La constelación armada: marxismo y poder revolucionario en el PRT-ERP

Hernán Ouviña nos propone la idea de constelación para pensar la práctica militante del PRT-ERP ¿qué implica concebir la política desde una mirada integral? También recorre en este texto detalladamente el escenario de ebullición mundial y nacional en el que nace el ERP, la concepción de poder popular en Santucho y el marxismo que reinventaron desde las filas de la guerrilla argentina. “En este punto retoma tanto los planteos del Che Guevara como de Nguyen Giap, para quienes siempre lo militar debe estar en función del proyecto político (“la política manda al fusil” es una máxima que se reitera) y el vínculo entre la guerrilla (como agente catalizador) y los sectores populares (que asumen un protagonismo creciente en la lucha), debe ser orgánico y permanente”.

 

Por Hernán Ouviña

Ilustración: El deber de todo revolucionario…de Alan Dufau

 

No vencer (aun) y sobrevivir

No resulta sencillo escribir acerca de la intensa y breve experiencia del ERP a 50 años de su fundación. No tanto por el manto de sospecha y estigmatización que se ha generado en torno a la lucha armada en Argentina, sino debido a que repensar esta apuesta político-militar implica de manera ineludible ejercitar la memoria histórica y reconocer todo lo trágico y doloroso que, cual tizón encendido, ella todavía cobija. Pero aun si desechamos tanto la figura maniquea del terrorista (propia de la teoría de los dos demonios), como aquella más empática de las víctimas del plan sistemático de desaparición forzada acometido por el Estado, nos queda en los labios un sabor amargo demasiado parecido a la nostalgia.

Para escamotear esta tentación, el historiador Enzo Traverso sugiere apelar a un concepto sumamente potente como es el de melancolía de izquierda. Si la noción de víctima despolitiza y difumina la lucha y los valores que dotaron de sentido vital a la militancia de quienes apostaron por un proyecto socialista, lo dieron todo por él y fueron vencidos/as, la melancolía es una dimensión fundamental de la cultura de izquierda, ya que su historia está signada por sucesivas y cruentas derrotas. Llorar a nuestros muertos, a las caídas en el fragor del combate, a quienes fueron secuestrados, padecieron la tortura, terminaron arrojados al mar o ultimadas en las catacumbas del horror, es parte de un imprescindible duelo que no necesariamente debe equivaler a resignación o desesperanza.

Antes bien, Walter Benjamin propone rememorar a las y los vencidos en tanto revolucionarios/as, cuya derrota debe leerse en una clave transitoria, es decir, no concluyente. La melancolía puede oficiar así de fuerza que nos impulse a revisitar el pasado, pero con nuevos ojos, a partir de otros prismas, desde una sensibilidad que deje atrás la ilusión de un triunfo garantizado de antemano por el propio decurso de la historia, aunque sin renegar de la convicción utópica de poder cambiar el mundo y construir una sociedad radicalmente distinta a la actual. “El duelo inacabado de la izquierda dificulta el trabajo tan necesario de reelaboración”, nos dice Traverso. ¿Cómo conjugar entonces memoria ardiente, revisión crítica y fidelidad a las promesas emancipatorias de la revolución en tiempos de naufragio? Tamaño interrogante es el que circunda esta fecha que, por supuesto, excede con creces a la partida de nacimiento -hace exactamente medio siglo- de una de las mayores organizaciones guerrilleras del Cono Sur.

A sabiendas de este dilema no menor, en lo que sigue nos proponemos contextualizar y reconstruir algunos debates, iniciativas, hipótesis y lecturas que condicionaron el surgimiento, despliegue y desarticulación del PRT-ERP a lo largo de su corta existencia de poco más de 10 años. Nos interesa polemizar con ciertas interpretaciones que han instalado un sentido común en la cultura de izquierda, acerca del perfil político, la reformulación del marxismo y la concepción del poder que sostuvo -por cierto, no sin contradicciones y vaivenes- esta guerrilla durante su periplo revolucionario en Argentina. Consideramos que ella encarna una de las expresiones más originales y potentes de la nueva izquierda, que lejos de restringir sus prácticas a una confrontación armada, involucró un crisol de experiencias, proyectos y modalidades de intervención desde una perspectiva integral.

