Política y estrategia en el PRT-ERP

Federico Cormick recorre en este texto algunos de los debates que atravesaron al PRT-ERP en el camino a la Revolución. “Hace 50 años, en julio de 1970, con la fundación del Ejército Revolucionario del Pueblo, el Partido Revolucionario de los Trabajadores daba un paso trascendental que lo llevaría a ocupar un lugar destacado en la lucha popular y revolucionaria. La incorporación del ERP al acervo estratégico del PRT, fue parte de un rico proceso de construcción de una estrategia que se seguirá forjando en los años posteriores con la perspectiva de desarrollar una revolución social y conquistar la “patria socialista” en la Argentina. El PRT-ERP abonó así al amplio torrente militante que en nuestro país y en toda América Latina, se jugó todo por conquistar la ´liberación nacional y social´ de nuestros pueblos”.

Por Federico Cormick

El llamado de la revolución

Los 60 y 70 en América Latina fueron años de revolución.

A nivel mundial las luchas y proyectos populares, antiimperialistas y anticoloniales habían marcado ya el protagonismo del llamado “Tercer Mundo”. A su vez el socialismo como proyecto de superación al capitalismo se ensayaba en varios Estados, mientras en otros tantos puntos del globo las corrientes socialistas eran parte activa de luchas o proyectos de liberación, como lo demostró Vietnam ante los ojos del mundo.

En ese marco, el triunfo de la revolución cubana, su definición como socialista, y luego la caída en Bolivia del Che intentando ampliar esa gesta en el continente, empaparon de lleno la política latinoamericana. Las más diversas experiencias de lucha y corrientes políticas (nacionalistas, indigenistas, socialistas) se vieron influidas por ese espíritu rebelde y buscaron el camino de la revolución latinoamericana.

En muchos casos los antiguos partidos de izquierda fueron cuestionados por su inacción y fueron reemplazados por el protagonismo de una nueva izquierda. En el seno de las corrientes nacionalistas populares, a su vez, la radicalización también tuvo acento cubano, y se desarrolló con la perspectiva revolucionaria de un cambio en las estructuras sociales.

Este ciclo atravesó prácticamente a todo el continente, y en algunos casos logró ricas experiencias de poder que, sin repetir la trayectoria de Cuba, se reconocieron como hijas de esa gesta. Fue así en el Chile de Allende y la Unidad Popular (1970-1973) y fue así también en la Revolución Popular y Antiimperialista que alcanzó el poder en Nicaragua en 1979.

En la Argentina ese ciclo empalmó con un proceso de luchas que se venía acumulando desde el golpe militar de 1955, cuando los representantes más conservadores de las clases dominantes habían derribado al gobierno de Juan D. Perón y pretendieron abolir las conquistas obtenidas por el movimiento obrero. La resistencia peronista, nacida bajo la dictadura de Aramburu, tuvo expresiones diversas y se desarrolló durante décadas. Esa acumulación de experiencia dio un salto cualitativo en 1969 cuando el primer Rosariazo y el Cordobazo inauguraron un ciclo de alza en el movimiento de lucha que puso en primer plano a la clase trabajadora junto a la juventud estudiantil. Los alzamientos populares atravesaron el período de la Revolución Argentina (1966-1973), contribuyeron a la caída de la dictadura y el retorno del peronismo al poder, y se extendieron durante el período constitucional (1973-1976 ) con el Devotazo, el Villazo, y las Coordinadoras Interfabriles frente al Rodrigazo, cerrándose este período con el golpe de estado de 1976.

En este ciclo se amplió también la presencia de la lucha armada, que pasó a contar con organizaciones político militares de carácter nacional como Montoneros, PRT-ERP, Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR), Fuerzas Armadas Peronistas (FAP), Fuerzas Argentinas de Liberación (FAL), y Brigadas Rojas de la Organización Comunista Poder Obrero (OCPO) al final del período, además de una importante cantidad de organizaciones más chicas.

El PRT-ERP fue, sin lugar a dudas, la organización político militar más importante del campo de la izquierda no peronista y seguramente la segunda en importancia en el país para este período. Conformada originalmente como un partido político de izquierda en 1965, la fundación del ERP cinco años después supuso su integración al campo de las organizaciones político militares y un paso adelante en la constitución de una estrategia de poder que se irá puliendo -y también corrigiendo- en los años siguientes.

Inicialmente (sobre todo frente al gobierno militar) la lucha armada se transformó en el eje dominante (y a veces casi excluyente) del PRT-ERP, que por entonces imaginaba un ascenso difícil pero permanente de las fuerzas revolucionarias hacia al poder por medio de la confrontación abierta. A partir de la experiencia y los cambios de la política nacional la visión inicial del PRT-ERP se fue modificando dando lugar a una concepción mucho más compleja del poder, de la disputa de fuerzas, y en ese marco incluso del propio rol de la lucha armada, a la que siempre consideró un factor fundamental de su estrategia, pero que combinó de forma creciente con otros canales de lucha. En ese marco, a la construcción de “partido” iniciada en 1965 y del “ejército” incorporada en 1970, se añadieron nuevos “pilares estratégicos” del PRT-ERP: el frente y la solidaridad internacional.

El PRT-ERP fue forjando así una estrategia de poder para la Argentina de los años 70. En ese recorrido tiene, junto a otras organizaciones y experiencias y junto a miles de luchadores y luchadoras, un lugar destacado por su compromiso revolucionario. Por supuesto, ni los triunfos ni los fracasos de las revoluciones del siglo XX podrán repetirse en la realidad latinoamericana de este siglo XXI. Pero su experiencia si puede ser impulso para la reflexión y el aprendizaje de las generaciones que en el presente también buscan un mundo sin opresiones, sin explotación, solidario e igualitario.

 

De la fundación del partido al impulso de la guerra revolucionaria[1]

En 1965 se conformó el PRT, fruto de la fusión entre el Frente Revolucionario Indoamericanista y Popular (FRIP) dirigido por los hermanos Santucho, y Palabra Obrera (PO) encabezado por Nahuel Moreno. El indigenismo y antiimperialismo se fundieron así con la tradición trotskista, avanzando en lo que consideraban “una de las más grandes conquistas de la clase obrera”, al impulsar un “Partido Revolucionario que sea capaz de conquistar para ella el poder político y liquidar la dependencia del país, la explotación del hombre por el hombre y abrir el camino para la construcción de la Argentina Socialista”. El centro de la iniciativa estuvo puesto en desarrollar la influencia sobre el movimiento obrero a nivel nacional, lo que fue acompañado por una incursión electoral que permitió alcanzar cierta presencia legislativa en la provincia de Tucumán y que fue protagonizada por el dirigente azucarero Leandro Fote.

La experiencia unificada se sostuvo hasta 1968, cuando el debate alrededor de la lucha armada dividió aguas entre Santucho y Moreno. Para entonces, a dos años de que Onganía impusiera un duro régimen militar, tan antiperonista como anticomunista, y que se proyectaba sin fecha de finalización, el PRT-El Combatiente liderado por Mario Roberto Santucho realizó su V Congreso que cristalizó las características de lo que en adelante será el PRT-ERP, marcado por una estrategia de “guerra revolucionaria”. Ese mismo año, las FAP entrarían en escena en Taco Ralo, mostrando la presencia de las guerrillas peronistas frente a la Revolución Argentina.

Según el IV Congreso, se trataba de establecer una estrategia de poder y lucha armada para lograr la superación del capitalismo y construir una sociedad socialista en la Argentina. Partiendo de una visión heterodoxa del marxismo el PRT se referenció estratégicamente en el “castrismo”, planteando que “por una larga etapa la lucha revolucionaria se librará en las colonias y semicolonias” y que Latinoamérica era un “continente que vive un proceso de revolución permanente antiimperialista y socialista”, razón por la cual, también en la Argentina “la tarea de las tareas”, era “preparar la guerra revolucionaria”. Se trataría –a diferencia de la experiencia inicial de Cuba- de una “guerra prolongada” considerando entre otras cosas la “segura intervención del imperialismo” y la debilidad de las fuerzas de la revolución. La influencia Vietnamita parece en esto determinante.

Para entonces el PRT caracterizaba que en Argentina se vivía una “etapa de retroceso”, en que la clase obrera “aún no ha hecho su entrada como clase revolucionaria”, aunque el partido destacaba sectores de vanguardia en el norte. Además –en una lectura que pronto se mostraría errada- caracterizaba que se asistía a una “revolución ideológica” marcada por “síntomas serios de que la clase obrera está agotando su experiencia peronista”.

