PRT-ERP 50 años. Preguntas sobre la politización de la vida

Alejandra Oberti plantea en este texto algunos apuntes para pensar el papel de la subjetivación política en las organizaciones revolucionarias, puntualmente del PRT-ERP y de aquellas mujeres que, como militantes integrales, se desplazan del lugar tradicional que les era asignado y al mismo tiempo, en esa lucha a todo o nada por la revolución, encuentran un montón de tensiones que ponen en el centro el vínculo entre la esfera publica y la privada, la moral, la familia, el cuerpo, la vida cotidiana y los afectos. “Pusieron en cuestión el estatuto cultural de inferioridad física femenina a través de prácticas corporales que lo desafían (entonces y ahora); plantearon que la política les compete; discutieron su lugar en las organizaciones, aunque las jerarquías de género se reprodujeran, y en el espacio público, aunque éste las desconociera”.

 

Por Alejandra Oberti

Ilustración: ¡Hasta la victoria siempre! de Sofía Labriola

 

La historia del pasado reciente de Argentina, como la de otros países de esta región, muestra a las mujeres como protagonistas destacadas en los movimientos sociales, políticos y de derechos humanos. Pero, ¿en qué medida esa participación activa se ha visto reflejada en transformaciones en la cultura patriarcal, en reconocimiento y en derechos? ¿En qué medida en la actividad política las mujeres transformaron su visión de la diferencia sexual? ¿Es posible afirmar que la militancia femenina altera las formas de la política y las de la vida cotidiana, la familia y los afectos? Aunque sin la pretensión de responderlas, este trabajo está orientado por preguntas que resuenan en la historia de las intervenciones feministas y en los modos en que las feministas nos contamos nuestras propias genealogías. ¿Qué tienen en común el activismo político femenino en espacios tan diferentes como las izquierdas revolucionarias de los años 70, los movimientos de derechos humanos y el feminismo de los años 80? Se trata en todos los casos de procesos de subjetivación política que tienen a las mujeres como protagonistas y con su existencia cuestionan y alteran política y culturalmente todos los órdenes.

Elizabeth Jelin[1] se refiere a los procesos de memoria como un trabajo social de dar sentido e interpretar los hechos del pasado desde el presente. La temporalidad de ese trabajo es compleja y en ella intervienen diferentes capas de pasado que usualmente se superponen. Esto implica, en cierto modo, que los temas, los enfoques y los énfasis se van transformando de acuerdo a los contextos y marcos sociales en los que las memorias tienen lugar. El modo en que se incluyen categorías desarrolladas en el presente para estudiar el pasado ha sido discutido, criticado y reivindicado por una extensa bibliografía. Se señala el riesgo de utilizar de modo anacrónico las categorías y de producir una mirada sesgada, deformada por una mirada retrospectiva que coloniza el pasado. El uso de la categoría de género es un ejemplo de esas supuestas amenazas. En ese sentido, la historia oral ha contribuido de manera sustancial en ese debate mostrando acertadamente todo lo que aportan el testimonio y la entrevista biográfica. La consistencia de los sujetos rememorantes está dada justamente por la compleja relación entre lo que permanece y lo que cambia, entre la posibilidad/necesidad de “hacerse cargo” y aquello que el tiempo y las interacciones con otrxs aportan; antes que obstáculo el transcurso del tiempo se presenta como una oportunidad.

A partir de estas consideraciones iniciales, me he acercado al activismo político de las mujeres en las organizaciones revolucionarias argentinas de los años 70 y, releyendo esas militancias en clave feminista, me he preguntado por los alcances y limitaciones de las transformaciones que se proponía. Entiendo al feminismo como un movimiento que es a la vez de autoconciencia, reivindicación y lucha por derechos de las mujeres, pero también un proyecto político que busca transformar las relaciones sociales de opresión y explotación. En ese sentido, es posible una reinterpretación feminista de diferentes militancias de mujeres que actuaron y actúan en el espacio público y se organizan con objetivos emancipatorios diversos.

 

Hacerse militante

En una entrevista para el Archivo Oral de Memoria Abierta[2], María Cristina Pinal[3] hace referencia al modo en que lxs jóvenes, y especialmente las mujeres, recuerdan las transformaciones que vivieron en los años 60 y 70, los efectos que tenían en sus vidas y también la fuerte presencia de las discusiones de la Nueva Izquierda en la vida política. Al contar sus inicios en la militancia menciona el golpe de Estado de 1966 y la consecuente represión como el hito fundamental que motivó su decisión de abandonar los estudios y pasar a tener una militancia más activa que derivó finalmente en su acercamiento a una organización político militar, mostrando una convicción cimentada en la historia:

Para mí el golpe fue un hito, de ahí yo dejé de estudiar, eso fue el 28 de junio del 66 […] La revolución cubana trajo el asunto de la lucha armada […] ya no la vía pacífica al socialismo […] la revolución cubana dice, paren, acá lucha armada y bueno la discusión era esa, y yo en ese momento pensé que el único camino era la lucha armada. Pero nunca pensé que fuera la lucha armada foquista, ahí se abrió otra discusión.