Tiempos violentos y de rebelión

1968 ha sido caracterizado con justa causa como el año de la rebelión planetaria. De París a Praga, de Tlatelolco a Berkeley, de Argel a Berlín, de Tokio a Roma, de Saigón a Montevideo, un invisible hilo rojo de insubordinación y descontento conectó las protestas. Una de las tantas pintadas del mayo francés lo sintetizó magistralmente: “La revolución mundial a la orden del día”. En Argentina se suele decir que el levantamiento se demoró un poco, y se menciona a la insurrección popular del Cordobazo (precedida y continuada por los dos Rosariazos) como un verdadero cataclismo socio-político que hace parte de aquel haz de revueltas globales. No obstante, vale la pena realizar una genealogía de las luchas y procesos organizativos que -influidos sin duda por ese contexto regional y planetario- fueron generando las condiciones para que estos estallidos se produzcan.

Ya desde mediados de los años ’50, se despliega la resistencia peronista (la cual, proscripción mediante, lleva a una radicalización creciente de sus núcleos de base) que impulsa acciones directas con altos niveles de confrontación en fábricas y contra el régimen, entre los que se destaca la combativa toma del Frigorífico Lisandro de la Torre (casualmente, en enero de 1959, contemporánea al ingreso triunfante del ejército rebelde a La Habana), y poco tiempo después se ensayan diversas iniciativas de lucha político-militar (tales como Uturunco y EGP), en paralelo a la emergencia de una nueva izquierda al calor de la politización de la juventud y de sectores importantes de la clase trabajadora que asumen cada vez mayor protagonismo, en particular a nivel industrial. Son los tiempos donde las huelgas asumen contornos políticos, en numerosas ocasiones con grados de violencia popular y de masas, que incluyen variados repertorios de acción, que van de las movilizaciones multitudinarias al boicot en el proceso de trabajo, de luchas callejeras y barricadas a tomas y piquetes, cumpliendo en ellos un papel de suma relevancia las comisiones internas antiburocráticas y el sindicalismo clasista.

En el plano intelectual, revistas como Che, Dimensión, Pasado y Presente, Fichas, Cristianismo y Revolución o La Rosa Blindada, propician una renovación cultural y difunden los grandes debates que se viven al compás de las luchas del Tercer Mundo y en el seno del marxismo, donde se exhuman tradiciones opacadas por la ortodoxia del monolitismo soviético y la tematización de la violencia política resulta recurrente. Por su parte, las Universidades son un hervidero y, a pesar de la represión sufrida por la llamada “Noche de los Bastones Largos” en 1966, ejercitan la búsqueda de un pensamiento no imitativo y descolonizador, dando lugar a experiencias como la de las Cátedras Nacionales y Marxistas, sin dejar de estrechar lazos con el pueblo trabajador para producir conocimiento enraizado y transformador de la realidad.

El ’68 en nuestro país condensa por tanto un momento clave, donde son paridos espacios y apuestas de extrema intensidad militante, que expresan esa radicalidad que se respira en el ambiente social: la creación de la CGT de los argentinos y del Movimiento de Sacerdotes del Tercer Mundo, así como la incursión guerrillera en Taco Ralo (Tucumán) por parte de las flamantes FAP, son quizás los ejemplos más evidentes del clima de ebullición y descontento cada vez mayor vivido en las calles ese año, frente a un régimen dictatorial cuyo presidente de facto, Juan Carlos Onganía, hace alarde de su enquistamiento y perdurabilidad en el poder estatal.

La década del ‘60 cuenta con una frondosa cantidad de referencias políticas. No obstante, dos personajes caídos en la lucha logran sintetizar los anhelos de liberación de los pueblos de Nuestra América en esa coyuntura sumamente convulsionada. Por un lado, Ernesto “Che” Guevara, quien además de resultar uno de los protagonistas principales de la revolución cubana y ejercitar el internacionalismo como pocos (“crear dos, tres, muchos Vietnam” fue una consigna que acompañó con el cuerpo hasta sus días finales en la selva boliviana), produce textos de una enorme hondura teórico-política y denuncia la actitud imperialista en el continente, así como las formas neocolonialistas que asumía la realidad del Tercer Mundo en aquel entonces. Por el otro, Camilo Torres, un cura y sociólogo colombiano que decide dejarlo todo, ejercitar un “suicidio de clase” y sumarse al trabajo militante con los sectores más postergados de su país, para más tarde incorporarse a las filas de la guerrilla del ELN, en pos de poner en práctica hasta las últimas consecuencias el “amor al prójimo”. Su común abnegación y las precoces muertes en combate que sufren, lejos de aplacar las perspectivas de la lucha armada, aportan a nutrir un imaginario político que los concibe como mito movilizador y ejemplo para las nuevas generaciones, que ansían revolucionarlo todo.

