La Gavi, más allá del bronce

Norma Arrostito formó parte del grupo de jóvenes que dio origen a Montoneros con el secuestro y muerte de Aramburu entre el 29 de mayo y el 1 de junio de 1970. ¿Qué pasó con Norma Arrostito, La Gavi, cuando los marinos de la Escuela de Mecánica de la Armada la secuestraron? ¿qué tormentos padeció por ser mujer y referenta de Montoneros? Estas y otras preguntas recorren el texto de Miriam Lewin, periodista y sobreviviente de los centros clandestinos de detención “Virrey Cevallos” y “ESMA”. “Los métodos de sujeción para Norma eran extraordinarios. Llevaba grilletes, esposas, y estaba amarrada a una bala de cañón” cuenta Lewin.

Por Miriam Lewin[1]

Ilustración: Paula Carrizo

La muerte de Norma Arrostito fue anunciada por los diarios, pero la noticia era falsa. Sobrevivió al procedimiento donde la secuestraron y los marinos de la Escuela de Mecánica de la Armada la mantuvieron con vida para exhibirla, como un trofeo de guerra, ante camaradas de otras armas, en el infierno de Núñez.

Había querido suicidarse tomando tres cápsulas de cianuro. Una en el lugar de su secuestro, Lomas de Zamora. Otra, que llevaba oculta en su corpiño, en la enfermería del Sótano de la ESMA y luego una tercera.

Norma no podía permitirse caer viva. No solamente por la información que tenía y que los represores infructuosamente querrían arrancarle, sino por lo que significaba en la historia de la organización Montoneros, de la que formaba parte. Pero cayó.

La información sobre su muerte fue manipulada por los genocidas, que sabían que esa baja era un golpe a la moral de toda la militancia. La Gavi era un bronce.

Según la sobreviviente Elisa Tokar, fallecida finalmente en el 2015, Norma fue torturada pero nunca entregó datos.

Norma era valiosa para los navales, de todas maneras. Era la mujer guerrillera más conocida y demonizada del país. Haberla capturado no era solamente una victoria sobre los Montoneros, sino la garantía de un halo de superioridad de la Armada sobre las demás fuerzas que actuaban en la represión ilegal.

Comenzaron a mostrarla a los recientemente detenidos, en la mesa de tormentos, para que creyeran que había posibilidad de sobrevida, para convencerlos de que “colaboraran”.  Si ella estaba con vida, todos podrían sobrevivir. Por supuesto, si “cantaban”. Ella, después de esos encuentros forzados, luego de un beso, susurraba firme “Yo no colaboro”.

Los métodos de sujeción para Norma eran extraordinarios. Llevaba grilletes, esposas, y estaba amarrada a una bala de cañón.

A Gavi, o Gaviota (tal era su nombre de guerra), la encerraron en una celda del tercer piso, un camarote, como le decían en la jerga naval. El resto de los secuestrados tenía prohibido hablar con ella. Sin embargo, todos y todas buscaban una hendija en la vigilancia para acercarse y verla.

Norma decía lo que pensaba ante desaparecidos y militares, porque sabía que su destino estaba sellado. No fingía “recuperación”, como demandaban los genocidas. “Era la madre ideológica de todos nosotros”, dijo Elisa Tokar.

Norma sabía cuál era su final, no se dejaba engañar por el paso de los meses. Estaba condenada. Aún así, tuvo momentos de alegría.

Uno de sus pasatiempos favoritos en el centro clandestino de detención era tirar el tarot. Lo hacía para los prisioneros, pero también para los guardias, los verdes, los jóvenes alumnos de la ESMA, chicos del interior, de familias pobres algunos de los cuales veían azorados cómo el “enemigo” tenía rostro humano. Dicen que uno de ellos estaba deslumbrado con Gavi, y soñaba con ayudarla a escapar.

A una secuestrada, Lydia Vieyra, le dijo a escondidas en el baño “Vos zafás, Chinita, te salió la sacerdotisa”.

Cuando alguna de las otras detenidas era llevada al exterior, les hacía encargos. Crema nutritiva, medias rojas, una colonia. Norma era prolija y austera. A una compañera, Rosita, Ana Soffiantini, le escribió una notita cariñosa para Navidad. “A no estar triste y a prepararse para recibir al Niño Dios con alegría y esperanza. Norma Gavi Gaviota”.

Su imagen en un acto de Atlanta, con un texto que la definía, en la revista El Descamisado, va a quedar en los archivos de la lucha de los 70. “Nacen los fierros organizados y la mujer peronista pelea su lugar. Supera prejuicios y esquemas falsos. Quiere pelear y pelea”.

“Era un cacho de historia del movimiento clavado ahí, en el palco, dispuesta a emocionarse porque era justo hacerlo. Porque entre compañeros si hay ganas de llorar hay que hacerlo. Donde no se llora es delante del enemigo”.

No significa esto que hubiera paridad entre varones y mujeres dentro de la organización, aunque se la declamara. Las mujeres que la reclamaban recibían críticas. El argumento es que la igualdad llegaría cuando se hiciera la revolución nacional y popular. Insistir en estas demandas era una desviación pequeño burguesa.

Las mujeres en puestos de conducción era una minoría. Los varones que los alcanzaban arrastraban en sus traslados a sus parejas, generalmente de menor rango, porque tenían que dedicarse a las tareas de cuidado, y lo más importante era la militancia de sus maridos, no la propia.  De modo que crecer dentro de la organización era raro. Norma era adorada como referente, pero cuando cayó, había sido despromovida varias veces.

Era la viuda de un guerrillero heroico, Fernando Abal Medina, caído en una pizzería de William Morris, pero, aunque ella también era una combatiente con un fuerte poder simbólico por su trayectoria y por haber sido una de las integrantes del grupo fundador, sus pares dentro de Montoneros no la consideraban intocable.

Era respetada sin embargo como jefa enemiga, tal vez como superior, por el director de la Escuela de Mecánica de la Armada, Rubén Chamorro, el Delfín, que la visitaba en su camarote del tercer piso del Casino de Oficiales, corazón del centro clandestino de detención, para mantener largas discusiones de las que nadie supo el contenido. Norma llegó a pedirle que no la violaran, que la fusilaran y que el tiro del final se lo pegara él.

Nada de esto fue cumplido. En enero de 1978 la llevaron al Hospital Naval y murió en el trayecto. Alegaron que tenía problemas circulatorios en las piernas pero la verdad es que la ejecutaron, probablemente con una inyección. Se dice que el Tigre Acosta, el maquiavélico jefe del centro clandestino, agotada su utilidad, había decidido deshacerse de ella a espaldas de Chamorro, para demostrarle que más allá de las jinetas, el poder estaba en sus manos. Hay quienes relatan que armó un escándalo cuando se enteró, pero Tokar asegura que era mentira.

A Gavi la acompañó en la ambulancia, por esas vueltas de la vida, Jorgelina, hermana del guerrillero que había caído con Abal Medina, Gustavo Ramus.

Fue a ella a quien el Tigre le confesó finalmente que la había asesinado.

 

*****

[1] Periodista y sobreviviente Virrey Cevallos y Esma

Fuentes: Putas y Guerrilleras, crímenes sexuales en los centros clandestinos de detención. Miriam Lewin y Olga Wornat

La Montonera, biografía de Norma Arrostito. Gabriela Saidón

La Gaby, documental. María Seoane

 

 

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