Pero a la vez y de manera muy contundente, al rememorarse a sí misma en aquellos días señala que:

yo como mujer me daba cuenta de que estaba todo mal para la mujer, me daba cuenta de que yo no quería ser como mi mamá […] lo que nosotras no queríamos era ser vírgenes, queríamos tener rápido nuestra primera relación sexual y sabíamos que no lo podíamos hablar con nadie, que estaba prohibido […] con todo era así, parecía que todo lo que estaba bien, estaba mal. Por eso te digo que queríamos cambiar todo, hacíamos todo lo que estaba mal visto, no podías usar pantalones, entrar sola a un bar, fumar en público. De hecho nosotras lo hacíamos, hacíamos todo lo que estaba mal, todo era oculto, como fue oculta nuestra sexualidad, como fue oculta nuestra militancia. Éramos clandestinos desde un principio. Después lo de la militancia clandestina, lo de hacer cosas absurdas, venía como incorporado a esto de hacer lo que estaba prohibido.

La militancia en las organizaciones de la nueva izquierda ofreció un espacio de activismo a numerosas mujeres, en su mayoría jóvenes, que ingresaron en organizaciones políticas y armadas en una proporción inédita hasta ese momento.

Se trató de un fenómeno extendido y que se repitió en diferentes países, una presencia que produjo cambios en los movimientos políticos en que militaron y en sus debates internos. Hubo debates referidos a las relaciones entre los partidos políticos y el feminismo, a las propias identidades de mujeres y hombres de izquierda, a las diferentes maneras de ejercer y compartir el poder en función del género y también a la compleja articulación entre compromiso y vida cotidiana, entre lo personal y lo político. ¿Cómo se definía el sujeto revolucionario, qué mecanismos intervenían en la construcción de las subjetividades militantes, cuál era el grado de coincidencia entre discursos que valoraban la igualdad y prácticas que en ocasiones perpetuaban jerarquías?[4]

La subjetividad militante como tema para las izquierdas de los años 60/70

Las preguntas acerca de la subjetividad de los revolucionarios no son ajenas a la tradición de la izquierda y anteceden y exceden los planteos que harían en relación a este problema las organizaciones de izquierda latinoamericanas. Alain Badiou se refiere específicamente a esta cuestión al caracterizar al siglo XX como el tiempo en el cual las transformaciones no pueden confiarse exclusivamente al propio devenir histórico, sino que requieren de una intervención subjetiva: “el siglo XX es el siglo del acto, de lo efectivo, del presente absoluto, y no el siglo del anuncio y el porvenir” (Badiou, 2005: 83). Cómo sería esa intervención y las características de los sujetos que la llevarían adelante, constituyen parte ineludible de la reflexión política. De ahí que el ideario revolucionario propio del siglo XX no pueda pensarse por fuera del advenimiento de una “subjetividad revolucionaria”. El proyecto del hombre nuevo es parte de ese ideario.

El filósofo argentino León Rozitchner, se preguntaba -en un texto publicado en la revista La Rosa Blindada en 1966- cómo formar “hombres adecuados al trabajo de realizar la revolución”. Se trata, según señala, de encarar una serie de tareas que no deben detenerse en el plano político sino que deben alcanzar también al sujeto que interviene en él. De este modo, el pasaje de la cultura burguesa a la cultura revolucionaria implicaría enfrentar la permanencia de la estructura burguesa en el individuo mismo que adhiere al proceso revolucionario. A partir de esas definiciones, el texto explora tanto la necesidad acuciante como las dificultades que se presentan a la hora de producir estas transformaciones ya que –dice- “la burguesía está en nosotros como un obstáculo para comprender y realizar el proceso revolucionario” (id.: 8) y en consecuencia los cambios no pueden ser proyectados “sólo a nivel de la objetividad política —que es el plano de la máxima generalidad— sino [que es necesario] también convertir en política la propia subjetividad”.[5] (id.: 13).

La revolución necesita de “hombres revolucionarios” capaces de descubrir la contradicción impuesta por la burguesía entre un mundo privado asociado a lo sensible y un mundo social y político externo, separado y racional. Al mantener esta separación, el militante de izquierda se desconecta del proceso histórico que lo produjo y deja los proyectos revolucionarios librados a racionalidad burguesa.