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Imagen diseñada por Esteban Sambucetti

El marxismo como guía para la acción

Es curioso: casi sin excepción se utiliza a las siglas PRT y ERP como un único vocablo. El guion suele oficiar no solo de puente, sino de juntura hasta el extremo de la fusión. Sin embargo, no fue esta la intención original. El PRT que funda a la mayor guerrilla marxista de Argentina tenía una concepción diferente de la relación entre partido y ejército, que respondía -ejercicio de traducción mediante- a los preceptos y enseñanzas del proceso revolucionario en Vietnam. Recordemos que el PRT como tal es creado en 1965, a partir de la confluencia de dos organizaciones disímiles, pero con intereses y perspectivas comunes, en un contexto donde lo prioritario para ellas eran ante todo la unidad: el FRIP (Frente Revolucionario Indoamericano Popular) y Palabra Obrera. El primero, con cierta incidencia entre los trabajadores azucareros y sectores estudiantiles del norte del país; el segundo, con una relativa inserción en el cordón industrial de Buenos Aires y otras grandes ciudades del Litoral. Luego de unos años de caminar juntos, en 1968 las diferencias se tornan irreconciliables, lo que lleva a que, bajo la denominación de El Combatiente, el sector liderado por Mario Roberto Santucho rompa con aquel encabezado por Nahuel Moreno, bautizado de ahí en más como La Verdad. El PRT El Combatiente pasará al poco tiempo a ser conocido como PRT a secas.

Si su IV Congreso -concretado a finales de febrero del ’68- puede ser definido como el acta de nacimiento en sentido estricto del partido, el V -realizado a mediados de 1970 en el Delta del Paraná- será el que oficie de partero de una de las guerrillas con mayor gravitación en la lucha de clases en la Argentina de los años setenta: el ERP. Es interesante analizar los documentos debatidos y aprobados en ambos Congresos, así como otros textos relevantes elaborados por la organización en los años posteriores, en particular aquellos redactados por su máximo referente, Mario Roberto Santucho, para dar cuenta de la lectura y recreación del marxismo y de la concepción del poder que realizan en ellos.

Hay que reconocer que si bien a nivel general se autodefinen como un partido y una guerrilla de corte marxista-leninista, distan de concebir a esta perspectiva como un conjunto homogéneo y acabado, anclado de manera exclusiva en una única tradición o corriente ideológica. Por ello apelan desde ya a Marx, Engels y Lenin, pero también a Trotsky, Mao, Fidel Castro y el Che, sin desestimar a otras actualizaciones como las formuladas por los dirigentes del comunismo vietnamita como Nguyen Giap, Ho Chi Min, Truong Chin y Le Duan, tomando de todos ellos aquellos retazos más subversivos y complementarios, con el propósito de amalgamar de manera certera conocimiento y transformación de la realidad, en plena sintonía con la célebre Tesis XI.

Esta constelación se combina, asimismo, con los aportes a la guerra revolucionaria extraídos de las gestas insurgentes y las luchas independentistas encabezadas por San Martín, Artigas, Juana Azurduy y otras figuras destacadas de aquella primera independencia conquistada con las armas (y donde la guerra de guerrillas tuvo un papel relevante) en las primeras décadas del siglo XIX. Curiosamente el PRT-ERP se valdrá de historiadores que, a pesar de su mirada liberal como en el caso de Mitre, reconstruyen con lujos de detalles estos combates y las estrategias desplegadas, con gran realismo y minuciosidad. Marxistas heterodoxos de Argentina, entre los que se destacan Silvio Frondizi y Milciades Peña, fungen también de referencia teórico-analítica para la lectura de la historia reciente del país y una interpretación no ortodoxa de su formación económico-social. Profundamente crítico del etapismo stalinista y de las posibilidades de disociar la lucha anti-imperialista de la apuesta por la revolución socialista, el PRT-ERP asume como principio epistemológico a la lucha de clases y atiende a las particularidades de nuestro territorio, aunque sin descuidar el papel del imperialismo, el subdesrrollo inducido y los condicionamientos impuestos por el capitalismo como sistema mundial.

