por ello, a partir de una lectura actualizada de los aportes de Rosa, reconoce que “su análisis resultó ser crucial para nuestro entendimiento de por qué era necesario para el proceso en curso de acumulación primitiva el que se explotase a las colonias, la naturaleza y a las mujeres como trabajadoras domésticas no remuneradas” (Mies, 2019: 27). En conjunto, y con el transcurrir de las décadas del siglo XX, todos estos entornos y estratos que configuran un sistema a escala planetaria “han sido aprovechados por el capital en su avaricia global en pos de la constante acumulación”. Por lo tanto, concluye Mies, sería contraproducente “confinar nuestras luchas y análisis a los compartimentos que ha creado el capitalismo, es decir, si las feministas occidentales tan solo intentasen comprender los problemas de las mujeres de los países sobredesarrollados y las mujeres de los países del Tercer Mundo restringiesen sus análisis a los problemas en las sociedades subdesarrolladas. El patriarcado capitalista, mediante la división y simultánea vinculación de dichas partes del planeta, ya ha creado un contexto mundial de acumulación dentro del cual desarrollan un papel crucial la manipulación del trabajo de las mujeres y la división sexual del trabajo” (Mies, 2019: 90).

El geógrafo y urbanista David Harvey, quien reivindica la necesidad de forjar un geo-materialismo histórico, también retoma de manera explícita la hipótesis de Rosa Luxemburgo y reconoce que “todas las características de la acumulación primitiva mencionadas por Marx han seguido poderosamente presentes en la geografía histórica del capitalismo hasta el día de hoy”, entre ellas el desplazamiento de poblaciones campesinas e indígenas, la privatización de bienes que eran de propiedad comunal (como el agua) o de activos públicos, la desaparición de modalidades de producción y consumo alternativas, y el resurgimiento de formas extremas de opresión y esclavitud. En función de esto –dirá– dado que no parece muy adecuado llamar “primitivo” o “originario” a un proceso que se haya vigente y se está desarrollando en la actualidad, propone sustituir estos términos por el concepto de acumulación por desposesión (Harvey, 2004).

Dentro de esta línea interpretativa, un elemento clave del planteo luxemburguista, que resulta un aporte de gran vigencia, es haber entendido que la acumulación de capital tiene un carácter dual, vale decir, dos aspectos que están “orgánicamente entrelazados”, por lo que el derrotero histórico del capitalismo “sólo se puede entender considerándolos en su relación mutua”: por un lado, la mencionada acumulación por despojo (basada en la apropiación de bienes, la depredación, el fraude y la violencia sobre los territorios) y, por el otro, la reproducción ampliada (mediante la explotación del trabajo vivo en la producción).

Finalmente, el marxista colombiano Renán Vega Cantor ha sugerido que, en una perspectiva histórica amplia, pueden identificarse cinco grandes procesos de despojo perpetrados en los últimos cinco siglos, que están asociados a la emergencia y expansión mundial del capitalismo en la clave propuesta por Rosa: “la expropiación de la tierra y sus bienes comunes (la naturaleza); la expropiación del cuerpo de seres humanos para someterlos en sus propios territorios (amerindios) o convertirlos en esclavos y llevarlos con violencia al otro lado del mundo (africanos); la expropiación del producto del trabajo de artesanos y campesinos; la expropiación del tiempo de los trabajadores y de sus costumbres; y, la expropiación de sus saberes” (Vega Cantor, 2013: 13). Sin embargo, postula que igualmente relevante es destacar la infinidad de rebeliones, luchas y resistencias que ha librado y libra la humanidad expropiada, frente a estos mecanismos de explotación y despojo permanente que el capitalismo utiliza para reproducirse. Como veremos en el siguiente capítulo, para Rosa este punto resulta de vital importancia.

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Fñyer Rosa

*Fragmento correspondiente al capítulo 2 del libro titulado Conocer el capitalismo para poder combatirlo.

Imagen de portada: Kate Evans

 

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