Sin un protagonismo abierto de las luchas populares, lo central para el PRT era que existían “condiciones objetivas” para la revolución por la falta de desarrollo de las fuerzas productivas, la existencia de clases revolucionarias y la falta de salida para las capas intermedias. Estas “condiciones revolucionarias” debían ser aprovechadas, desarrollando una lucha armada que permita “superar la contradicción” entre esas condiciones objetivas y “la falta de madurez revolucionaria” de la clase obrera y el pueblo. Este planteo partía del presupuesto de que “a veces las masas están atrasadas en la forma de lucha que corresponde a la época y los revolucionarios deben tratar de difundirlas”, ya que “solamente en el curso de esa lucha revolucionaria (…) la clase revolucionaria adquirirá ‘la nueva conciencia política necesaria’.” De esta forma, aunque cuestionaba explícitamente las experiencias “foquistas” de los años 60, y planteaba la necesidad de una lucha basada en el protagonismo de la clase obrera, el PRT rescataba el criterio según el cual las acciones armadas podían ser motorizadoras de un impulso de la lucha popular.

Así, con la lucha armada como elemento rector, el PRT estableció en el IV Congreso que junto al partido debía incorporarse un segundo pilar estratégico: el ejército. Este debía desarrollarse centralmente en el campo, desplegando numerosas “columnas móviles” para una “guerra de movimientos” (de lo contrario –decía-, no podía hablarse de ejército sino de “desperdigados destacamentos de combate” en las ciudades). La construcción de este ejército rural era estratégica, y en ese marco, la posibilidad de levantamientos obreros urbanos debía ser considerada “táctica” en relación a esa tarea estratégica. A su vez, el partido debía asumir otras tareas: intervenir sobre la clase obrera como un “lugar fundamental de trabajo” y desarrollar la propaganda y la agitación.

En lo que respecta a sus propuestas políticas, para este momento el PRT estaba atado aún a una perspectiva maximalista. Su sistema de consignas incluía un programa mínimo, uno de transición y uno máximo, pero sostenían que era hora de fortalecer los dos últimos, ligando las luchas parciales con la perspectiva de la guerra y el socialismo. En ese marco rechazaban abiertamente la viabilidad de consignas intermedias de poder como “Asamblea Constituyente” (a la que caracterizaban como abstracta, ambigua y de concesión a la pequeña burguesía) y sostenían en cambio la necesidad de propagandizar directamente la apuesta a un “Gobierno Revolucionario Obrero y Popular”. Otras cuestiones que después cobrarán relevancia, como el problema democrático, el momento electoral, la iniciativa frentista, el desarrollo de formas de poder dual y las consignas transicionales de poder estaban completamente ausentes aún.

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Bajo el signo del Cordobazo

El PRT se había lanzado al desarrollo de su perspectiva estratégica con una expectativa muy moderada en la posibilidad de un auge de masas,

Sólo un año después, sin embargo, la clase obrera irrumpió en 1969. El partido analizó pormenorizadamente “las jornadas de mayo” prestando particular atención a las formas de violencia popular. Aún así, señaló reparos frente a las corrientes que mostraban expectativas en un proceso insurreccional basado en el movimiento “espontáneo” en las ciudades, tendencia que presionaba hacia un corrimiento de las definiciones estratégicas ya elaboradas.

A su vez, frente a la crisis abierta, rechazó enfáticamente la posibilidad de una salida institucional/electoral sobre la que empezó a hablarse entonces, entendiendo que se trataba de maniobras de “la oposición burguesa”. Partiendo de la consigna “ni golpe ni farsa electoral”, propuso coordinar los distintos ámbitos de lucha y construir el partido y el ejército, para promover una perspectiva revolucionaria que permitiera el “derrocamiento revolucionario de la dictadura”. Aunque esta era una primera muestra de su desestimación de otros canales de lucha que más adelante tendrá costos para el partido, el PRT no se equivocaba al percibir que el proceso de lucha en curso tenía mucho más para dar, al punto de amenazar efectivamente con “derrocar revolucionariamente” al gobierno militar.

En este marco, la irrupción de masas fue leída por el PRT como un elemento que confirmaba y “enriquecía” la existencia de una “etapa prerrevolucionaria” visualizada previamente, permitiendo plantear consignas “transicionales” hacia el ejército popular, como “comandos de resistencia” o “grupos de autodefensa”. Se confirmaban y ampliaban entonces las condiciones para el desarrollo militar previsto, y el PRT se volcó con energía a desarrollar acciones armadas en zonas urbanas.

 

Nace el Ejército Revolucionario del Pueblo

Para 1970 las organizaciones político militares consolidaban su protagonismo y presencia nacional. Tras la difusión del secuestro del cónsul paraguayo realizado por la FAL en marzo, Montoneros se presentó en público dos meses más tarde con el secuestro de Aramburu, y lo mismo sucedería con las FAR luego del copamiento de la localidad de Garín en el mes de julio.

En ese marco, luego de una nueva ruptura atravesada por las distintas lecturas de cómo llevar adelante la lucha armada y su relación con el movimiento de masas, el PRT realizó su V Congreso. Para entonces, según sus propias palabras, los militantes perretistas ya estaban “metidos hasta el pescuezo” en la lucha armada, con “más de medio Partido en la clandestinidad y combatiendo”. Su conclusión fue contundente: “la guerra civil revolucionaria ha comenzado en nuestro país”. Esta definición, presentada como una caracterización de la situación a partir de la ampliación de la lucha armada y del auge del movimiento de masas, era a todas luces exagerada. Presentaba como “guerra civil” una situación marcada por el protagonismo de la lucha popular y donde una serie de guerrillas realizaban acciones de propaganda armada, financiamiento y aprovisionamiento que contribuían al desgaste de la dictadura; pero en donde no había nada parecido a una participación popular (civil) en un conflicto bélico. Se trataba en realidad de una definición política (más que de una descripción objetiva de la situación): el PRT había decidido  que se volcaría de lleno a la lucha armada. De ahí que el congreso se propuso “incorporar a todo el Partido a la guerra”.

La principal definición del V Congreso fue la fundación del ERP, que a diferencia de lo planteado en el IV Congreso, pasaba a estructurarse contando con pequeñas unidades urbanas y sin haber hecho pie en las zonas rurales. Las definiciones partidarias eran claras al explicar que no se trataba de un “ejército” propiamente dicho (como se había propuesto en el IV Congreso), sino de una guerrilla, un “embrión”, cuyo propósito era aportar en un futuro a la formación de un verdadero ejército popular de masas. No obstante su denominación como “ejército” contribuía en los hechos, a afirmar la idea de una guerra civil ya iniciada.

En un contexto de alzamientos urbanos, el partido revisó también el escenario en que se movería el ERP. La preeminencia rural de la lucha armada sostenida en el IV Congreso fue matizada, señalando ahora “dos elementos militares principales”: Por una parte la lucha armada en el campo, que  se iniciaría como guerra de guerrillas y aspiraba a convertirse en un futuro en una guerra de movimientos, cuyo escenario principal sería Tucumán. Y por otra parte la lucha armada en las grandes ciudades como Córdoba, Rosario y Buenos Aires. Evidentemente la importancia del ciclo de luchas abierto con el Cordobazo había llevado a revisar, al menos en parte, su posición inicial. Justamente en ese marco, el partido se planteó, además,  la “necesidad estratégica” de “actuar en los movimientos de masas”, articulando la propaganda por la guerra y el socialismo con el trabajo sobre las reivindicaciones inmediatas, apostando a disputar la dirección de los organismos de lucha del pueblo.

En los hechos, sin embargo, la consigna “todo el partido a la guerra” fue la que impregnó la política partidaria del período. La preparación para la guerra revolucionaria fue confundida con la guerra en sí misma, a la que a su vez se veía como punto de inicio de un camino ininterrumpido hasta la victoria. El resultado inmediato fue una orientación unilateral que marcó el período militarista (tal como lo llamaría luego el mismo PRT-ERP), con un crecimiento exponencial del ERP, aunque descuidando otros frentes de construcción política.

Ente 1970 y 1972 el ERP desarrolló numerosas acciones (desarmes, repartos, tomas de establecimientos, secuestros de empresarios, asaltos a bancos,  fugas de presos, etc.); algunas de las cuales, como el secuestro de Sallustro y aún más la fuga de Trelew, alcanzaron el centro de la escena nacional. Que el enemigo a enfrentar fuera la dictadura militar colaboraba con la unificación de sectores diversos y daba mayores elementos para sostener la necesidad de una respuesta armada como contraparte de la violencia represiva del Estado.

Tal fue la preeminencia dada al plano militar por parte del PRT, que incluso las principales orientaciones vinculadas con la intervención política fueron canalizadas por medio del ERP. Así, por una parte, la naciente política de alianzas del partido, estuvo marcada en esta etapa por la campaña del ERP en pos de la “unidad de las organizaciones armadas”, cuyo hito más destacado fue la fuga del penal de Rawson.

Y a su vez el ERP fue también el canal para desplegar por primera vez una propuesta programática de “mediación” que proponía consignas aprehensibles para sectores de masas, con la expectativa de aportar a su radicalización. Este programa planteaba la necesidad de la “liberación nacional y social de nuestra patria”, que se alcanzaría mediante el “establecimiento de un sistema de gobierno de Democracia Social, Gobierno Revolucionario del Pueblo, dirigido por la clase obrera”, apostando a la “Plena participación en el poder de todo el pueblo, a través de sus organismos de masas”. De esta forma, el PRT-ERP enriquecía su planteo político, más allá del impulso de “la guerra revolucionaria y el socialismo”, en la búsqueda de ampliar la base social y política para un proyecto revolucionario.