Los análisis formulados en el IV y V Congreso apuntan a delimitar tanto las fuerzas motrices de la revolución como a caracterizar la coyuntura de crisis abierta en el país, la estrategia de intervención política acorde a ella y la dinámica de la guerra revolucionaria a iniciar. El punto de partida es determinar “las condiciones concretas de la revolución argentina”, asumiendo que “la aplicación creadora de la teoría revolucionaria a la realidad concreta” es “el alma viva del marxismo”. Desde este prisma, destacan el “carácter desigual del desarrollo capitalista en la Argentina y la crisis orgánica de su economía”, al proletariado industrial como “la clase más revolucionaria”, y dentro de la clase obrera a los trabajadores azucareros y el proletariado rural del norte como el sector de vanguardia. A su vez, plantean que la lucha armada, lejos de ser algo inducido desde el exterior y en función de otros procesos revolucionarios triunfantes, surge de la experiencia directa de las masas en nuestro país. La base obrera en Tucumán de la organización, tras una infructuosa lucha sindical y política en el terreno institucional, y “cerradas todas las posibilidades legales con la asunción de Onganía”, se orienta hacia la opción de iniciar la guerra revolucionaria, conclusión que de acuerdo al PRT tiende a generalizarse entre amplios sectores de la vanguardia obrera en el resto de Argentina.

La gravitación del imperialismo en la región y la expansión a lo largo y ancho de América Latina de la lucha, implican asumir de manera compleja y pendular la relación entre revolución y contrarrevolución. Esto, sumado a otros factores internos, como la debilidad relativa de las fuerzas de izquierda vis a vis el poder de las fuerzas de la reacción, hacen presumir al PRT que no cabe pensar en una confrontación armada que se resuelva en el corto plazo, sino más bien en una guerra popular revolucionaria que tendrá un carácter prolongado. Lo sugerente de su análisis es que el leninismo no estriba tanto para ellos en una aplicación mecánica de la estrategia triunfante en la experiencia histórica rusa (por caso, la insurreccional), sino es retomar y actualizar ciertos preceptos e hipótesis centrados “en el análisis concreto de la realidad concreta”, nutriéndose de los recientes enriquecimientos que se han hecho del marxismo, en función de proyectos revolucionarios triunfantes en realidades como China, Cuba y Vietnam.

La combinación entre lo específico y lo mundial en este tipo de análisis de situación es por tanto algo clave. De ahí que sin dejar de dar cuenta de lo concreto y original del proyecto político impulsado en el país, que implica que “la revolución argentina tiene una estrategia propia, consistente en que la clase obrera y el pueblo deberán librar una guerra prolongada para derrotar a la burguesía y al imperialismo, e instaurar un gobierno revolucionario, obrero y popular”, yendo de “lo pequeño a lo grande, de las acciones más simples a las más complejas, procurando la ligazón permanente con las masas”, en un plano más amplio y de largo aliento la revolución es concebida como “continental y mundial”, “llegando a no respetar fronteras”.

Dentro de esta estrategia de guerra civil prolongada, “la creación de una fuerza militar revolucionaria” es considerado el objetivo táctico principal. Teniendo en cuenta la relación de fuerzas políticas y militares, en una primera fase de la lucha dicha guerra deberá asumir un carácter estratégicamente defensivo y tácticamente ofensivo, que pueda combinar los posibles combates tanto en el campo como en las ciudades. El PRT-ERP es crítico de la llamada “teoría del foco”, elaborada por el intelectual francés Regis Debray a partir de su arbitraria lectura de la revolución cubana. Antes bien, la interpretación de la guerra que formula es reconociendo la centralidad que tiene en ella el pueblo.

