Malvinas: a 38 años del fin de la guerra

El 14 de Junio se cumplieron 38 años del fin de la Guerra de Malvinas. León Rozitchner supo afirmar que “nuestros militares siempre engendran muertos, esa es la verdad. Al elevar los muertos a la dignidad nacional los inscribimos en la política aparente, en la representación encubridora: en los falsos valores de una nacionalidad de cartón”. Compartimos este texto donde Carlos Rodríguez recupera cómo fue vivir aquella coyuntura crítica, en la que como periodista de la agencia Noticias Argentinas,  le tocó cubrir la guerra desde Buenos Aires.

Por Carlos Rodríguez

La Guerra de Malvinas, en los hechos, comenzó el 1° de mayo de 1982. Ese día, los británicos llegaron a las islas y empezaron los combates. Era sábado. Estaba en mi casa escuchando Radio Continental. En esos años me gustaba esa radio y años después me encantó el programa que hacía Guillermo Emilio Magrassi. Se llamaba “Orígenes”. Magrassi, sociólogo, antropólogo, difusor de la cultura de los pueblos originarios, fue también conductor, en televisión, de alguna temporada de “La Aventura del Hombre”, que al igual que “Orígenes”, hurgaba a fondo sobre aspectos muy interesantes de la historia de la humanidad. No puedo hablar de Radio Continental, en esos años, sin mencionar a Magrassi.

Ese primero de mayo, un flash informativo anunció el inicio de las acciones bélicas. Mi reacción inmediata fue llorar. Mi padre, en una etapa de su vida, había ingresado a la Marina, en la carrera de suboficiales. Fue tal su decepción que pidió la baja y se hizo comunista.

Por conducto paterno, odiaba la guerra porque odiaba los uniformes. Yo, de todos modos, había leído con pasión, de muy joven, una colección de libros sobre la Primera y la Segunda Guerra Mundial. Allí empecé a comprender que las guerras forman parte crucial de la historia universal. Ellas son las que fueron alineando al mundo entre países opresores-invasores-imperialistas-poderosos y países pobres-sometidos-dependientes, esclavos de sus clases dominantes, cipayas, vendepatria, esclavista.

Las guerras las promueven siempre las clases dominantes, pero cuando hay guerras de liberación, como la que emprendió el Che Guevara, esos libertarios son “los asesinos”. Nadie se acuerda de Vietnam, de Hiroshima, de Nagasaki, de Irak, de Afgnistán, de Argelia y de tantos genocidios cometidos por los “países desarrollados” en nombre de “la libertad”. El único “terrorismo” que existe para los poderosos es el de los que luchan contra el hambre y la explotación.

Pero no hubo nada más terrorista, sin comillas, que las bombas nucleares en Hiroshima y Nagasaki, pero para muchos, Estados Unidos es el abanderado de la libertad. Una película francesa, que criticaba la guerra por medio de la ironía, empezaba a contar su historia con una frase que decía más o menos así: “La guerra es lo único que los reyes comparten con el pueblo”. Pero claro, los que mueren son los obreros, los estudiantes, los jóvenes, el pueblo.

Por eso me puse a llorar ese primero de mayo, cuando escuché que la guerra había empezado. Una guerra para recuperar las Malvinas, tendría que ser una guerra anti-imperialista. Lo curioso es que el que conducía la guerra era el general Leopoldo Fortunato Galtieri. Poco antes del conflicto, en Estados Unidos lo habían condecorado. Los diarios estadounidenses dijeron que el Departamento de Estado lo había calificado de “general majestuoso”. Eso revela que Galtieri no era el único al que el whisky le pegaba mal.

En 1982 trabajaba en la agencia Noticias Argentinas. Me tocó cubrir la guerra, desde Buenos Aires. Fui a cubrir algunas actividades, recuerdo vagamente una en el Luna Park, pero lo más penoso fue ir todos los días, hasta el 14 de junio, fin de la guerra, a informar sobre lo que se decía sobre los combates en la sede del Estado Mayor Conjunto. Todos los días, tipo seis de la tarde, venía un milico y daba un parte sobre las acciones bélicas de ese día. Siempre se decía que todo iba bien, que íbamos ganando. Todo iba tan bien que hoy todavía se investigan denuncias de soldados argentinos torturados en Malvinas, no por los ingleses, sino por sus propios jefes argentinos.

Fue una etapa grotesca y trágica de mi vida. Para sintetizar lo que pienso de toda esa farsa, cuento lo que ocurrió el último día, cuando las tropas argentinas se rindieron.

El 14 de junio, el que vino a informar fue un milico de apellido Iglesias, con grado de coronel. Con cara de circunstancia dijo más o menos así: “Las operaciones en Malvinas han finalizado (nunca hablo de rendición, los militares y esto es mundial, nunca se rinden). Los combates han finalizado. Hemos combatido con la tercera potencia del mundo, apoyada por una de las dos grandes potencias”. Y colorín, colorado.

El boletín que envié a la agencia, por teléfono fijo, fue que el tal Iglesias había reconocido la rendición señalando que “las operaciones habían finalizado”, que los soldados habían luchado con valor ante el ejército “de la tercera potencia mundial, que contó con el apoyo de una de las dos grandes potencias”, en obvia referencia a los Estados Unidos. Lo de obvia referencia lo agregué yo, sin comillas porque no era textual de Iglesias.

En minutos salió el boletín y el tal Iglesias apareció en la sala de periodistas a los gritos, con el cable de NA en la mano. “Yo no mencioné a Estados Unidos”, era su reclamo frente a mí. Le pedí el cable para confirmar que hubieran pasado lo que yo les dicté por teléfono. Comprobé que estaba bien y le dije a Iglesias “en el cable cierro las comillas y yo agrego que es obvio que usted se refiere a Estados Unidos, no está en boca suya, lo agregué yo”.

El tipo seguía reprochándome la redacción, hasta que me hizo calentar y le dije: “Perdón Iglesias, usted se refería a la Unión Soviética”. El tipo me arrancó el cable y se fue.

Estados Unidos había “traicionado” al general “majestuoso” para apoyar, como era obvio desde el vamos,  a su viejo aliado, Inglaterra, pero de todos modos no había que mencionar expresamente al país del norte, porque con los yanquis seguíamos teniendo una relación “majestuosa” y carnal como dijo otro presidente no menos majestuoso.

Total, los que habían muerto, con valor, peleando en inferioridad de condiciones contra un ejército profesional,  eran los soldaditos del pueblo argentino.

Después se escribieron libros sobre los aspectos más oscuros de una guerra sin sentido. Para ganar una guerra contra el imperio, hay que ser anti-imperialista, algo que no eran esos jefes militares.

Sobre la muletilla “estamos ganando” que vendieron hasta el 14 de junio, hay que decir que todos los ejércitos hacen lo mismo. Uno de los pocos que decía la verdad era el viejo Ho Chi Minh. Después de cada combate en Vietnam, reconocía que las bajas eran siempre más importantes entre sus fuerzas, hombres y mujeres.  Pero también decía ante los periodistas occidentales que cubrían la guerra: “A pesar de todo, vamos a seguir peleando porque tenemos la razón”. Y por eso ganaron la guerra, porque estaban defendiendo su tierra, eran los que tenían la razón y eran anti-imperialistas. La causa por la soberanía en Malvinas es noble y justa, pero la guerra fue una desgracia para miles de jóvenes. Y para todos nosotros.

*****

Carlos Rodríguez es periodista. Trabaja en Pagina /12

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