Así podremos darnos la presunción de actuar, hasta de jugarnos la vida, pero en realidad mantenemos tajante, burguesía mediante, la oposición creada entre el sujeto y la cultura, que es el fundamento de la alienación burguesa. La forma cultural burguesa nos separa, contra nosotros mismos, desde dentro de nosotros mismos. (Rozitchner, 1966: 5)

Es así que el desafío para una política revolucionaria consistiría en producir una perturbación o una transgresión que alcance no solo las estructuras sociales sino también las divisiones tradicionalmente admitidas de lo público y lo privado, esto es producir una crítica de esa escisión.

El texto de Rozitchner, titulado “La izquierda sin sujeto”, muestra que las preguntas acerca de la subjetividad de los revolucionarios no fueron ajenas a la tradición de la izquierda y antecedieron a los planteos que harían —en relación a este problema— en los años siguientes las organizaciones revolucionarias en el continente latinoamericano.

La vida cotidiana y los afectos en la militancia

En Las revolucionarias, sigo las huellas de aquello que las organizaciones revolucionarias argentinas (el PRT-ERP y Montoneros) plantearon —con sus diferencias y similitudes— en relación al papel de los afectos, la vida cotidiana y la construcción de la subjetividad militante.[6] En línea con los planteos de León Rozitchner, pero en cierta medida alejadas del nivel de generalidad de sus formulaciones, las organizaciones intentaron problematizar la cuestión del sujeto de la política a través de una serie de tópicos presentes tanto en publicaciones periódicas, es decir como parte de la propaganda partidaria, como en documentos de circulación interna, es decir como parte del trabajo de formación de cuadros y de consolidación de la militancia. Se incorporaron de modo sistemático reglas relativas a la conformación de la pareja, la familia y la crianza de los hijos y se señalaron los modos en que los futuros revolucionarios debían combatir la moral burguesa y construir una nueva moral revolucionaria que tocara todos los aspectos de la vida cotidiana y los afectos.

 

Moral, familia y cuerpo

El problema de la moral y la proletarización fueron desarrollados muy especialmente por aquellos movimientos y partidos que contaban en sus filas con militantes que no provenían de la clase obrera. En estos casos, las organizaciones veían con preocupación que el modo de vida de sus militantes traía prácticas marcadas por el “individualismo burgués” que se expresaba de muchas y variadas maneras. El subjetivismo, la autosuficiencia, la búsqueda de prestigio, el espíritu de camarilla, el liberalismo, el temor por sí mismo constituían conductas que se proponían combatir mediante la autocrítica y a través de prácticas altamente ritualizadas (la prohibición de consumo de ciertos bienes culturales estigmatizados como “burgueses” o vestirse con uniformes al momento de las reuniones que lo ameritaban, constituyen algunos ejemplos). La proletarización era vista como un arma poderosa para el combate del individualismo, el cuidado en la construcción de una nueva moral modelaría también la subjetividad de los revolucionarios y sería el reaseguro de que cada sujeto, mujeres incluidas, se transformen en el hombre nuevo y cumplan un papel activo en la revolución.

La construcción de la familia militante implicaba, por un lado, un acercamiento a los modelos de familia que las organizaciones imaginaban que eran las del “pueblo” y, por otro lado, el fortalecimiento de los lazos con los sectores de la población que podrían ser la “retaguardia”, el lugar de refugio y el apoyo para la lucha política. Las organizaciones imaginaron unas relaciones de pareja más equitativas, pero muy similares a la pareja monogámica burguesa y las relaciones familiares que en torno a ella se asientan constituyeron un modelo alejado de la libertad sexual, calificada de actitud liberal y burguesa y de “la revolución sexual” vista como falsa revolución. La crianza de las/os hijas/os se postuló como una tarea de todxs, una tarea militante más a cumplir en el mismo sentido que cualquier otra obligación revolucionaria porque la pareja revolucionaria no era vista como una unidad cerrada que empieza y termina en sí misma, sino como la célula básica de la actividad político militar de la organización. Ser un buen padre o una buena madre era indicado como una tarea revolucionaria a ser llevada a cabo sin descuidar el resto, y los hijos de los revolucionarios debían compartir todos los aspectos de la vida de sus padres, incluso a veces sus riesgos. Estos tópicos se repitieron, con sus matices en los casos de los partidos de izquierda del Cono Sur.

Los relatos dan cuenta de que muchos y muchas militantes abandonaron otros espacios de sociabilidad y afectividad debido a la falta de tiempo, a problemas de seguridad o la imposibilidad de compartir aspectos de la actividad política con otrxs que no pertenecieran a la organización. Y refieren también al modo pasional en que la militancia se asumía.