En este punto retoma tanto los planteos del Che Guevara como de Nguyen Giap, para quienes siempre lo militar debe estar en función del proyecto político (“la política manda al fusil” es una máxima que se reitera) y el vínculo entre la guerrilla (como agente catalizador) y los sectores populares (que asumen un protagonismo creciente en la lucha), debe ser orgánico y permanente. No es azaroso que el guerrillero argentino-cubano haya propiciado la edición en castellano y prologado el libro de Giap, titulado precisamente Guerra del pueblo, ejército del pueblo, donde además de destacar la alianza obrero-campesina como factor fundamental de la victoria, se insiste en que “la guerra de guerrilla no es sino una expresión de la lucha de masas y no se puede pensar en ella cuando ésta está aislada de su medio natural, que es el pueblo”.

Esta enorme influencia de la guerra popular en Vietnam no era un rasgo excepcional o exclusivo del ERP. Otras organizaciones armadas del Cono Sur, con las que luego se estrecharán vínculos, como Tupamaros y el MIR, tendrán a la estrategia vietnamita y a la lucha simultáneamente anti-imperialista y por el socialismo librada en Asia, como una referencia de enorme importancia para iniciar la guerra revolucionaria en sus respectivos países. No es casual, por ejemplo, que el primer acto público que realizan los uruguayos (con el que de hecho se dan a conocer como guerrilla) es un atentado contra las instalaciones de la empresa Bayer, en repudio a su complicidad con la intervención yanqui en Vietnam.

No obstante, la evidente relevancia del proletariado y el peso cuantitativo/cualitativo del movimiento obrero y los trabajadores rurales en la estructura de clases y la tradición organizativa en estas realidades, lleva a que tanto el PRT-ERP como el MIR y Tupamaros definan que el escenario inmediato de la lucha armada sean las grandes ciudades, aunque sin desechar la posibilidad de gestar una experiencia rural (tal como más tarde intentará concretar el ERP en Tucumán, a través de la Compañía del monte Ramón Rosa Jiménez). Teóricos de la guerrilla urbana como Abraham Guillen (con vasta experiencia en la guerra civil española y estrecho colaborador de algunas de estas guerrillas) y Carlos Mariguella (cuyo Minimanual del guerrillero urbano fue material de lectura obligado entre les combatientes de las organizaciones político-militares de Sudamérica), junto con las acciones altamente osadas y de gran efecto acometidas por los Tupamaros en Uruguay, abonaron a tornar más viable aún esta apuesta por parte del PRT-ERP. Aun así, es crucial entender que, en el crecimiento e irradiación de la lucha armada, existe una interrelación campo-ciudad supeditado al desarrollo “donde quiera que existan las masas adaptándose a las formas concretas que la realidad de cada región exija” y asumiendo que “la guerra popular no admite ser aprisionada en esquemas”.

Tal como han sugeridos varios intérpretes, este voluntarismo revolucionario debe entenderse como una respuesta frente al quietismo y la inmovilidad en la que se encontraba sumida gran parte de la izquierda tradicional en nuestro continente. Frente a la coexistencia pacífica y la subordinación absoluta a las directrices que la URSS pretendía imponer al movimiento comunista internacional, la nueva izquierda -dentro de la que se sitúa el PRT-ERP- propone una estrategia de poder que confronte con este “peso de la inercia” y articule múltiples formas de lucha, entre ellas la guerra de guerrillas, aunque sin disociarla de la lucha de masas. Ello implica no confundir al ERP con el PRT. Si bien el partido asume la dirección política y militar de la guerrilla, ambas instancias organizativas se encuentran diferenciadas.