En estos años la lucha armada creció al compás de la propia radicalización del movimiento de masas, que alcanzó enorme masividad y combatividad en el Viborazo de marzo de 1971, y volvió a mostrarse bien activo al año siguiente, con los levantamientos populares en Mendoza, Tucumán y otros puntos del país. La confluencia de las luchas populares y del accionar creciente de las guerrillas llevó al desgaste y finalmente la retirada de la dictadura militar que se vio obligada a llamar a elecciones para 1973.

En ese marco, las organizaciones político militares alcanzaron grados de adhesión y simpatía notables. Un claro ejemplo fue la reacción popular en repudio a la masacre de Trelew, en donde el canto en favor de las guerrillas se expandió a nivel masivo. Poco después su lugar era reconocido y reivindicado en la propia campaña electoral, y luego en el Devotazo, cuando decenas de miles de personas se movilizaron por la libertad de las y los presos políticos bajo consignas como “todos los guerrilleros son nuestros compañeros”.

La fundación y desarrollo del ERP, entre 1970 y principios de 1973 fue, como está a la vista, un elemento central para el desarrollo del PRT-ERP que en este período alcanzó su reconocimiento nacional y se ubicó como coprotagonista de una lucha inédita en nuestro país que llevó al repliegue de la dictadura militar ante la ofensiva de un potente movimiento popular y sus organizaciones.

La apertura democrática y los nuevos desafíos políticos

El curso que siguió el proceso político, con el impulso del Gran Acuerdo Nacional (GAN) por parte de Lanusse y su cristalización en las elecciones de marzo de 1973, no estaba entre las previsiones iniciales del PRT-ERP que, al igual que gran parte de la izquierda, imaginaba un proceso continuo que iba de la resistencia frente a la dictadura a la conquista del poder político.

Por esa razón, el GAN y aún las mismas elecciones de 1973 que permitieron el retorno del peronismo al poder tras 18 años de proscripción y que inauguraron, con la corta presidencia de Cámpora, la experiencia de gobierno más progresista que conociera el país hasta el momento, fueron caracterizados por el PRT-ERP como una trampa, un desvío de la lucha revolucionaria.

Tenía razón el PRT-ERP al considerar que si Lanusse aceptaba una salida electoral e incluso a su pesar habilitaba el retorno del peronismo (aunque proscribiendo a Perón), lo hacía porque veía con suma preocupación el proceso de radicalización y la posibilidad de que la lucha popular derivara en una revolución social. Pero el partido se equivocaba al ligar de forma lineal los planes de Lanusse con la heterogénea constelación peronista y afirmar, como sostuvo hasta el 25 de mayo de 1973, que las mayorías populares eran indiferentes ante el cambio de gobierno.

En los hechos, lejos de la “revolución ideológica” de la que había hablado el PRT-ERP, amplios sectores populares consolidaron su vínculo con el peronismo. En ese marco Montoneros se volcó de lleno a la campaña del FREJULI y traccionó a las FAR. De esta forma, las guerrillas con las que el PRT-ERP había planteado la unidad estaban ubicadas en otro campo político. A su vez, la dictadura, que había sido un enemigo aglutinador para la lucha revolucionaria, se había replegado.

Cámpora, en un gesto que consolidaba las expectativas de la izquierda peronista, inauguró su mandato el 25 de mayo acompañado de los dos presidentes socialistas latinoamericanos, Osvaldo Dorticós de Cuba y Salvador Allende de Chile. La jornada fue acompañada de la toma multitudinaria de las calles para festejar el triunfo electoral y el retiro de la dictadura, y se coronó con la liberación de los presos políticos por exigencia popular frente a las cárceles, en el Devotazo. El sostenimiento de la movilización siguió marcando la realidad política, desde las tomas de establecimientos y las luchas gremiales, hasta la masiva movilización por la vuelta de Perón.

Para el PRT-ERP fue un momento de tensiones internas que en los casos más extremos llevó al desgranamiento de fracciones. Entre otras cosas, los debates sobre la sobredeterminación de las acciones militares por una parte, y el reclamo de un mayor acercamiento a la experiencia peronista con el apoyo electoral a Cámpora por la otra, fueron elementos de peso en estas rupturas que dieron lugar al PRT Fracción Roja y al ERP 22 de agosto respectivamente.

En el PRT-ERP distintos elementos limitaron la posibilidad de una reflexión a fondo sobre ese momento político: a nivel interno, la resolución por la vía de rupturas y expulsiones bajo la dañina teoría de que existía una “lucha de clases al interior del partido”, y a nivel nacional la brevedad del gobierno camporista, que fue seguido -desde la masacre de Ezeiza en adelante- por una escalada represiva creciente. Con todo, en los años siguientes el proceso empezó a ser resignificado por el PRT-ERP, incorporando una cuota de valoración positiva al recambio gubernamental, por expresar el triunfo popular contra la dictadura.

Frente a este cambio de ciclo político, ya desde fines de 1972 el PRT-ERP comenzó a perfilar una reorientación importante en su política, que se desplegó con ímpetu bajo los gobiernos peronistas. Dejando atrás aquella intervención casi unilateral que ponderaba la vía armada por sobre otras formas de lucha y acción política (predominante durante la dictadura militar), el PRT-ERP pasó a desarrollarse con mucha más potencia en varios planos simultáneamente, incluyendo la esfera militar. Esta diversificación no siempre fue armónica. De hecho en varias oportunidades la relativa autonomía de la lógica militar repercutió negativamente en otras construcciones. La valoración del ERP, sin embargo, fue también un elemento de mucha influencia para que numerosos/as activistas se incorporaran a las filas del PRT.

Lucha armada y lucha política

En lo que respecta al plano militar, la apuesta partidaria fue seguir ampliando las iniciativas que se venían desarrollando en el último año de la dictadura dando un salto en calidad en su capacidad operativa, con la realización de grandes acciones. Su inicial caracterización del “régimen parlamentario” como una simple forma de continuidad de la dominación de clase que ejercía la dictadura militar colaboró con esta perspectiva que fue inaugurada, justamente, bajo el argumento no solo de garantizar el retiro de Lanusse sino también de “condicionar” al futuro gobierno peronista.

Bajo esas premisas se llevó adelante el asalto al Batallón 141 de Córdoba, la acción más espectacular realizada por el ERP hasta el momento, a sólo 20 días de que se realizaran las elecciones del 11 de marzo de 1973. De todas formas, aunque esta operación militar inaugura el ciclo de grandes acciones del ERP, y si bien el PRT-ERP rechazó formalmente la propuesta de Cámpora de realizar una tregua con las guerrillas, en los hechos la organización suspendió las grandes acciones y redujo sensiblemente su actividad hasta bien entrado el año, realizando de facto la tregua que no estaba dispuesto a firmar públicamente. La carta en la que el ERP respondía a la propuesta a Cámpora, en donde de forma contradictoria se planteaba la continuidad del combate a las FFAA (y a las grandes empresas) pero se suspendían los ataques al gobierno y las policías (forzando una separación entre instituciones que era inviable para cualquier experiencia gubernamental), es una muestra de la tensión y del principio de revisión que estaba presente en el PRT-ERP en este período.

Pero la primavera camporista fue breve y se cerró dramáticamente con la masacre que en Ezeiza provocó la derecha peronista bajo el mando directo de Osinde y la orientación de López Rega, quien colocó ya entonces a su testaferro y yerno en la presidencia. Con el ascenso de Lastiri, que el PRT-ERP caracterizó como “autogolpe contrarrevolucionario”, y con la ampliación de las presiones y acciones paramilitares de la derecha (que ya en noviembre dio a conocer la Triple A con el atentado a Solari Yrigoyen) el ERP retomó la línea de enfrentamiento abierto mediante grandes acciones en septiembre, ahora con el fallido asalto al Comando de Sanidad del Ejército, que se proponía, nuevamente, condicionar al gobierno que Perón inauguraría un mes más tarde. No fue la única organización que retomó la iniciativa militar: 20 días más tarde el líder de la CGT era ultimado por la guerrilla peronista.

En los dos años posteriores, la orientación militar del PRT-ERP continuó con grandes operaciones militares que avanzaban sobre los propios cuarteles militares: la Guarnición Militar de Azul (19/01/1974), la Fábrica Militar de Villa María y el Regimiento de Infantería de Catamarca (11/08/1974), el Batallón de Arsenales 121 Fray Luis Beltrán (13/04/1975) y finalmente el Batallón de Monte Chingolo (23/12/1975). A su vez, desde la toma de la localidad de Acheral en mayo de 1974, se hicieron públicas las acciones de la guerrilla rural del ERP impulsada en Tucumán.