Como dice en su testimonio para el Archivo Oral de Memoria Abierta Alicia Sanguinetti:[7]

Teníamos la idea de que la única salida posible era abrazar la lucha armada, estaban la revolución cubana, la revolución vietnamita. […] Creo que el Cordobazo fue la llamarada que nos decía que estaba todo dado para que pudiéramos encauzar la lucha armada hacia delante. El ERP empieza en los 70 y las acciones de los montos también. Mientras pude, yo traté de que mi familia sepa poco, pero como digo, era una llamarada y cuando caí presa…

Se puede percibir la intensidad amorosa con la cual Alicia y muchas mujeres de su generación se volcaron a la actividad política: abrazar la lucha armada, una llamarada. Expresiones que tienen intensidades afectivas o místicas y que son coherentes con la dedicación exclusiva a la militancia que derivaba en ocasiones en una vida conventual dentro de la “comunidad familiar-política” de la que formaban parte.

La vida anterior se disociaba, quedaba en el pasado. Como señala Alicia Sanguinetti muy claramente en la entrevista mencionada, esto incidió también en los modos en que se conformaron las parejas:

AS: Evidentemente la pareja era un compañero militante. O sea, no había posibilidad de otro tipo de pareja. Porque si empezabas a hacer una pareja con una persona que no era militante, o él se integraba a la organización o vos tenías que irte, porque no había posibilidad. No había términos medios.

E: ¿Conociste casos así?

AS: Mirá, yo los casos que conocí, se integraban a la organización. No de compañeras que… o de compañeros que hayan dejado de militar, porque tu vida de relaciones era, era prácticamente el partido, no tenías mucha posibilidad de hacer otro tipo de vida afuera. Mi pareja era con un compañero que era militante. En ese momento nosotros estábamos con la filosofía de crear la pareja militante, la familia militante, lo que significaba juntarse o casarse, tener chicos y criar a los hijos dentro de la militancia. En ese momento, por ahí no tomando mucha noción de lo que venía en tema de la posible represión, la posible pérdida de los padres, ese tipo de cosas.

E: Criar a un hijo en la militancia supone que uno está pensando en la militancia en un largo plazo…

AS: Sí

E: Quince años, veinte años…

AS: Y sí, lo que te lleve la vida o lo que el enemigo te permita mantenerte con vida. Porque ya estaba en ese momento el criterio de formar el hombre nuevo y dentro del hombre nuevo nuestros hijos iban a ser los hombres nuevos del mañana. Pero, bueno, también dentro de eso nos hemos mandado muchas cagadas. Especialmente en muchos casos, posponer, priorizar la militancia al chico, hacerles vivir, a veces, grandes inseguridades. O sea, la inseguridad existía, pero, además, dentro de esa inseguridad hacer cosas más inseguras todavía. Estarlos cambiando de casa en casa y una cantidad de cosas con el criterio de que vamos a hacer la revolución, vamos a tomar el poder y los chicos que lo bancaran… [pausa] Y no es tan así [pausa]. Uno a la distancia ve hoy que ha hecho grandes macanas con el tema de los chicos…

Por otro lado, los cuerpos de lxs militantes, también debían moldearse para la política revolucionaria. En relación a esta cuestión se ha señalado que las organizaciones mostraron cierta confianza en la posibilidad de adaptación de los cuerpos para transformarse en soldados disciplinados a partir de un ejercicio férreo de la voluntad que los acomodara a las necesidades de la lucha revolucionaria. No un ejército regular, pero sí sujetos capaces de adaptarse militarmente a las dificultades que les planteaba una realidad política cada vez más adversa. El análisis de documentos internos y códigos normativos deja ver el modo en que se destinaban al disciplinamiento de los militantes con la intención de construir al hombre nuevo. Estas normas escritas intervenían no sólo sobre cuestiones político-militares sino también sobre la vida cotidiana. Aunque conviene señalar que esas intervenciones no implicaban obediencia, ni siquiera adhesión, se trata de efectos subjetivos que modelan las prácticas.

Revolucionarias

La presencia extendida de mujeres en las organizaciones político-militares, añadió una preocupación adicional. Integrarlas, convocarlas y establecer los términos para su participación, fueron cuestiones que estuvieron presentes en los discursos de las organizaciones y, si bien no constituyeron un elemento central de los programas, fueron aplicadas y sostenidas con sistematicidad. ¿Qué hicieron los partidos frente a la constatación de la diferencia de género? Intentaron ponerla al servicio de la causa revolucionaria.

En líneas generales, los argumentos para promover la presencia de las mujeres en las filas de las organizaciones de izquierda han sido fundamentalmente instrumentales: porque su incorporación influía sobre la familia (es decir, sobre los militantes varones y los jóvenes) y si no se las consideraba podrían boicotear la política revolucionaria; por número; por la capacidad para ejercer las tareas de cuidado y protección de los compañeros.

