Montoneros: la redención de los vencidos

¿Cómo nos interpelan las luchas de quienes nos antecedieron en la construcción de un mundo radicalmente diferente al actual? es la pregunta que se hace este texto, y ensaya una respuesta. “Por eso, las banderas de ayer, de la resistencia peronista, de Valle y los fusilados de junio, de lucha contra un régimen dictatorial y contra toda forma de opresión, adquieren en ese presente, signado por la dictadura de Onganía, nuevas encarnaduras, condensan un instante de peligro”.

Por Antonella Alvarez

Pensar e intentar escribir en torno al momento en que las organizaciones revolucionarias asumen la lucha armada como medio -junto a otros- para alcanzar la revolución, requiere sin duda sumo cuidado en función de los debates posteriores que tales sucesos generaron. Creemos que las revisiones críticas de un accionar que asumimos como referencia de lucha, siempre aportan para recrear los sueños y apuestas emancipatorias. Al mismo tiempo, nos identificamos con los ideales revolucionarios por los que dieron la vida literalmente las y los militantes de los 60/70, que eligieron las armas como medio para un fin: la revolución nacional y social, la eliminación de toda forma de opresión. Levantamos las mismas banderas, e intentamos repensarlas y hacerlas ¿mejores? Las y los militantes de esos años, aún con todas las cuestiones a revisar, aparecen como referencia para nuestra generación, que construyó su práctica política tomando las propuestas que estos pibes y pibas levantaban, cuando parecía que la posibilidad de cambiar radicalmente el mundo estaba a la vuelta de la esquina.

La efeméride que nos convoca, los 50 años del nacimiento de Montoneros, nos refiere automáticamente a un hecho, un suceso, un inicio que, como decíamos, ha sido foco de numerosos debates en el terreno de lo político, lo moral, lo filosófico y lo sociológico, así como de construcciones mediáticas e historiográficas donde en general primaron ciertas lecturas antojadizas y de derecha, cuando no las interpretaciones basadas en la teoría de los dos demonios.

A contramano de estas miradas, Aramburu viene a nuestra memoria asociado al terror, la persecución e incluso el intento de desaparición del pueblo peronista. En el plano político, el régimen que encabeza proscribe y persigue a la fuerza más populosa del país: deroga la constitución del ‘49, interviene la CGT, disuelve la Fundación Eva Perón, prohíbe el uso del nombre “Perón” y cualquier imagen, palabra o símbolo que aludiese a este movimiento. En lo económico, los nuevos sectores dominantes intentan transformar el modelo de acumulación, priorizando que se aceitaran relaciones con el FMI y el Banco Mundial, de la mano de una “liberalización de la economía” y con un discurso de “integración” al mundo. Todos estos cambios requieren una especial persecución y necesidad de desarticulación de las organizaciones sindicales. No obstante, lejos de conseguir sus objetivos de “desperonizar” a la población, lo que genera tamaña represión es una adhesión aún mayor, y el nacimiento de la resistencia peronista .

Es la mañana del 29 de mayo de 1970, se cumple un año del Cordobazo y el “Comando Juan José Valle” secuestra a Pedro Eugenio Aramburu, para someterlo luego a juicio popular, dando nacimiento con este hecho de gran repercusión pública a la organización Montoneros. Pero, ¿quién es Juan José Valle? ¿qué tiene que ver con quienes secuestran al tirano, pero tenían tan sólo 16 años al momento de su fusilamiento?

Valle encabezó el grupo de suboficiales y civiles que, agrupados en el “Movimiento de Recuperación Nacional”, puso en marcha en 1956 un levantamiento para terminar con el gobierno de Aramburu y restaurar el proyecto político peronista. El gobierno de Pedro Eugenio Aramburu e Isaac Rojas, alertado por información de servicios de inteligencia, aprovechó el levantamiento para desatar un accionar represivo que incluyó decenas de fusilamientos. Estos fueron posibles gracias a que Aramburu, que debía viajar a Rosario, había dejado firmado dos decretos: el primero instauraba la Ley Marcial, lo que implicaba la posibilidad de formar “consejos de guerra especiales” para realizar juicios, mientras que el segundo reglamentaba al primero habilitando a que los tribunales militares que se constituyeran tengan atribuciones para aplicar “la pena de muerte por fusilamientos a todo perturbador de la tranquilidad pública”.

Entre las víctimas de los fusilamientos también hubo un grupo de obreros no comprometidos con la rebelión. Habían sido detenidos en la noche del 9 de junio y horas después eran asesinados en los basurales de José León Suarez, hecho relatado por Rodolfo Walsh en Operación Masacre de manera magistral e inolvidable con las siguientes palabras, que dan inicio al libro:

“Seis meses más tarde, una noche asfixiante de verano, frente a un vaso de cerveza, un hombre me dice:

–Hay un fusilado que vive.