Este precepto -tomado de la revolución vietnamita- implicaba que un porcentaje importante del PRT debía abocarse al trabajo político en los diferentes territorios donde la organización estaba presente o aspiraba a intervenir. Si bien no podemos ahondar en cada uno de ellos, y algunos de los artículos de este dossier se abocan a analizarlos, vale la pena mencionar los principales, que denotan la vocación de disputa integral que tenía la organización. En efecto, el despliegue de acciones armadas por parte del ERP fue acompañado -no sin tensiones y recaídas en lo que el propio partido definió como una desviación “militarista”- por la creación y el crecimiento de frentes de masas: desde el Movimiento Sindical de Base en el seno del activismo obrero, pasando por el Frente Antiimperialista y por el Socialismo (plataforma amplia que llegó a congregar miles de militantes y a variados referentes intelectuales y políticos), la Juventud Guevarista, el FATRAC, los Comités de Base a nivel barrial, así como la edición de varios periódicos y revistas de gran tiraje: El Combatiente (que en mayor esplendor ascendía a más de 20 mil ejemplares), Estrella Roja (con una tirada de 54 mil copias), Nuevo Hombre, Juventud Rebelde y el diario El Mundo (que los domingos vendía cerca de 100 mil ejemplares), además de diferentes publicaciones provinciales o locales, como Posición y Nueva Patria en Córdoba o Luchar y los Cuadernos de Información Popular en Buenos Aires.

Asimismo, una arista menos conocida pero que supo acompañar y apuntalar las prácticas del PRT-ERP durante sus años de existencia es, sin duda, la internacionalista. Como hemos mencionado, desde su génesis misma la organización tuvo una concepción de la liberación que trascendía las fronteras de Argentina. Ya en los tiempos del FRIP y del PRT previo a la ruptura con el morenismo, pero más aún en el devenir político-militar de los años setenta, la perspectiva latinoamericanista, la solidaridad activa con las luchas en otras latitudes del planeta, el hermanamiento e incluso el horizonte de confluencia con procesos revolucionarios y movimientos de la región y el Tercer Mundo fueron claves: desde la precoz lectura indoamericanista del primer aprismo, que concebía a América entera como un territorio a emancipar de la opresión neocolonial, pasando por la Tricontinental y la OLAS, la reivindicación de los ejércitos libertadores a nivel continental liderados por San Martín y Bolívar, la adscripción durante varios años a la IV Internacional (hegemonizada por la corriente trotskista liderada por Ernest Mandel) o la permanente apelación a la revolución cubana, a la vietnamita y al guevarismo, en todos los casos tendió a primar una identidad latinoamericanista, así como la asunción del carácter mundial del capitalismo como enemigo a combatir (en su fase imperialista) y la convicción de que era necesario construir el socialismo también a escala planetaria.

Sin desestimar los posibles ensayos de articulación y los puentes edificados previamente, será la Junta de Coordinación Revolucionaria (JCR) la mayor apuesta de internacionalismo militante concretada por el PRT-ERP. Fundada por el MIR chileno, Tupamaros de Uruguay, el ELN boliviano y la guerrilla argentina a finales de 1973, se hace pública su existencia a comienzos del año siguiente. Los golpes de Estado y la brutal represión sufrida en sus respectivos países, hacen que un núcleo importante de guerrilleros del MIR y Tupamaros se instalen en Argentina, a los que se suma un contingente del ELN boliviano. A lo largo de 1974 y hasta 1976 (momento en el que no solo el terrorismo estatal en Argentina, sino también la Operación Cóndor desarticuló toda posibilidad de coordinación mínima entre las guerrillas y asesinó a una inmensa cantidad de sus integrantes), la JCR realizó numerosas acciones, concretó una Escuela Internacional de Cuadros, gestó una agencia de prensa continental (APAL), editó una prensa común llamada Che Guevara y hasta llegó a elaborar un arma de fabricación propia.

Poder popular y revolución socialista

Sin duda la coyuntura abierta en marzo de 1973 en Argentina, le permitió intensificar al PRT-ERP su accionar y fortalecimiento a nivel integral, lo que redundó en un incremento de la cantidad de militantes, alcanzando presencia nacional, una importante militancia de base entre los sectores populares y la sólida implantación en las principales fábricas del país. La relativa “apertura democrática” propicia una apuesta mayor por el trabajo legal y también un crecimiento en la acumulación de fuerzas de la organización, teniendo como columna vertebral los ya citados frentes de masas. En este contexto, donde la lucha de clases se intensifica y la inestabilidad política se agudiza, Mario Roberto Santucho elabora el que quizás sea uno de los mayores documentos programáticos del PRT-ERP y de la nueva izquierda de los años setenta: Poder burgués y poder revolucionario.