De todos modos, esto implicó una preocupación por cómo era la imagen de la militante, qué modelo se les proponía asumir. También una lectura sobre la experiencia, sobre las posibilidades que se abrían a partir de su presencia en todos los frentes. Una ampliación de lugares y posiciones que significó transformaciones que no siempre eran lo esperado. Porque, aunque en ocasiones los discursos que las convocaban las desplazaban hacia posiciones novedosas (las guerrilleras cargando mochilas y fusiles, las trabajadoras proletarias o proletarizadas), luego las reenviaban hacia atributos tradicionales del género (trabajo doméstico, cuidado, belleza, gracia).

En lo que sigue presento algunos elementos referidos a esas dos cuestiones.

 

Imágenes

En Estrella Roja[8], el periódico del ERP, por ejemplo, se puede leer la preocupación por cómo sería la participación de las mujeres en las condiciones extremadamente duras de la guerrilla rural. Las expectativas de los militantes acerca de lo que sucedería ante la llegada de mujeres, las dudas sobre si serían capaces de soportar las condiciones, las preguntas sobre su capacidad de combate, entre otras cuestiones, se dirimen con rapidez en un movimiento que resalta los atributos domésticos por sobre los militares:

Importantes han sido las mejoras que se han producido en la vida diaria de los combatientes de la Compañía desde el momento en que se incorporaron compañeras a sus filas. Ellas han contribuido a mejorar el orden, la calidad de las comidas, la limpieza y la higiene general. El trato con los compañeros es de total camaradería y respeto, son las compañeras quienes cuando notan a un compañero preocupado o decaído inmediatamente se acercan a preguntarle qué le sucede, si pueden ayudarlo. Desde la llegada de las compañeras han desaparecido las rudezas del lenguaje, los compañeros son cuidadosos en las palabras que emplean.[9]

Las virtudes femeninas son puestas al servicio (doméstico) de la militancia: cocinar, limpiar, cuidar, consolar.

La figura de la guerrillera vietnamita y el ejemplo de la mujer cubana atravesaron el continente. En un texto contemporáneo a la publicación de los primeros testimonios de “mujeres guerrilleras” en Argentina, a fines de los años 90, la escritora María Moreno sintetizaba algo del alcance continental de esas figuras del siguiente modo:

Quizás debido a los publicitarios ojos verdes de Tania en Sierra Maestra y a la sospecha de que en cada Venus de facultad porteña había un cuadro capaz de manejar con soltura una Halcón, en los años setenta se había hecho de la guerrillera una figura mítica (en realidad cuando se decía guerrillera se estaba hablando de militantes políticas con diverso grado de compromiso en la lucha armada). Daniel Viglietti le cantaba con cierta zoncera en un período en que el personaje –fuertemente cargado de erotismo- no había puesto sus pies en la tragedia: “La muchacha de mirada clara/ de cabello corto/ la que salió en los diarios/ no sé su nombre…/ pero la nombro: primavera. /Estudiante que faltaba a clase/ yo la recuerdo / la que dijo la radio / dijo su sombra…/ pero la veo: compañera.[10]

Estas imágenes no son solamente ilustraciones, por el contrario son parte indisoluble de aquello que las organizaciones quisieron transmitir. Se puede señalar que, vistas desde la perspectiva aquí propuesta producen figuras de la militancia que construyen representaciones de lo que es y puede hacer una mujer. Esas representaciones, que por un lado ampliaban las posibilidades de acción para las mujeres, a la vez buscaban domesticar la perturbación que implicaba su presencia extendida en las organizaciones político-militares.

 

Politizar la vida

Como ya he señalado, la politización de la vida cotidiana en la militancia de los años 70 no logró romper con una concepción de la política como una esfera separada de la vida privada.[11] Desde la teoría feminista mucho se ha discutido acerca de la división entre lo público y lo privado[12] como un asunto que merece un tratamiento específico. La experiencia de la militancia de los años 70 muestra de manera dramática esas cuestiones y pone en evidencia que la pregunta acerca de qué significa “politizar la vida cotidiana” está todavía abierta. Pensar la politización de lo cotidiano como una subordinación de lo privado o lo personal a la política no hace más que reproducir la significación tradicional de la política, sus acepciones hegemónicas, burguesas. Y dejar lo privado al margen de la intervención política es, también, sustentar esa división burguesa y, en el mismo acto, naturalizarla.