Lo más significativo del período abierto tras la Revolución Argentina, sin embargo, fue el amplio desarrollo político y a nivel del movimiento de masas que desplegó el PRT-ERP, generando una acelera experiencia que enriqueció su acervo político y estratégico.

Como parte de este despliegue debemos señalar la ampliación de su incidencia en el movimiento obrero. La orientación hacia la militancia en fábricas (un planteo sostenido desde el inicio por parte del PRT), tuvo en este período su mayor desarrollo. De esta forma el peso sindical y político del partido entre la clase trabajadora creció de forma notable, con particular desarrollo en Córdoba, en Villa Constitución y en el Gran Buenos Aires, mientras se sostenían importantes trabajos en diversas provincias como Tucumán. Este crecimiento fue acompañado por el impulso del Movimiento Sindical de Base conformado a mediados de 1973, y la participación del PRT-ERP en instancias unitarias como ser la Mesa de Gremios en Lucha de Córdoba  y las Coordinadoras Interfabriles del Gran Buenos Aires.

A su vez, aunque con una incidencia menor que sobre el movimiento obrero, el PRT-ERP desplegó su influencia también sobre otros sectores populares: el movimiento territorial y villero, las ligas agrarias, el movimiento de derechos humanos (en particular por la libertad de las y los presos políticos), la juventud y el movimiento estudiantil.

Con todo, uno de los principales cambios operados en el PRT-ERP durante este período consistió en el fortalecimiento de la intervención política. De hecho, la sensibilidad ante el movimiento de masas, y la voluntad del PRT-ERP de empalmar con él para hacer realizable el proyecto revolucionario, lo llevó a tomar nuevas iniciativas y definiciones que no estaban contempladas en su perspectiva estratégica inicial, y que incluso implicaron contradecir y superar presupuestos planteados en 1968 y 1970. Se trata del momento de mayor riqueza y exploración política por parte del PRT-ERP que está atravesado por una serie de experiencias diversas. En este recorrido se destacan los ensayos y el paulatino cambio de visión frente a los episodios electorales, la creciente atención al plano democrático de la lucha, el esfuerzo puesto en el desarrollo de una política frentista, y en ese marco, la resignificación del rol de la política en el proceso estratégico para la toma del poder.

 

Una revisión sobre la cuestión electoral

Ante el cambio en el escenario político un primer gran desafío que tuvo que afrontar el PRT-ERP fue dar respuesta ante el proceso electoral. El partido contaba con una experiencia de 1965, con dirigentes azucareros tucumanos participando en listas dirigidas por sectores del peronismo combativo, lo que había llevado al naciente PRT a conquistar algunas bancas e impulsar una legislación (la “ley Fote”) para abrir a supervisión de los sindicatos los libros de contabilidad de los ingenios azucareros. Pero esa experiencia, abortada con el golpe de Onganía, era parte del período previo a la fundación del ERP. Para el PRT del IV y V Congreso, la consigna había sido “ni golpe ni elección, desarrollar la guerra revolucionaria”, considerando a la intervención electoral como una práctica reformista.

Largado el GAN, la dirección comenzó a incorporar en la agenda el problema electoral, pero lo hizo formalmente, sin una apropiación real. De hecho, en los mismos informes donde se planteaba la necesidad de prepararse para una eventual elección, se seguía sosteniendo que se trataba de una “farsa”, frente a la cual lo más probable sería el boicot. En sintonía con el clima “militarista” importantes sectores de la militancia desestimaron la intervención electoral y la apertura democrática, e incluso hablaron de la “vacilación de la pequeña burguesía a la guerra y el socialismo”, o el “abandono de la línea política estratégica fijada en el V Congreso”.

En este marco, el PRT-ERP rechazó acuerdos y negó su apoyo a otros sectores políticos. Desestimó la posibilidad de construir una propuesta común tanto con el Frente de Izquierda Popular (FIP) dirigido por Abelardo Ramos como con el PRT-La Verdad (luego PST) encabezado por Moreno. Evitó confluir o apoyar a la Alianza Popular Revolucionaria (APR) liderada por Oscar Alende que era respaldada por el Partido Comunista (PC), y fue aún más reacio a un posible apoyo a Cámpora, como planteó un sector del partido empatizando con el protagonismo que la izquierda peronista había asumido en la campaña electoral del FREJULI.

Así, con poca experiencia electoral y un partido en la clandestinidad, el PRT-ERP intentó fallidamente generar las bases para una propuesta electoral propia a partir del impulso de Comités de Base. Pero las orientaciones para estos comités eran contradictorias, ya que se promovía el boicot a las elecciones, e incluso la preparación militar a pequeña escala poniendo en tensión la apuesta al trabajo legal. Con este cuadro, al aproximarse el momento electoral, el PRT solo logró dar forma a algunas herramientas provinciales, con dificultades para alcanzar sus personerías. Solamente experiencias muy focalizadas, como la de Baradero, pudieron superar ese límite, congregando a sectores diversos (provenientes del peronismo, del PC, y del cristianismo) bajo un programa de reorganización social profunda, permitiendo que algunos militantes del PRT-ERP fueran elegidos como concejales. Con esta visión el partido llegó a las elecciones de marzo sin una propuesta nacional propia, y terminó llamando a la abstención y promoviendo un voto programático que denunciaba la “farsa” electoral. Lo hacía imbuido en un microclima que le impedía percibir las expectativas populares y  lo llevó poco antes de los comicios a afirmar que “el sentimiento de las masas frente a las elecciones [es] de total indiferencia y desesperanza”.

Tras la masividad del voto al peronismo el PRT matizo parcialmente sus críticas al presidente electo, aunque negó la posibilidad de un armisticio y tampoco revisó oficialmente su línea de abstención para la segunda vuelta de elecciones provinciales del 15 de abril, aunque en los hechos y ante las presiones de la propia militancia cordobesa, dio vía libre para que se votara a la formula más radicalizada del FREJULI compuesta por Obregón Cano y Atilio López.

La frustración de este primer ensayo electoral y la acelerada experiencia política de estos meses de apertura, llevaron a una actitud diametralmente distinta ante la siguiente convocatoria electoral realizada en septiembre. Para este momento, en un marco de creciente conflictividad en las filas del peronismo entre su ala izquierda y derecha, y ante la candidatura de Juan D. Perón que hacía guiños sólo hacia la última, el PRT-ERP se propuso canalizar las expectativas de radicalización que expresaba un sector de la avanzada obrera y popular, incluyendo a sectores del peronismo que empezaban a chocar con Perón. En consecuencia intentó un acercamiento con Raimundo Ongaro, principal dirigente de la Federación Grafica Bonaerense y de la CGT de los Argentinos y referente del peronismo combativo. Aunque no logró su aval, si consiguió la adhesión de Armando Jaime, dirigente de la CGT clasista de Salta, referente del Frente Revolucionario Peronista (FRP), que expresaba a los sectores del peronismo que mayores niveles de ruptura habían desarrollado con el líder del movimiento. Junto a él, el PRT-ERP convocó a Agustín Tosco, referente de la CGT de los Argentinos, líder de Luz y Fuerza de Córdoba, quien contaba con una notable ascendencia sobre el movimiento obrero cordobés. La posible fórmula Tosco-Jaime generó importante expectativa en sectores del movimiento popular, y fue uno de los móviles principales que permitió convocar a unas cinco mil personas al encuentro del Frente Antiimperialista y por el Socialismo (FAS) en Tucumán el 18 de agosto de 1973. Allí estaban, entre otros, los peronistas combativos del FRP y Montoneros-Columna Sabino Navarro, los socialistas de El Obrero y Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), los maoístas del Partido Comunista Marxista Leninista (PCML), y los trotskistas del Partido Socialista de los Trabajadores (PST) y Política Obrera, entre otros.

De esta forma, el PRT-ERP que hasta hacía muy poco tiempo había desestimado por completo esta vía de la acción política, se transformó en 1973 en el principal articulador de una propuesta electoral que pretendía unificar a amplios sectores combativos. A las dificultades de una apuesta de esta envergadura, se le sumaba una coyuntura difícil para desplegar una propuesta política independiente de la izquierda: debía competir con el dirigente más influyente de la realidad argentina, que volvía al poder después de 18 años de exilio, y que contaba con el apoyo, en primer lugar de amplias mayorías populares peronistas, pero también (al menos por un tiempo) de la gran mayoría de la izquierda peronista, e incluso de sectores de la izquierda tradicional como el PC.

En ese marco, la apuesta perretista no prosperó (y de hecho, carente de fórmula propia, el partido volvió a caer en la abstención). Pero el trabajo realizado alrededor de la posible candidatura de Tosco había transformado las valoraciones de la militancia en lo que refiere a la articulación de distintas formas de lucha. En abierto contraste con el imaginario del IV y V Congreso, la intervención electoral ya no era concebida como expresión del “reformismo” y como contrapuesta a la lucha (y la guerra) por el socialismo, sino entendida como un elemento que podía contribuir a ella. Lejos de la apatía o el rechazo que generaron las elecciones de marzo, el encuentro de Tucumán fue un momento movilizador, que contribuyó a la reafirmación del proyecto revolucionario.