Escrito en agosto de 1974, ensaya un análisis marxista de la historia política reciente del país con miras a dilucidar las particularidades de la revolución. Según su lectura, las clases dominantes han utilizado de manera reiterada dos formas fundamentales de dominación burguesa: la república parlamentaria y el bonapartismo militar. Luego de describir los rasgos distintivos de cada una de ellas, y de advertir que “una política revolucionaria debe saber utilizar todo tipo de armas, incluso aquellas que han sido creadas y son usadas con ventaja por la burguesía”, sin que esto equivalga a pensar que es posible producir cambios importantes meramente a través de la disputa electoral, postula una de las principales hipótesis que será una obsesión del PRT-ERP: “la ausencia hasta el presente de una opción revolucionaria de poder que ofreciera a las masas una salida política fuera de los marcos del sistema capitalista”. Entre los factores que han obturado esta necesidad, destaca el rol de las corrientes reformistas y populistas, que tienden a perderse “en el laberinto de la lucha interburguesa” o “difunden falsas esperanzas apoyando sin rubores a uno u otro dirigente de la burguesía pretendidamente ‘progresista’”.

El auge de masas y la exacerbación de la lucha de clases es interpretada por Santucho como la apertura de una situación revolucionaria en Argentina, es decir, de la existencia de “condiciones que hacen posible el derrocamiento del capitalismo y el surgimiento del nuevo poder obrero y popular socialista”. Este período, sin embargo, probablemente involucre años de duras y profundas movilizaciones, disputas y combates, donde la combinación de todas las formas de lucha será inevitable. Es aquí donde el máximo referente del PRT-ERP apela a los clásicos del marxismo, en particular a las reflexiones de Lenin y Trotsky, aunque también a otras experiencias históricas como las de la España revolucionaria y Vietnam, para teorizar acerca del doble poder (también definido como poder dual). Si bien una de las formas típicas de este tipo de poder ha sido el soviet, Santucho reconoce que las sucesivas revoluciones han ampliado el concepto, a tal punto que pueden existir expresiones de poder dual en contextos de insurrecciones parciales, donde se logre implantar en una región o provincia, bajo la denominación de zonas liberadas.

En el caso concreto de Argentina, la hipótesis que sostiene es que, al menos en un período inicial, el doble poder ha de desarrollarse -ya sea en el campo o en las ciudades- en forma desigual en distintos puntos del país, por lo que han de surgir localmente modalidades y “órganos de poder obrero y popular, ya sea permanentes o transitorios, coexistiendo con el poder capitalista”, aunque confrontando con él de manera constante y bajo el influjo de la movilización de masas. Esta perspectiva de construcción de un poder territorial requiere según él “encarar la solución soberana de los distintos problemas de las masas locales”, donde ellas mismas comiencen a tomar la responsabilidad de gobernar su zona, pero dista de concebirse como algo encapsulado y autosuficiente, ya que estos “órganos embriones de poder popular” debe ser resultado de un proceso general.

A pesar de lo radical y osado de sus planteos, lo cierto es que diferentes factores, tanto vinculados a debilidades internas y a errores políticos importantes, como especialmente al clima de creciente represión y aislamiento vivido en el país, impidieron que este tipo de apuestas pudiesen concretarse. El accionar parapolicial y la instauración a sangre y fuego de la dictadura cívico-militar el 24 de marzo de 1976, terminó de desarticular no sólo al conjunto de las organizaciones armadas (entre ellas por supuesto ERP) sino también a los núcleos militantes más activos del campo popular. El aniquilamiento físico de la fuerza social y política enemiga por parte del Estado y las clases dominantes, fue trágicamente aleccionador.

Sin embargo, el tizón se mantuvo encendido en fogones, encuentros clandestinos, tramas subterráneas, exilios internos y externos, cárceles y refugios, vínculos familiares y pequeñas semillas militantes, que poco a poco fueron enhebrando la memoria ardiente, para tejer nuevamente utopías y traer experiencias como las del PRT-ERP al presente. Para quienes comenzamos a participar en política a mediados de los años noventa, esa referencia resultó fundamental, como diálogo intergeneracional y en tanto “secreto compromiso de encuentro” con quienes se animaron a asaltar el cielo sin pedir permiso. Hoy, una vez más, toca encender la llama de la rebeldía para que esos sueños contagien entusiasmo y osadía. Esta vez para vencer y vivir.

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