Numerosos ejemplos de mujeres que intentaron combinar la pareja, la maternidad y la militancia dan cuenta de esas tensiones y del modo en que la fuerza de las circunstancias las iba haciendo tomar decisiones que les exigían una enorme energía y también asumir riesgos diversos. La maternidad, los partos en la clandestinidad subrayan el profundo desamparo en el que vivían experiencias por demás exigentes. También la contradicción entre la extendida idea de que lxs hijxs eran la promesa del hombre nuevo y la incerteza radical de un presente cada vez más agobiante y represivo. Las organizaciones además muy difícilmente pudieron garantizar las condiciones de seguridad para dar a luz y para los primeros tiempos de la crianza. Las redes familiares estaban fragmentadas y fragilizadas por la misma situación represiva, pero también y anteriormente por la clandestinidad y por el modo en que eran concebidas al rechazar lo que se consideraba era un orden familiar burgués.

La imagen de la militante heroica y abnegada que en una mano tiene el fusil y en la otra al hijo estaba tomada de otras revoluciones, la vietnamita, la cubana y resultaba propicia para promover la continuidad de la revolución, a veces aun a pesar de la propia muerte. No parece sin embargo bastar a la hora de proponer un modelo de conducta que exprese la opción de la maternidad en medio del peligro represivo en todas sus dimensiones.

El escenario que compone el vínculo tensionante entre militancia y vida cotidiana tiene un correlato muy directo en lxs hijxs como verdaderxs destinatarixs de todo este proceso. Las referencias en la prensa y en los documentos de las organizaciones político-militantes, como ya he señalado, son muchas y todas convergen en valorar positivamente el trabajo de traer al mundo, criar y cuidar a las nuevas generaciones, siempre que esto se produzca estrictamente en el marco de la familia militante. Porque la revolución es sobre todo una promesa para el mañana, mientras que el hoy está lleno de sacrificios, tener hijxs, y pensar en cómo vivirán ellxs en la sociedad imaginada, parece ser una condición en sí misma de la certeza de que la revolución triunfaría. Mientras tanto, los hijos e hijas reales acompañaron la militancia de los modos más diversos.

La pregunta por cómo se producen los procesos de subjetivación militante y sus alcances y límites, necesita reconocer estas tensiones, horizontes utópicos y pérdidas para no elaborar imágenes homogéneas y unidimensionales de esa militancia, y de ese modo rescatar lo que esa política tiene de emancipatorio. Al introducir las emociones y la vida cotidiana en el análisis del compromiso político vemos que frente a un relato consolidado y en su mayor parte centrado en objetivos políticos e ideológicos, en apariencia racionales, la perspectiva de género permite poner en duda planteos que pretenden ser neutros. Las desiguales relaciones de género tienden a perpetuarse en la política, lo mismo que su expresión en los saberes, a menos que se produzca una intervención epistémica que apueste a hacer visible los modos en que se constituye lo masculino como universal y la escisión entre lo púbico y lo privado como natural.

En cierta medida, las prácticas militantes colocaron a estas mujeres en una situación paradojal. Buscando la igualdad, se encontraron con la diferencia y debieron lidiar con ella. La liberación (social y nacional), objetivo fundamental de las organizaciones revolucionarias, no incluyó la “liberación de la mujer” (expresión extendida de los feminismos de los 70). Sin embargo, la praxis militante produjo un proceso de subjetivación que las desplazó del lugar tradicional.

El ejercicio de poder por parte de las militantes de los 70, aunque no se inscribió en una lógica de “liberación de la mujer”, implicó praxis y como tal un proceso de subjetivación que las desplazó del lugar tradicional. Y, aunque la revolución deseada por quienes militaron en esos años se reveló limitada y problemática (en lo que hace a las relaciones de género pero no solamente) en el mismo momento en que se jugaba su destino, la experiencia que las mujeres hicieron en esos ámbitos implicó, en cierta medida, un modo de alterar el género. Ambas cuestiones (la apertura a lo nuevo y sus límites) aparecen marcadas en las lecturas críticas que de ella se han hecho en testimonios y en otras producciones. Inscriptas en una época donde las transformaciones propias de la modernización de la sociedad argentina se sumaban a un feminismo incipiente que no terminaba de decir su nombre, las militantes protagonizaron el conflicto de género de un modo excéntrico. Pusieron en cuestión el estatuto cultural de inferioridad física femenina a través de prácticas corporales que lo desafían (entonces y ahora); plantearon que la política les compete; discutieron su lugar en las organizaciones, aunque las jerarquías de género se reprodujeran, y en el espacio público, aunque éste las desconociera.

En las décadas posteriores, los movimientos de derechos humanos tuvieron a las mujeres, en todo el continente, como protagonistas principales y a través de una demanda sostenida crearon redes y articulaciones en la defensa de la vida y en contra de los autoritarismos. ¿Se relaciona esa actividad con la militancia de mujeres en las organizaciones revolucionarias? ¿Cómo relacionar esa actividad pública con la concepción de la política del feminismo?