La incorporación de la política electoral en las consideraciones del PRT-ERP permitió incluso definiciones mucho más distantes del imaginario del IV y V Congreso, conforme se fueron acelerando los acontecimientos y la dinámica represiva del gobierno de Isabel Perón obligó al PRT-ERP a asumir definiciones defensivas frente al golpismo.

Ya frente a la ofensiva del gobierno nacional contra los gobernadores progresistas del peronismo en Buenos Aires, Córdoba, Mendoza, Santa Cruz y Salta iniciada a comienzos de 1974, el PRT-ERP adoptó una línea democrática de defensa de los derechos políticos conquistados que incluía, sobre todo para el caso de Córdoba, el reclamo de una convocatoria a elecciones. De esta forma, en un contexto crecientemente represivo, el PRT-ERP incorporó la defensa de las elecciones libres como una de sus banderas de lucha.

Luego, ante el desarrollo de las jornadas de junio y julio de 1975 que mostraron el protagonismo del movimiento obrero (ahora con epicentro en Buenos Aires) y obligaron a renunciar al ministro de economía Celestino Rodrigo, y al odiado impulsor de la Triple A y ministro de bienestar social José Lopez Rega, el PRT-ERP retomó el reclamo de elecciones libres, ahora ligándolo con la necesidad de una Asamblea Constituyente.

Tan importante fue la revisión de su política en este plano, que ante el anuncio realizado por Isabel Perón a fines de 1975 sobre el adelantamiento de elecciones (que pasarían a realizarse en octubre de 1976) con el objetivo de contener el golpe de estado que se avecinaba, el PRT-ERP volvió a tomar la agenda electoral, promoviendo ahora (considerando el escenario golpista) un amplio frente democrático y progresista que iba desde Cámpora y Alende hasta el conjunto de la izquierda peronista y no peronista.

 

Un paso estratégico: el frentismo  

En el marco del ascenso de masas, con la necesidad de enfrentar la política del GAN, y al ritmo de la exploración de una respuesta electoral, el PRT fue avanzando hacia una nueva definición que adquirirá carácter estratégico y que no estaba contemplada en las perspectivas del IV y V Congreso: el frentismo.

Una primera aproximación fue el impulso de la revista Nuevo Hombre (segunda época) que salió a la luz en marzo de 1972 bajo la dirección del intelectual de izquierda Silvio Frondizi. En las páginas de esta revista promovida por el PRT-ERP, se difundían posicionamientos de diversas organizaciones armadas marxistas y peronistas, y de distintos sectores del movimiento de lucha, y se buscaba marcar una línea de acción política común.

Justamente desde las páginas de Nuevo Hombre, en 1972 se empezó a plantear la necesidad de un “frente del pueblo”, como contraparte al Frente Cívico de Liberación Nacional (FreCiLiNa) que encabezaba el peronismo como propuesta electoral. Desde el inicio para Frondizi esa orientación estaba ligada necesariamente a la cuestión electoral, lo que implicaba “una prueba no precisamente fácil para los vanguardistas del proceso revolucionario que deberían asumir una actitud amplia” en virtud de “la perspectiva que significa la realización de comicios electorales en nuestro país”. En consecuencia Frondizi acompañó los Comité de Base, promovió una intervención en las elecciones de marzo en base a ese frente, y finalmente entró en contradicción con el PRT-ERP cuando esté se volcó a una línea abstencionista.

La propuesta frentista empezó a definirse más claramente hacia octubre de 1972, cuando Nuevo Hombre convocó en tapa y nota central a formar “un verdadero Frente Antidictatorial y Antiimperialista” promoviendo una “gran asamblea” de todos los sectores, interpelando particularmente a “los Peronistas de Base, los Peronistas Revolucionarios, los Comunistas, los Socialistas y Cristianos Revolucionarios, Radicales antiimperialistas”.

Sobre la base de esa propuesta, en diciembre de 1972 se realizó una asamblea de fuerzas populares en Córdoba con unos 200 asistentes del PRT y sus aliados más cercanos, y se dio nacimiento también a la Revista Posición en Córdoba, construida con una perspectiva frentista similar a Nuevo Hombre. Una nueva convocatoria en Entre Ríos se realizó al mes siguiente, con características similares. De todos modos, hasta el momento la cuestión frentista no ocupaba un lugar relevante en las orientaciones de la dirección partidaria. Fue recién con posterioridad al triunfo de Cámpora que la dirección del PRT empezó a insistir internamente sobre la necesidad de un “frente antiimperialista” con sectores progresistas y revolucionarios, aunque por el momento no se enfocaba en tareas de “frente único” con otras fuerzas, sino en un trabajo desde el “frente legal” del partido, sobre la propia periferia. Bajo esa orientación en mayo de 1973 se hizo un tercer encuentro “Pro formación del Frente Antiimperialista y por el Socialismo” en Córdoba similar a los anteriores.

Hacia agosto, la revisión sobre la perspectiva electoral tuvo un efecto positivo sobre la iniciativa frentista. Bajo la influencia de los candidateables Tosco y Jaime, el cuarto encuentro antiimperialista realizado en Tucumán multiplicó unas 20 veces la convocatoria y mostró por primera vez, la potencialidad de articular en una propuesta común todo un campo político con perspectiva revolucionaria que se encontraba fragmentado. Con ese FAS de agosto, contando con delegaciones de muy diversos puntos del país y representaciones de diversas luchas y de sectores obreros y populares, nacía una experiencia frentista inédita en el país. Allí se definió un programa que incluía demandas obreras, campesinas, democráticas, de acceso a la salud y la educación, junto a otros planteos como la estatización de los monopolios y la ruptura con organismos internacionales. Y se logró establecer a ese encuentro como un punto de partida para un recorrido que habría de sostenerse en el tiempo, apostando a encauzar efectivamente a todo un campo del movimiento de lucha que se identificaba con el proyecto revolucionario.

Solo 10 días después el PRT dio un nuevo paso que empalmó también con su política frentista: dio inicio a la publicación más audaz que había impulsado hasta el momento. El nuevo Diario El Mundo, pretendía disputar en el campo de los medios masivos y ampliar la influencia del partido y del proyecto revolucionario, y lo hacía contando con la colaboración de periodistas y militantes de distintas extracciones políticas, desde el peronismo de izquierda hasta el PC.

En ese marco, además, el PRT-ERP fue parte activa de la actividad política en confluencia con diversos actores, como se expresó en el acto a un año de la masacre de Trelew realizado en Congreso, y también en una serie de actos desplegados en los meses siguientes por diversos motivos, como los homenajes a Pujals y Cooke, al Che, o la concentración contra el golpe en Chile.

Tras meses de intensa actividad política se llegó al congreso del FAS de noviembre en el Chaco, que congregó a unos 12.000 activistas y que aprobó un nuevo programa de acción luego de dos días de debate y agitación. El nuevo programa del FAS incorporó objetivos y consignas referidas a la cultura, las condiciones de vida de los pueblos originarios y al rechazo al pacto social; y un último apartado incluía la lucha “por el socialismo”. Además, tomando en cuenta la escalada represiva, el encuentro impulsó la constitución de un Frente Antifascista más amplio.

Para entonces, contando con el apoyo de una multiplicidad de organizaciones y agrupamientos, el FAS se había logrado estructurar con algunos apoyos clave: el FRP de Armando Jaime en primer lugar, y los diversos grupos que estaban conformando Poder Obrero en segundo lugar. Entre las figuras políticas, sin dudas la presencia de Tosco era la más influyente, y junto a él, la participación de Alicia Eguren, dirigente del peronismo revolucionario y compañera de John William Cooke, constituía una pieza clave en la apuesta a una apertura hacia más sectores del peronismo combativo. Se destacaba además la presencia de sacerdotes del Tercer Mundo representados por Miguel Ramondetti, y más adelante la del abogado y diputado peronista Ortega Peña.

Este recorrido fue plasmando progresivamente en conclusiones políticas en el PRT-ERP y fue sistematizado en un artículo de enero de 1974 en donde se argumentaba el carácter estratégico (junto al partido y el ejército) del “frente de liberación”. Este “ejercito político de las masas”, como lo llamaban apropiándose de las formulaciones vietnamitas, era entendido como una alianza “de todas las clases oprimidas: proletariado, campesinos, villeros, capas medias”, opuesta a “los explotadores”, que debía ligar la “liberación nacional” con la “liberación social”. El FAS era caracterizado como un embrión de ese futuro frente, al que debían sumarse nuevos sectores, que iban desde el peronismo revolucionario hasta el PC. Esta experiencia y estas definiciones dan cuenta de una transformación cualitativa en el desarrollo político y estratégico del PRT. La apuesta –que el PRT empezó a plantearse a partir del Cordobazo- para canalizar parte de la energía social, había empalmado -a partir de 1973- con la necesidad de cristalizar una herramienta política que sintetizara las perspectivas de una fuerza social revolucionaria en conformación. Frente al binomio partido revolucionario-ejército revolucionario expresado desde 1968, se ampliaban las concepciones estratégicas con la perspectiva de movilizar a amplios sectores de masas. La incorporación del frente como un “tercer pilar” estratégico, fue además, el canal para que el PRT se involucre en la esfera propiamente política. Ya no se trataba de, por un lado desarrollar la lucha de las masas por sus reivindicaciones inmediatas, y por el otro plantear la guerra revolucionaria y el socialismo como perspectiva, sino de ligar un polo y otro, a partir de la dinámica política.