No sé qué es lo que consigue atraerme en esa historia difusa, lejana, erizada de improbabilidades. No sé por qué pido hablar con ese hombre, por qué estoy hablando con Juan Carlos Livraga.

Pero después sé. Miro esa cara, el agujero en la mejilla, el agujero más grande en la garganta, la boca quebrada y los ojos opacos donde se ha quedado flotando una sombra de muerte. Me siento insultado, como me sentí sin saberlo cuando oí aquel grito desgarrador detrás de la persiana.

Livraga me cuenta su historia increíble; la creo en el acto. Así nace aquella investigación, este libro. La larga noche del 9 de junio vuelve sobre mí, por segunda vez me saca de “las suaves, tranquilas estaciones”. Ahora, durante casi un año no pensaré en otra cosa, abandonaré mi casa y mi trabajo, me llamaré Francisco Freyre, tendré una cédula falsa con ese nombre, un amigo me prestará una casa en el Tigre, durante dos meses viviré en un helado rancho de Merlo, llevaré conmigo un revólver, y a cada momento las figuras del drama volverán obsesivamente: Livraga bañado en sangre caminando por aquel interminable callejón por donde salió de la muerte, y el otro que se salvó con él disparando por el campo entre las balas, y los que se salvaron sin que él supiera, y los que no se salvaron”.

Valle se entrega el 12 de junio y es trasladado al Regimiento 1 de Infantería, donde se le informa que es condenado a la pena de muerte. Su esposa y su hija llegan a despedirlo. Fusilado Valle, se derogan los decretos. Los fusilados de junio se convierten así en emblema de lucha colectiva. No azarosamente el comando que acabaría con la vida de Aramburu llevaba su nombre como bandera.

Si pensamos en una genealogía de las luchas, después de Valle es posible enumerar otros momentos que son parte de un contexto cada vez más convulsionado, y que revitalizan la memoria histórica en la que se inscribe el nacimiento de Montoneros: la toma del frigorífico Lisandro de la Torre, los Uturuncos, el EGP, la revolución cubana, la noche de los bastones largos, el Cordobazo, Vietnam, el Mayo Francés, las Panteras Negras, por mencionar algunos. A la vez que nacía Montoneros, eran paridas en Argentina otras organizaciones revolucionarias que sumaban como opción la lucha político-militar: FAR, PRT-ERP, FAL y FAP, como las más significativas.

Un contexto de extrema represión, con Onganía en el poder, sin la posibilidad de participar políticamente, con las luchas a cuestas de las generaciones pasadas, son algunos de los elementos que componen el escenario en el que, el 1 de junio de 1970, Montoneros da a conocer un sintético Comunicado que pasará a formar parte de la memoria ardiente de nuestro país:

“1° de junio de 1970

AL PUEBLO DE LA NACIÓN:

La Conducción de Montoneros comunica que hoy a las 7:00 horas fue ejecutado Pedro Eugenio ARAMBURU.

Que Dios, Nuestro Señor, se apiade de su alma

PERÓN O MUERTE – VIVA LA PATRIA”

Al decir de José Carlos Mariátegui, “los verdaderos revolucionarios no proceden nunca como si la historia empezara con ellos. Saben que representan fuerzas históricas, cuya realidad no les permite complacerse con la ultraísta ilusión verbal de inaugurar todas las cosas”. Había, siempre hay, un pasado reciente y una memoria histórica de las luchas, de mediana y larga duración, un crisol de resistencias desplegadas en otros momentos históricos, que esos jóvenes de no más de 20 años volvían propias, así como más tarde sus experiencias de lucha y organización serán traspasadas y cobrarán vigencia, para multiplicarse en diálogos e iniciativas populares, que hacen parte inherente de los intentos por construir un mundo radicalmente diferente, para muchos aún hoy socialista.

El nombre que llevaba el comando que acabó con el ex militar -que encarna tanta muerte entre el pueblo peronista- nos habla de una relación intergeneracional, un secreto compromiso de encuentro que parece confirmar lo sugerido por Walter Benjamin en sus tesis sobre el concepto de Historia. La lucha en la que estaban embarcados/as aquellos/as jóvenes era, también -y, sobre todo- para redimir a los vencidos, las abatidas, los asesinados. No anclaba meramente en las generaciones futuras o por venir. La liberación, para esta nueva generación, sólo era concebible si ella incluía a quienes fueron (temporalmente) vencidos. Por eso, las banderas de ayer, de la resistencia peronista, de Valle y los fusilados de junio, de lucha contra un régimen dictatorial y contra toda forma de opresión, adquieren en ese presente, signado por la dictadura de Onganía, nuevas encarnaduras, condensan un instante de peligro.

Ahora tiro yo porque me toca
Ahora tiro yo porque me toca, por Alan Dufau

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Fuentes:

Historia Argentina Contemporánea. Pasados presentes de la política, la economía y el conflicto social.

Operación Masacre

 

 

 

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