Las últimas décadas han visto multiplicarse a los feminismos con la creación de una red continental, de redes nacionales y regionales, con la presencia de mujeres que demandan derechos en todos los ámbitos y con una presencia sostenida de temas propios del movimiento de mujeres en todas las agendas políticas. Se reconoce la estela del movimiento feminista y sus efectos que –aunque no siempre son medibles en términos de “logros” – se perciben en los modos en que viejos valores patriarcales dejan de ser completamente naturales y se generan nuevas sensibilidades.

Preguntas abiertas

En esta historia reciente de los movimientos emancipatorios, pensar en términos de procesos de subjetivación política implica revisar críticamente los impulsos militantes de cada momento atendiendo al modo en que éstos lidian con su tiempo.

Los relatos personales contienen en ocasiones mucha información, muchos gestos, silencios, cuestiones que no somos capaces de procesar. Elementos agregados, muchas veces marginales, que difícilmente se pueden prever en el armado de un testimonio, pero son parte de aquello que queda registrado. Uno de los desafíos que se presentan ante estas irrupciones es no intentar domesticarlas. Dejarse atravesar por la sorpresa y aceptar que constituyen momentos para la experiencia que se despliega justamente en los intersticios. ¿Qué tenemos para ver? ¿Qué es visible del pasado? ¿Qué es interpretable de un relato en el momento en que este se produce? Seguramente no todos los sentidos que podría abrir. La escucha está condicionada por marcos sociales, contextos históricos, prejuicios, estados del conocimiento y las imágenes que quedan depositadas requieren condiciones de lectura. Walter Benjamin lo dijo de un modo poético:

Si se quiere considerar la historia como un texto, vale a su propósito lo que un autor reciente dice acerca de [los textos] literarios: el pasado ha depositado en ellos imágenes que se podrían comparar a las que son fijadas por una plancha fotosensible. Sólo el futuro tiene a su disposición desarrolladores lo bastante fuertes como para hacer que la imagen salga a luz con todos los detalles.[13]

Las huellas de la memoria invitan a ser leídas. La pregunta acerca de si podemos revisar las militancias y activismos de las décadas pasadas iluminadas por la experiencia feminista del presente, va a encontrar respuestas que pueden parecer contradictorias. Tal vez encontremos muchas divergencias si miramos la letra dura. Pero también hay huellas y estelas. Esas estelas están muy presentes hoy, de eso no tenemos dudas, lo vemos en las calles, lo expresan con claridad las jóvenes generaciones, pero tienen una historia. Rescatar esa historia no implica encontrar en las militantes revolucionarias un feminismo que muchas veces rechazaron. Por el contrario, implica reconocer que el feminismo no es doctrina, es una inestable razón de ser.

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Alejandra Oberti, es profesora de la Carrera de Sociología de la UBA. Directora del Archivo Oral de Memoria Abierta. Autora de Las revolucionarias. Militancia, vida cotidiana y afectividad en los setenta.

[1] Jelin, Elizabeth, Los trabajos de la memoria (Madrid: Siglo XXI, 2002).

[2] Memoria Abierta es una asociación civil de Argentina cuya finalidad es reunir, preservar, organizar y difundir el acervo documental de las organizaciones de Derechos Humanos. El Archivo Oral produce, desde 2001, testimonios sobre la represión estatal, la vida social y política de los años sesenta y setenta y el trabajo de las organizaciones de derechos humanos en Argentina. El archivo cuenta con más de 900 testimonios de los cuales 400 son de militantes sociales y políticos de las décadas de 1960 y 1970. Estos testimonios están registrados en formato audiovisual y se encuentran disponibles en la sede de Memoria Abierta con la correspondiente autorización para ser consultados y/o citados: http://www.memoriaabierta.org.ar

[3] Memoria Abierta, Testimonio de María Cristina Pinal (Buenos Aires, 2002). María Cristina Pinal (Buenos Aires, 1944) fue militante política en una organización de izquierda en los años 70. Estuvo presa entre diciembre de 1974 y octubre de 1979. Osvaldo Domingo Balbi, su marido y padre de su hija, también era militante y está desaparecido desde agosto de 1978.