El desarrollo del FAS siguió en crecimiento en 1974, aunque ese año llegaría su pico. En el próximo encuentro realizado en Rosario en junio, nuevamente la asistencia casi se duplicó, con más de 20.000 personas. Con la expectativa de fortalecer su funcionamiento se promovió un estatuto, y también se replanteó el programa, con diez ejes centrales para un “gobierno obrero y popular socialista” que incluían la expropiación y estatización de monopolios y de grandes estancias (contemplando también el reparto de tierras); la estatización de la banca y el comercio exterior, así como de toda la enseñanza; la ruptura de lazos con el imperialismo; el control obrero y la planificación; la reforma urbana; la eliminación del aparato represivo; la socialización de la medicina y la solidaridad con los pueblos en lucha. Ese fue el nivel de acuerdos políticos y la convocatoria más importante que logró el FAS.

Dos meses más tarde, Santucho publicó uno de sus textos más importantes, que implicó una actualización estratégica del PRT-ERP, y en donde se planteaba la perspectiva de una situación revolucionaria. En ese marco, junto a otros elementos, el máximo dirigente del PRT-ERP destacaba el lugar estratégico que asumía el “Frente Antiimperialista” como dinamizador de una amplia “movilización patriótica y democrática” considerada clave para la disputa por el poder político.

Sin embargo, el sostenimiento del FAS se volvió cada vez más dificultoso por la escalada represiva que apuntaba contra las organizaciones populares. De hecho dos figuras destacadas muy cercanas al FAS como Silvio Frondizi y Rodolfo Ortega Peña fueron asesinados en los meses siguientes, mientras que Tosco se vio obligado a la clandestinidad y murió en ese marco.

En la declinación del FAS influyeron también las propias desavenencias de las fuerzas que lo integraron. De hecho, alrededor del VI Congreso del FAS, el PRT-ERP perdió a sus dos aliados principales. Por una parte, la política de mayor apertura del frente le costó la salida del naciente Poder Obrero, que luego de una serie de polémicas sobre el carácter del programa se retiró del FAS. Por otra parte, el principal tronco peronista del armado, el FRP dirigido por Armando Jaime, se alejó también un mes después del congreso, en un clima marcado por el cambio en la situación política (tras la muerte de Perón) pero también por el desgaste frente al accionar militar del PRT-ERP y sus repercusiones en el FAS. Esto es así porque aunque el PRT planteaba formalmente que las acciones del ERP eran autónomas frente a la actividad política y la lucha de masas del PRT y el FAS, en los hechos las repercusiones de sus acciones (como el asalto de Sanidad a fines de 1973, y sobre todo el asalto al cuartel de Azul y la irrupción de la guerrilla rural en la primera mitad de 1974) habían sido elementos centrales tanto para que ciertos sectores no exploren un acercamiento al FAS (como el Peronismo de Base) como para que otros, como el mismo Jaime, definan alejarse.

De esta forma, aunque su impronta sobrevivió un año más, el FAS se fue desarticulando. El marco represivo golpeó también las publicaciones que el PRT había impulsado con el mismo carácter frentista, clausurando El Mundo en marzo y Nuevo Hombre en septiembre de 1974 (luego reimpulsado por última vez en los meses previos a la dictadura de 1976).

El PRT-ERP no abandonó sin embargo su vocación frentista, todo lo contrario. Ya durante el gobierno de Isabel Martínez de Perón, el aumento de los atentados realizados por organizaciones paramilitares de derecha, el crecimiento de los secuestros y asesinatos, el ataque a las libertades públicas, el aumento de los presos políticos, la habilitación a las FFAA para la represión interna abierta y finalmente las amenazas luego cumplidas de golpe de estado, dieron marco a una militancia persistente del PRT-ERP para impulsar un Frente Democrático. Del mismo debían ser parte ya no solo las organizaciones que se proponían una meta revolucionarias, sino todas aquellas que estuvieran dispuestas a defender las libertades democráticas del sistema constitucional. Esta  propuesta llevó al PRT-ERP a promover acercamientos con el conjunto de la izquierda, con la centroizquierda, y también con los que consideraba sectores democráticos de los partidos mayoritarios: el ala alfonsinista del radicalismo y los sectores del peronismo que se habían alejado del gobierno, expresados en el Partido Auténtico y en el mismo Cámpora. Se trataba, ni más ni menos que de enfrentar la perspectiva represiva que amenazaba con aplastar al movimiento popular, entendiendo que esa batalla era fundamental para poder disputar hacia adelante el contenido de la lucha popular.

De este modo, primero con el FAS y luego también con el Frente Democrático, el PRT-ERP había incorporado el frentismo como elemento de gran importancia en su perspectiva política y estratégica, nutriendo así el acervo de la nueva izquierda argentina.

 

Un puente hacia el movimiento de masas

El acelerado proceso de construcción de una perspectiva política y estratégica, se profundizó en el último tramo del período. Influyeron tanto el aprendizaje sobre la propia experiencia, como la necesidad de dar respuesta a una situación cambiante y crecientemente represiva bajo el gobierno de Isabel Martínez de Perón.

En todos los casos, el denominador común de estos movimientos fue la apuesta a lograr una vinculación efectiva entre la militancia cotidiana y la perspectiva revolucionaria y socialista. Se trataba entonces de buscar mediaciones y canales que pudieran cubrir el amplio espacio que existía entre la lucha reivindicativa y la estrategia de poder. Es justamente en el marco de este esfuerzo que el PRT-ERP atenderá cada vez más al plano estrictamente político de la lucha.

En primer lugar esta búsqueda dio lugar a un trabajo mucho más profundo sobre el programa político, tal como puede verse en el correr de los distintos FAS. En este marco el PRT se propuso profundizar su propia concepción programática, lo que lo llevó a elaborar un proyecto de programa para el VI congreso partidario. Allí establecía una diferenciación entre un programa de gobierno para el momento en que las fuerzas revolucionarias se hicieran con el poder, y otro “de transición” destinado a movilizar a sectores de masas en el periodo en curso, con el objetivo de avanzar en su radicalización.

Este programa pensado para la etapa (al igual que programas del FAS) daba cuenta de una modificación profunda en las concepciones perretistas donde se ponderaban consignas que pudieran servir para fortalecer la efectiva movilización de masas: derogación de la legislación represiva; defensa del derecho a huelga y del salario vital, mínimo y móvil; control obrero de la producción; eliminación de la desocupación; defensa de las jubilaciones; impulso de planes de vivienda; entrega de tierras a los que no poseen; solución integral a problemas de las villas; defensa de la salud y la educación púbicas; igualdad de derechos y oportunidades para las mujeres; ruptura de pactos “lesivos a la soberanía nacional”.

Esta modificación suponía una revisión profunda por parte de un partido que solo dos años antes había planteado que no había otra propuesta para hacer a los sectores populares que no fuera la guerra revolucionaria por el socialismo. No se trataba de un abandono de esa perspectiva general, sino de un esfuerzo por transformar el sentido mismo del programa. Este ya no podía limitarse a definiciones de máxima que expresaran los anhelos del PRT-ERP, sino que debía formular propuestas capaces de empalmar con la movilización efectiva de amplios sectores populares, con la conciencia de que esa movilización, esa experiencia y ese protagonismo, eran la condición para alcanzar un cambio de fondo.

En segundo lugar, el PRT exploró nuevas definiciones estratégicas, buscando ampliar los medios para canalizar la energía de amplios sectores sociales en una perspectiva revolucionaria. Caracterizando que se avecinaba una situación revolucionaria, en “Poder burgués y poder revolucionario” Santucho planteó la importancia del “doble poder” como definición estratégica. El texto tomaba ejemplos de las revoluciones en Rusia, España, China y Vietnam, aunque también debe señalarse la influencia del FLN argelino, y sobre todo de Miguel Enríquez y el MIR chileno.

Según Santucho, el “poder dual” ya podía empezar a desarrollarse en la Argentina “tanto en la ciudad como en el campo, siempre sobre la base de una fuerza militar capaz de respaldar la movilización revolucionaria”, y distinguía: 1) una forma “general” del poder dual, basada en “enérgicas movilizaciones obreras y populares” con capacidad de oponerse a planes gubernamentales e imponer soluciones alternativas; y 2) una forma “local” de ese doble poder, que podía desplegarse en el campo (donde “será más rápido y efectivo” a partir de contar con “unidades guerrilleras medianas” dando lugar a “zonas liberadas”), pero también en las ciudades, buscando ampliar la influencia fabril hacia su periferia, apostando a protagonizar la resolución efectiva de los problemas populares, y utilizando el “enmascaramiento” tras asociaciones civiles o gremiales como medio para evitar la represión. En ese marco, el Frente Antiimperialista jugaba un rol de importancia, al ser “quien deberá motorizar la organización del poder local, tomando en sus manos, a partir del consenso popular, la organización de las masas de la zona”.