[4] La inclusión de las mujeres en las organizaciones revolucionarias se puede considerar un fenómeno de alcance continental, aunque la mayoría de las observaciones realizadas en este artículo están referidas a la experiencia de las militancias políticas en Argentina. Una amplia bibliografía da cuenta de procesos similares en Chile, Brasil, Paraguay, Bolivia y Uruguay. A pesar de que cada país y región presenta contextos sociales y políticos diferentes, el alcance regional y continental de las políticas insurgentes ha sido señalado sobradamente. En Brasil, el proyecto «Género, Feminismos e Ditaduras no Cone Sul», desarrollado colectivamente en el Laboratorio de Estudios de Género e Historia (LEGH) de la Universidad Federal de Santa Catarina, ha recogido testimonios y documentación que dan cuenta de esas militancias, en diferentes países de la región (http://www.legh.cfh.ufsc.br/). También existe ya una amplia bibliografía que toma distintos aspectos la militancia de las mujeres en las organizaciones de izquierda latinoamericanas. Entre otros pueden consultar los trabajos de Araujo, Ana Maria, “Tupamaras. Des femmes de l’Uruguay”, Des femmes (Paris, 1980) sobre Uruguay; Boccia Paz, Alfredo “La década inconclusa. Historia real de la OPM”, El Lector (Asunción, 1997) y Echauri Carmen, et al, Hacia una presencia diferente. Mujeres, organización y feminismo (Asunción: CDE, 1992) sobre Paraguay; Goldenberg, Mirian, “Mulheres & Militantes”, Revista Estudos Feministas, ano 5, n° 2 (Santa Catarina, 1997); Pedro, Joana Maria, “Relações de gênero nas narrativas sobre a clandestinidade”, en Silvana Gaspari y Jair Zandoná (orgs.), Semana acadêmica de letras da UFSC: os caminhos tomados pelos estudos literários, linguísticos e de tradução após a abertura da política brasileira (São Paulo: Rafael Copetti, 2017) y Wolff, Cristina Scheibe, “Feminismo e configurações de gênero na guerrilha: perspectivas comparativas no Cone Sul, 1968-1985”, Revista Brasileira de História n° 27 (2007) para Brasil; Pericas,  Luiz Bernardo, “Bolívia: militares, movimentos sociais e guerrilhas (1964-1971)”, Anais Eletrônicos do III Encontro da ANPHLAC (São Paulo, 1998) para el caso boliviano y Cruz Contreras, María Angélica, “Memorias de las militancias femeninas antes del Golpe de Estado (Valparaíso)”. Revi. Estud. Fem., vol. 26, n° 3 (Santa Catarina, 2018) para Chile. Por otro lado, las mujeres han estado presentes en todos los conflictos armados, la insurgencia y las luchas antidictatoriales de todo el continente. En Nicaragua, El Salvador, Guatemala, México y Colombia representaron una porción significativa de las guerrillas desde la década de 1960.

[5] Rozitchner, León, “La izquierda sin sujeto”, La Rosa Blindada, n° 9 (Buenos Aires, 1966), pp. 8-13.

[6] Oberti, Alejandra, Las revolucionarias. Militancia, vida cotidiana y afectividad en los 70 (Buenos Aires: Edhasa, 2015).

[7] Memoria Abierta, Testimonio de Alicia Sanguinetti (Buenos Aires, 2002. Alicia Sanguinetti (Buenos Aires, 1945) fue militante del PRT-ERP en los años sesenta y setenta. Fue secuestrada por personal policial en julio de 1970 y estuvo detenida en distintas cárceles del país hasta el 25 de mayo de 1973. Tras su liberación continuó militando hasta 1977, y luego mantuvo un exilio interno en la costa bonaerense, hasta el retorno de la democracia en 1983. Alberto José Munárriz, su compañero y padre de su hijo, militante también del ERP, fue secuestrado en noviembre de 1974 y permanece desaparecido.

[8] Estrella Roja. Órgano del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP): publicación quincenal del ERP, sacó 93 números entre abril de 1971 y febrero de 1977. Contó con una tirada aproximada de 14.500 ejemplares (De Santis, 2000: 22). La revista no tuvo secciones fijas a lo largo de todos los números, pero sus páginas estaban principalmente dedicadas a la difusión del “programa del ERP” donde se explicitaba la línea política y programática de la organización, informes y descripciones sobre acciones político militares (generalmente denominada “Crónica de la guerra revolucionaria”), comunicados de prensa y necrológicas de los/as militantes asesinados/as. Algunos números dedicaban una sección a Historia Argentina o Historia de las Revoluciones. En menor medida se reproducían textos teórico-políticos y análisis de la coyuntura nacional e internacional. Su distribución fue clandestina, exceptuando el período junio-septiembre de 1973.

[9]  Las compañeras en la guerrilla, Estrella Roja, n° 65 (1975). Reproducido en Daniel de Santis (2010).

[10] Moreno, María, “Poner la hija. Cuerpos y cartas”, en Ana Amado y Nora Domínguez (comps.), Lazos de familia. Herencias, cuerpos, ficciones (Buenos Aires: Paidós, 2004).

[11] Oberti, Las revolucionarias.

[12] Jelin, Elizabeth, La lucha por el pasado. Cómo construimos la memoria social (Buenos Aires: Paidós, 2017).

[13] Benjamin, Walter, “La imagen dialéctica”, en La dialéctica en suspenso. Fragmentos sobre la historia (Santiago: ARCIS/LOM. 1995), p. 86.

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