Esta perspectiva política tenía un condicionante muy fuerte en el plano militar, con lo cual en los hechos quedaba atado sobre todo al desarrollo del ERP. A diferencia del frentismo cristalizado en el FAS se trató de una proyección que el PRT-ERP no llegó a desplegar de forma práctica, aunque las expresiones de agitación obrera y popular y las incursiones de la guerrilla que se desarrollaron en la primera mitad e 1975 fueron leídas por el partido como tendencias hacia ese doble poder.

Como sea, es evidente que, al calor de la experiencia política y la dinámica del movimiento de masas, el PRT buscaba canales para lograr una integración cada vez mayor entre la acción de las mayorías populares y la perspectiva de la toma del poder, enriqueciendo de ese modo su concepción estratégica. En este caso, la perspectiva del doble poder llevó, en primer lugar, a una reflexión más profunda sobre el problema de las relaciones de fuerza entre las clases y alianzas de clases, y en segundo lugar al impulso de formas de poder popular basadas en la autoorganización de sectores populares, como parte de una estrategia para la conquista del poder político. De este modo, la construcción o acumulación de poder desde las bases era entendida como un elemento que aportaba a la disputa por el poder en la superestructura.

 

La intervención política, forma concreta del desarrollo estratégico

El proceso de maduración política del PRT-ERP se cristalizó en la segunda mitad de 1975, cuando el conjunto del movimiento obrero y popular, protagonista de las jornadas de junio y julio, debió afrontar una coyuntura enormemente compleja marcada por la combatividad y extensión del movimiento de masas frente al Rodrigazo, el debilitamiento del gobierno de Isabel Martínez de Perón y  el crecimiento de la derecha y el golpismo.

Los primeros rasgos de esta creciente atención a la intervención política se habían visto ya ante el triunfo de Cámpora cuando el partido, aún dejando clara su completa distancia del emergente gobierno, había planteado (en lo que constituía una modificación evidente de su concepción anterior) la necesidad de “permanecer abiertos al apoyo crítico activo a cualquier medida progresista que pudiera insinuar el gobierno peronista”. Y en consecuencia había llamado a “Alentar y apoyar y participar en primera línea en la movilización obrera y popular por el cumplimiento de las promesas gubernamentales, por la libertad de los combatientes, el establecimiento de relaciones con Cuba, Vietnam del Norte y Corea del Norte y fundamentalmente por las reivindicaciones inmediatas de las masas, por la elevación de su nivel de vida, etc.”

Para mediados de 1975 las organizaciones políticas y gremiales (incluidas las coordinadoras interfabriles) trataron de plantear una perspectiva de salida a semejante crisis, que implicara la defensa de los intereses populares y su avance, al tiempo que garantizara poner un freno a la ofensiva derechista. En ese marco, la línea de intervención política del PRT-ERP daba cuenta de un crecimiento político significativo en apenas unos años.

La orientación partidaria consistió en dar una batalla por la “democratización”, entendiendo que había condiciones para lograr un repliegue de un gobierno netamente represivo como el de Isabel y evitar el golpe militar, pero que no estaba planteada una perspectiva inmediata para la toma del poder político por parte de las fuerzas revolucionarias y socialistas. En consecuencia, el partido promovió abrir lo más posible esa brecha democrática, defendiendo las libertades públicas, el sistema constitucional, apoyando la posibilidad de una salida electoral. No se trataba de abandonar la perspectiva de emancipación, sino de tratar de intervenir en el terreno político presente de forma tal de avanzar en una acumulación que permitiera nuevas batallas posteriores.

De esta forma, aunque sin mediar un balance formal al respecto, el PRT-ERP revisaba en los hechos una serie de definiciones que habían sido superadas por el partido. La “democracia” que tres años antes había sido asociada de forma directa a la dictadura del capital, aparecía ahora como un campo de mayor complejidad que podía ser parte de una disputa, y que valía la pena defender frente a la ofensiva derechista. En ese marco, retomando un planteo del Ministro del Interior, el PRT-ERP inició una campaña política para imponer una Asamblea Constituyente que debía ligarse con las demandas de democratización para ocupar el espacio político que parecía vacante. Nuevamente, se trataba de un planteo que algunos años antes el partido había señalado como “concesión a la pequeña burguesía”, pero que ahora era retomado como “la más alta expresión de la voluntad popular”. Por esta vía el PRT-ERP se proponía desarrollar un “democratismo consecuente”, que vaya más allá de una “concepción liberal burguesa” de la democracia, para ligarla a una perspectiva “proletaria”, donde la participación activa de todo el pueblo en la solución de sus problemas más acuciantes era considerada como punto de impulso para una disputa de fondo para cambiar de lleno el sistema social.

Este planteo estuvo acompañado, por primera vez, de una definición política muy significativa: la voluntad del PRT-ERP de promover un armisticio, como prenda de negociación para abrir esta perspectiva política. Nuevamente, no se trataba de abandonar la concepción de la lucha armada como vía para la toma del poder, que para el PRT-ERP seguía vigente y era ratificada en ese momento por el triunfo vietnamita. Pero si implicaba una modificación en relación a la articulación de las distintas formas de lucha, expresándose en los hechos una definición no unilateral del accionar militar, sino poniendo a éste en un marco de lucha política que podía tener momentos armados y no armados, en función del devenir político.

Toda esta orientación sostenida por el PRT-ERP, estaba destinada a lograr un repliegue parcial de la derecha y el golpismo. La perspectiva política que veían no era la más deseada, pero si era entendida como progresiva. Según lo explicaban en un boletín interno en agosto de 1975, “En la actual situación solo es posible la instauración de un gobierno liberal burgués, que otorgue ciertas concesiones democráticas producto de la presión que se ejerza desde la movilización de las masas y el accionar armado. Con ese gobierno los revolucionarios podemos llegar a un acuerdo, por ejemplo el armisticio que proponemos, pero de ninguna manera nos ataríamos a él, sino que seguiríamos llevando la lucha democrática consecuente y nuestra organización y desarrollo independiente”. El mismo texto admitía la posibilidad de dar su apoyo a gobiernos democráticos de perspectiva popular, tomando como ejemplo al Chile de Allende, pero era una eventualidad que no veían posible en la Argentina de 1975, por eso aclaraban “No es que nos neguemos a un gobierno popular, sino que sencillamente el pueblo no cuenta con la fuerza de masas suficiente para imponerlo”.

No casualmente para ese mismo momento desde las páginas de El Combatiente se recuperaban orientaciones de la III Internacional en donde se evaluaba la posibilidad de gobiernos “de frente único proletario o de frente popular antifascista, que no será todavía un gobierno de dictadura proletaria” que debían ser promovidos por los comunistas, evaluando en cada caso su posible participación. Esta orientación fue desplegada a fines de 1975, cuando se planteó la posibilidad de un adelantamiento electoral: “El anticipo de las elecciones y el anuncio de la convocatoria a Asamblea Constituyente –decía para entonces el PRT-ER-, permite dar forma más concreta a la lucha democrática. Por ello nuestro Partido se pronuncia por: 1) Intensificar la lucha por la plena vigencia de las libertades democráticas; el levantamiento del Estado de Sitio; la libertad inmediata de todos los presos políticos; el congelamiento de los precios; un salario mínimo de $1.000.000 y aumento masivo inmediato de $500.000. 2) Preparar, agitar y defender un proyecto de Constitución Nacional Revolucionaria que contenga las verdaderas soluciones obrero-populares a la crisis del país. 3) Contribuir a la formación de un Amplio Frente Democrático y Patriótico que ofrezca una opción electoral favorable a los intereses liberacionistas, progresistas y revolucionarios del pueblo argentino”.

Este esfuerzo por promover una salida política concreta y progresiva ante la crisis, que sirviera de apoyo para continuar una lucha a mediano plazo para alcanzar ese cambio de fondo de las estructuras sociales, muestra un crecimiento político del PRT-ERP que se traduce en la articulación directa entre intervención política y perspectiva estratégica.

De esta forma, en el último período con el impulso del frentismo, la incorporación de la táctica electoral, la apuesta al desarrollo de formas de doble poder, la jerarquización de tareas democráticas y el despliegue de consignas políticas que intentaban una profundización del movimiento de masas y abonar a salidas políticas intermedias (campaña Tosco-Jaime, asamblea constituyente, salida electoral democrática ante el golpe), el PRT exploró un intento de fusión con el movimiento de masas.

 

El cierre de un ciclo político

Dramáticamente, el golpe militar del 24 de marzo de 1976 logró derrotar al extenso movimiento popular que bregaba por conquistar una sociedad más justa e igualitaria, del cual el PRT-ERP formaba parte.

Las FFAA fueron la punta de lanza de una articulación social contrarrevolucionaria, que acompañó los métodos más bestiales de represión con tal de poner límite a ese proceso de radicalización social. Allí estuvieron gran parte del empresariado, con protagonismo del capital concentrado trasnacional, los grandes propietarios agrarios, la cúpula de la iglesia, los sectores más tradicionales y conservadores de los partidos mayoritarios, los grandes medios de comunicación, buena parte de la dirigencia sindical, y por supuesto, el imperialismo norteamericano, articulador del Plan Cóndor que desplegó el terrorismo de Estado por gran parte de América Latina.

En esta lucha desigual, las mayorías populares de nuestro país fueron derrotadas. Por supuesto, en ese marco entran también las propias deficiencias de un movimiento popular y sus organizaciones políticas. Se debe apuntar, al menos, dos grandes dificultades. Una, la imposibilidad para avanzar en una unidad política y de dirección entre las distintas expresiones populares y revolucionarias (que sí se logró por ejemplo en Cuba, en Chile y en Nicaragua). Otra, el desacople entre la dinámica de la militancia más comprometida en una disputa por el poder político (del que fueron parte organizaciones armadas y no armadas) frente a un campo más amplio del movimiento popular que acompañó durante parte importante del ciclo de lucha, pero que empezó a replegarse ante el crecimiento de la represión y llegó muy retraído al momento del golpe de estado.

El PRT-ERP no fue ajeno a esas dificultades. Probablemente haya sido una de las fuerzas políticas que más lucidamente percibió la importancia de la unidad de las corrientes revolucionarias, y de allí su prédica del “frente” entendido como elemento estratégico. Pero en la práctica los marcos de unidad orgánicos no lograron superar la interesante pero aún limitada experiencia del FAS. De hecho, mientras intentaba sostener un difícil equilibrio entre la iniciativa militar y no militar, el PRT-ERP fue desgastando su relación con otras fuerzas políticas, sobre todo a partir de los balances contrapuestos sobre varias de las grandes acciones del ERP.

Por otra parte, frente a la crisis del gobierno peronista (cristalizada sobre todo con la muerte de Perón, el ascenso de Isabel Martínez de Perón, la abierta hegemonía de López Rega y la ruptura de la izquierda peronista con el gobierno), el PRT-ERP evaluaba que las mayorías populares se radicalizarían y volcarían a una lucha abierta que empalmaba con una perspectiva revolucionaria. Por eso pronosticó el inicio de una situación revolucionaria para el último período del gobierno peronista y caracterizó que ante el golpe de estado se pasaría a una etapa de “generalización de la guerra” revolucionaria. Aunque ante las jornadas de junio y julio de 1975 creyeron ver confirmadas sus predicciones, el reflujo posterior del movimiento popular las contradijo.

Tanto el error en la caracterización del momento de reflujo como un balance crítico de la lógica de grandes acciones, fueron parte de las conclusiones a las que llegó la militancia del PRT-ERP a un año del golpe de estado.

En este marco, no deja de ser notable que, aún frente a la dictadura de Videla, el PRT-ERP siguió ajustando su proyecto estratégico, afinando y ampliando su perspectiva de poder.

Así como inicialmente la estrategia revolucionaria se había fundado en la construcción del partido (1965), luego ampliado hacia el desarrollo de un ejército popular (1970) y más tarde incorporando el carácter central del frente (1973); ahora en un marco crecientemente represivo en el que parte de la militancia empezaba a trasladarse fuera del país y en donde la presión internacional frente a la dictadura pasaba a ocupar un rol central en la política, el PRT-ERP incorporó en 1976 a la “solidaridad internacional” a su acervo estratégico, considerándolo como el “cuarto pilar”. Se trataba –como en los otros casos-, de la maduración de una política, desarrollada por el partido, que implicaba vínculos internacionales y, sobre todo, el impulso de la Junta de Coordinación Revolucionaria (JCR) de la mano del MIR de Chile, el MLN Tupamaros de Uruguay y el ELN (luego PRT) de Bolivia, oficializada a inicios de 1974. Ahora el nuevo escenario político llevaba a una jerarquización de este campo de acción, en donde a la articulación con la JCR se sumaban las tareas de solidaridad tanto en los países socialistas, como por parte de los gobiernos democráticos y progresistas.

Mientras tanto, el PRT-ERP buscó desarrollar las tareas militares, con un perfil que se fue afinando a partir de leer el cambio en el ánimo de los sectores populares, y cuya última acción resonante fue el fallido atentado contra Jorge Rafael Videla en febrero de 1977.

A su vez, la dimensión frentista fue sostenida ampliando ante el nuevo escenario las definiciones anteriores en pos de un amplio frente democrático que no llegó a cristalizarse.

Finalmente, la lógica frentista con otras organizaciones político-militares fue, al mismo tiempo, puntapié para un principio de reformulación de la concepción partidaria. Efectivamente, “ante la posibilidad real e inmediata de construir una organización frentista integrada por el PRT. Montoneros y Poder Obrero” como lo evaluaba el partido a mediados de 1976, éste se volcó con fuerza a un trabajo para fortalecer esa articulación con las que eran, para entonces, las otras dos principales guerrillas del país, y ya en ambos casos, dos organizaciones partidarias definidas por el socialismo.

El intento de conformación de la Organización para la Liberación de Argentina (OLA) llegó a plantear un principio de revisión sobre la conformación del partido en la medida en que el PRT, que durante mucho tiempo se había referido a sí mismo de forma autoproclamatoria como “el partido” de la clase obrera, llegó a considerarse un afluente que promovía “La fusión de las organizaciones revolucionarias”, entendiendo que “A la clase obrera argentina se le presenta la gran oportunidad histórica de lograr un único partido marxista-leninista sobre la base de la unidad de nuestro partido, con Montoneros y Poder Obrero”. Por supuesto, el PRT-ERP no desconocía que, de llevarse a cabo esta perspectiva, el “partido marxista-leninista” estaría nutrido mayoritariamente por peronistas de izquierda, que reivindicaban efectivamente el marxismo desde una identidad peronista. Frente a ello le pedía total predisposición a su militancia para desarrollar un vínculo atravesado por la “firmeza ideológica”, pero también por la “paciencia” y la “flexibilidad”, ya que se trataría de “un proceso de convergencia quizás complejo, pero de un positivismo difícil de exagerar”.

Estas orientaciones fueron planteadas poco antes de que la represión diera uno de sus golpes más duros al PRT-ERP el 19 de julio de 1976, al provocar la caída de una parte importante de la dirección partidaria incluido el propio Santucho. Tras ese grave impacto la perspectiva de la OLA se diluyó, al ritmo de las caídas y del repliegue obligado que debieron sostener el conjunto de las organizaciones implicadas.

Se cerraba así un ciclo de la lucha popular en nuestro país, y con él también del propio PRT-ERP. La originalidad y desarrollo de su perspectiva política y estratégica constituye una parte relevante de las luchas revolucionarias de nuestro pueblo. Se trató, como está a la vista, de un proceso de politización y de constante búsqueda, orientado por el objetivo de lograr empalmar de forma efectiva con la experiencia de lucha de las mayorías populares. En esa exploración la dimensión política asumió un rol primordial. Fueron centrales el trabajo sobre un programa que pueda empalmar con el período y las demandas populares en curso, el impulso de una herramienta política -construida a partir del frentismo- que busque constituirse como referencia para amplias mayorías, la voluntad de empalmar desde la izquierda con sectores radicalizados del peronismo, y la disposición a confrontar los proyectos de país con las otras fuerzas políticas en distintos escenarios incluyendo el electoral.

La militancia del PRT-ERP, junto a la de otras organizaciones político-militares, de otras fuerzas políticas no armadas, y de miles y miles de activistas sindicales, barriales y juveniles nutren la lista de nuestros 30.000 compañeros y compañeras desaparecidas, de los miles de presos y presas sobrevivientes, y de los cientos de miles que debieron optar por el exilio frente a la maquinaria de muerte del terrorismo de Estado. Su lucha expresó la convicción y el compromiso de toda una generación para construir una Argentina sobre nuevas bases de justicia, igualdad y felicidad. Por eso siguen presentes en nuestra memoria y son un baluarte fundamental para nuestra reflexión y compromiso presente por un futuro con el que aún estamos en deuda.

 

*****

Federico Cormick (Conicet/UNM) es docente e investigador sobre historia argentina y latinoamericana contemporánea. Es autor de “Fracción Roja. Debate y ruptura en el PRT-ERP” (2012), y coautor de “Escenas y actores de una historia social y cultural” (2015), entre otros trabajos.

[1] En algunos de los apartados que siguen se recuperan y amplían aportes presentados en “PRT-ERP: la construcción de una estrategia bajo el signo del Cordobazo” publicado en la revista Conflicto Social N°22, 2019

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